Amever Saltillo

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“La cocina es un espacio donde todos los sentidos se complementan y la vista no es la única guía” Pastel harina de hot c...
12/05/2026

“La cocina es un espacio donde todos los sentidos se complementan y la vista no es la única guía”

Pastel harina de hot cakes

17/04/2026

Agradecemos la entrevista de Marcos Valdes Show a algunos de nuestros afiliados de AMEVER, nos sentimos muy honrados con su presencia. ✨

Platica de prevención y cuidado de los riñones Impartido por la Dra. Laura Díaz
13/04/2026

Platica de prevención y cuidado de los riñones
Impartido por la Dra. Laura Díaz

11/04/2026
10/04/2026

El reportaje de la semana
Los límites y la sobreprotección.

Hay una línea delgada, casi invisible, entre cuidar y limitar. Entre proteger y anular. Entre amar y, sin querer, impedir que el otro crezca.
En el ámbito de la discapacidad, esta línea se vuelve aún más delicada. La sobreprotección suele nacer desde el amor más genuino: el deseo de evitar el dolor, de anticiparse al peligro, de facilitar el camino. Pero cuando ese impulso se convierte en norma, puede terminar generando el efecto contrario al que se pretende.
Proteger no es decidir por la otra persona. Proteger no es sustituir su voz. Proteger no es impedir que se equivoque.
Uno de los mayores riesgos de la sobreprotección es que limita la autonomía. Cuando constantemente se asume que alguien “no puede”, se le niega la oportunidad de intentar, de aprender, de fallar y de volver a levantarse. Y en ese proceso, no solo se frena el desarrollo de habilidades prácticas, sino también la construcción de la identidad, la confianza y la autoestima.
Muchas personas con discapacidad crecen escuchando más advertencias que oportunidades. Más “ten cuidado” que “inténtalo”. Más “yo lo hago por ti” que “¿quieres que te acompañe mientras lo haces?”. Este cambio de enfoque, que puede parecer sutil, marca una diferencia profunda.
Porque la autonomía no significa hacerlo todo en solitario. Significa tener la posibilidad de decidir, de participar, de asumir riesgos razonables como cualquier otra persona. Significa ser reconocido como sujeto activo de la propia vida.
La sobreprotección también tiene un impacto social. Refuerza estereotipos, perpetúa la idea de fragilidad constante y alimenta una mirada asistencialista que, lejos de incluir, excluye. Cuando la sociedad ve a una persona con discapacidad siempre acompañada, siempre asistida, siempre limitada, difícilmente la percibirá como alguien capaz de liderar, trabajar, decidir o transformar su entorno.
Es importante entender que los límites existen y son necesarios. No se trata de negarlos. Toda persona, con o sin discapacidad, tiene barreras, desafíos y contextos que condicionan su vida. El verdadero reto está en distinguir entre los límites reales y los que imponemos por miedo, desconocimiento o costumbre.
Acompañar no es invadir. Ayudar no es sustituir. Estar presente no es controlar.
Las familias, los entornos educativos y la sociedad en general tienen un papel fundamental en este equilibrio. Se trata de generar espacios seguros, sí, pero también de abrir puertas. De ofrecer apoyo sin anular la iniciativa. De confiar, incluso cuando el proceso implique errores.
Porque equivocarse también es parte del aprendizaje. Y negarle a alguien esa posibilidad es, en el fondo, negarle una parte esencial de su humanidad.
Hablar de sobreprotección no es señalar culpables. Es invitar a la reflexión. Es revisar prácticas que muchas veces se han normalizado durante años. Es preguntarnos si lo que hacemos realmente empodera o, por el contrario, limita.
Dar un paso atrás, en ocasiones, es el mayor acto de amor. Permitir que la otra persona avance, explore, decida y se equivoque, sabiendo que no está sola, pero que tampoco está atrapada.
Porque la verdadera inclusión no se construye desde el control, sino desde la confianza.

“La autonomía no se concede: se respeta, se impulsa y se defiende.”

Plática impartida por Fundación Alzheimer Coahuila A.C, Consejos prácticos sobre cómo prevenir el Alzheimer
23/03/2026

Plática impartida por Fundación Alzheimer Coahuila A.C, Consejos prácticos sobre cómo prevenir el Alzheimer

04/03/2026

El reportaje de la semana…
Una correcta habilitación y los estigmas acerca de la ceguera…

Hablar de ceguera sigue despertando, en muchos sectores de la sociedad, ideas cargadas de mitos, prejuicios y desinformación. A pesar de los avances en derechos, accesibilidad y tecnologías de apoyo, persisten estigmas que afectan directamente la vida cotidiana de las personas ciegas. Frente a ello, la habilitación adecuada no es un complemento opcional: es la base para la autonomía, la participación plena y la dignidad.
La ceguera no define a la persona. Sin embargo, el entorno suele hacerlo. Se asume incapacidad antes de conocer habilidades, se anticipa dependencia sin preguntar por competencias y se confunde protección con limitación. Estas ideas no nacen de la maldad, sino del desconocimiento. Pero sus efectos son reales: baja expectativa educativa, barreras laborales, sobreprotección familiar y exclusión social.
En este contexto, la habilitación cobra un papel fundamental. No se trata únicamente de aprender a usar un bastón blanco o dominar un lector de pantalla. Una correcta habilitación implica un proceso integral que incluye orientación y movilidad, actividades de la vida diaria, acceso a la información, comunicación, fortalecimiento emocional y desarrollo de habilidades sociales y laborales. Es un proceso que busca que la persona tome el control de su proyecto de vida.
Cuando la habilitación se realiza de manera oportuna y profesional, el cambio es profundo. La persona deja de sentirse definida por la pérdida visual y comienza a reconocerse como sujeto de derechos y capacidades. Aprende a desplazarse con seguridad, a utilizar tecnología adaptada, a gestionar su tiempo, a estudiar, a trabajar y a participar activamente en la comunidad. No se trata de “superar” la ceguera, sino de aprender a vivir con ella sin que se convierta en una barrera impuesta por otros.
El problema surge cuando la sociedad no comprende este proceso. Muchos aún creen que la persona ciega “no podrá” realizar determinadas actividades. Se duda de su capacidad para estudiar carreras exigentes, liderar equipos, criar hijos o tomar decisiones complejas. Estos estigmas no solo limitan oportunidades externas; también pueden infiltrarse en la autoestima si no existe un entorno que refuerce la confianza.
Una habilitación adecuada también implica trabajar con la familia y la comunidad. La sobreprotección, aunque bien intencionada, puede frenar el desarrollo de la independencia. Permitir que la persona experimente, se equivoque, intente y aprenda es parte del crecimiento. La autonomía no se concede; se construye.
Además, es necesario entender que no todas las personas ciegas viven el mismo proceso. Existen diferencias entre quienes nacen con discapacidad visual y quienes la adquieren en la edad adulta. En el segundo caso, el proceso emocional puede ser más complejo, ya que implica reconstruir rutinas, identidad y expectativas. Por eso, la habilitación debe ser personalizada, respetuosa y centrada en la persona.
En la actualidad, las herramientas tecnológicas han ampliado enormemente las posibilidades de acceso a la información y al empleo. Lectores de pantalla, líneas braille, aplicaciones móviles accesibles y sistemas de navegación adaptados permiten un nivel de independencia impensable décadas atrás. Sin embargo, la tecnología por sí sola no elimina el estigma. Lo que transforma verdaderamente la mirada social es el contacto, la convivencia y el reconocimiento de capacidades reales.
Combatir los estigmas acerca de la ceguera exige educación social, visibilización y testimonios que rompan narrativas asistencialistas. No se trata de presentar historias de heroísmo exagerado, sino de mostrar vidas cotidianas, profesionales competentes, estudiantes dedicados, madres y padres responsables, ciudadanos activos.
La habilitación correcta no convierte a la persona ciega en “extraordinaria”; simplemente le permite ejercer lo que siempre debió ser natural: su derecho a vivir con autonomía y participar en igualdad de condiciones. La verdadera discapacidad no está en la falta de visión, sino en la falta de oportunidades y en la persistencia de prejuicios.
Desmontar estigmas es una tarea colectiva. Implica revisar cómo hablamos, cómo educamos, cómo contratamos y cómo interactuamos. Implica entender que la ceguera es una condición, no una condena. Y que la autonomía no es un privilegio, sino un derecho.

“La ceguera no limita el potencial; lo limita el prejuicio.”

Consulta colectiva para determinar elementos de identificación para tarjeta de votar. Impartido por el Instituto Naciona...
20/02/2026

Consulta colectiva para determinar elementos de identificación para tarjeta de votar.
Impartido por el Instituto Nacional Electoral de Coahuila.

Taller de cocina Pastel invertido de piña. ✨
16/02/2026

Taller de cocina
Pastel invertido de piña. ✨

02/02/2026

¿Sabes qué es… exclusión educativa?

Que una escuela te deje fuera por falta de tecnología asistiva. No porque no tengas capacidad, no porque no quieras aprender, no porque no cumplas con los requisitos académicos, sino porque el sistema no cuenta con las herramientas necesarias para que puedas acceder al conocimiento en igualdad de condiciones. Hoy, muchas escuelas se dicen inclusivas, pero siguen funcionando bajo un modelo que excluye de manera silenciosa a estudiantes con discapacidad, aceptándolos en el papel mientras les niegan los medios reales para aprender.
La exclusión ya no siempre se manifiesta con un rechazo explícito. A veces adopta una forma más sutil: la matrícula está hecha, el lugar físico en el aula existe, pero el acceso al contenido, a la participación y a la evaluación simplemente no ocurre. Estar presente no es lo mismo que estar incluido, y esa diferencia marca trayectorias educativas completas.
Hablar de educación inclusiva se ha vuelto habitual en discursos oficiales y documentos institucionales. Sin embargo, para miles de estudiantes con discapacidad, la experiencia cotidiana demuestra que ese concepto sigue siendo más aspiracional que real. Cuando no existen lectores de pantalla, ampliadores, software accesible, dispositivos de apoyo auditivo, materiales en braille o formatos alternativos, la educación deja de ser un derecho garantizado y se convierte en una promesa incumplida.
La tecnología asistiva no es un privilegio
La tecnología asistiva no es un beneficio adicional ni una concesión especial. Es una condición básica para que muchas personas con discapacidad puedan aprender. Para un estudiante ciego o con baja visión, un lector de pantalla o un magnificador no es un lujo: es la puerta de entrada al conocimiento. Para un estudiante sordo, los apoyos tecnológicos y comunicativos son esenciales para acceder a la información. Para estudiantes con discapacidad motriz o cognitiva, determinadas herramientas permiten escribir, organizar ideas, comprender contenidos y demostrar lo aprendido.
Aceptar no es incluir
Uno de los errores más frecuentes en el sistema educativo es confundir aceptación con inclusión. Muchas instituciones sostienen que no discriminan porque no rechazan a estudiantes con discapacidad. Pero aceptar una inscripción sin garantizar los apoyos necesarios para aprender es una forma de abandono institucional.
La brecha digital también excluye
En un contexto donde la educación depende cada vez más de plataformas digitales, la ausencia de tecnología asistiva profundiza una brecha que ya existía.
El derecho a aprender sin pedir permiso
Hablar de inclusión educativa sin tecnología asistiva es hablar de un derecho incompleto. Y los derechos incompletos no son derechos.

“Sin tecnología asistiva, la educación no incluye: excluye.”

02/02/2026

¿Conoces de… cuando el talento no falta: lo que sobra es indiferencia laboral hacia la discapacidad visual?

Hay publicaciones que pasan rápido por la pantalla, pero no por la conciencia. Hace poco, en un grupo de redes sociales, una persona con discapacidad visual preguntaba si alguien sabía de algún trabajo. No pedía donaciones. No pedía trato especial. Pedía empleo. Y añadía algo que se repite con demasiada frecuencia: por su condición, se le cerraban puertas.

Esa frase resume una realidad que muchos prefieren no mirar de frente.

La discapacidad visual no impide trabajar. Lo que impide trabajar es un mercado laboral construido casi exclusivamente para quienes ven, diseñado sin alternativas, sin accesibilidad y, peor aún, con prejuicios anticipados. El problema no suele ser la falta de capacidad de la persona ciega o con baja visión, sino la falta de disposición del entorno para evaluar capacidades reales.

Antes de la entrevista, muchas candidaturas ya fueron descartadas. No por su experiencia. No por su formación. No por sus competencias. Sino por una suposición: “no podrá”.

Ese juicio previo es la primera barrera laboral.

Existe una contradicción social muy marcada. Se difunden historias de superación de personas con discapacidad visual. Se comparten mensajes sobre resiliencia y esfuerzo. Se aplaude públicamente la autonomía. Pero cuando esa misma persona busca trabajo, el aplauso no se traduce en oportunidad. La admiración no se convierte en contratación.

Se celebra el esfuerzo, pero se niega el espacio.

Muchas empresas afirman ser inclusivas, pero sus procesos de reclutamiento no son accesibles. Portales de empleo incompatibles con lectores de pantalla. Formularios sin etiquetas. Pruebas psicométricas visuales sin alternativa. Plataformas que exigen uso de mouse sin navegación por teclado. Entrevistas donde se evalúan tareas visuales que no son esenciales para el puesto. Todo eso excluye antes de empezar.

No es un error técnico menor. Es una forma de exclusión estructural.

También pesa el desconocimiento. Hay empleadores que no saben cómo trabaja una persona con discapacidad visual y, en lugar de preguntar, suponen. Imaginan lentitud, dependencia, riesgo, improductividad. No conocen el uso de lectores de pantalla, líneas braille, magnificadores, navegación por comandos, sistemas de reconocimiento de voz, herramientas accesibles de oficina, programación y comunicación. No saben que muchas tareas se realizan con eficiencia igual o superior cuando el entorno es accesible.

El prejuicio nace de la ignorancia, pero se mantiene por comodidad.

Otro obstáculo frecuente es la infantilización. Se trata al candidato con discapacidad visual como alguien a quien hay que proteger, no como un profesional a quien evaluar. Se baja la exigencia antes de medir. Se ofrece lo mínimo antes de conocer el máximo. Eso no ayuda: limita.

La inclusión laboral real no baja estándares; elimina barreras para que los estándares puedan alcanzarse.

Se suele escuchar que adaptar un puesto de trabajo para una persona ciega es costoso. En la práctica, muchas adaptaciones son simples: software accesible, configuración del sistema, compatibilidad de plataformas, documentación digital bien estructurada, capacitación básica del equipo. Son ajustes razonables, no transformaciones imposibles. Recordemos además que todos los entornos laborales se adaptan constantemente para múltiples perfiles sin llamarlo “carga”.

Cuando la adaptación es para discapacidad visual, de pronto se llama problema. Cuando es para cualquier otro perfil, se llama mejora operativa.

Hay otra forma de exclusión más sutil: contratar, pero no proyectar. Personas con discapacidad visual incorporadas solo en roles limitados, repetitivos, sin crecimiento, sin acceso a formación interna, sin liderazgo posible. Presencia sin carrera. Participación sin avance. Eso también es una puerta a medio abrir.

La verdadera inclusión no es permitir entrar. Es permitir progresar.

El trabajo remoto ha demostrado algo importante: muchas funciones no requieren visión, requieren competencia. Atención a clientes, soporte técnico, docencia en línea, redacción, edición, programación, gestión de comunidades, producción de contenidos, capacitación, asesoría, análisis, locución, evaluación de calidad, consultoría en accesibilidad. Sin embargo, incluso en remoto, la barrera vuelve a ser la desconfianza.

Se duda no por evidencia, sino por hábito.

Buscar trabajo con discapacidad visual implica un esfuerzo adicional constante. No solo se envía currículum. Se explica cómo se trabaja. Se describen herramientas. Se rompen mitos en cada entrevista. Se responde a dudas que no se hacen a otros candidatos. Se demuestra capacidad técnica y, además, se educa al reclutador. Es una doble tarea no remunerada.

Aun así, las personas con discapacidad visual siguen formándose, certificándose, emprendiendo, innovando y aportando valor. No porque el sistema lo facilite, sino a pesar de que muchas veces lo dificulta.

También es justo decirlo: hay organizaciones y empresas que sí están haciendo las cosas bien. Procesos accesibles. Entrevistas centradas en funciones reales. Evaluación por resultados. Ajustes razonables implementados. Equipos sensibilizados. Cultura de aprendizaje. En esos espacios, la discapacidad visual deja de ser un obstáculo y pasa a ser una característica más dentro de la diversidad humana.

Y ocurre algo revelador: el trabajo sale. Los objetivos se cumplen. La productividad no se desploma. El miedo inicial desaparece cuando entra la experiencia.

La pregunta de fondo no es si una persona con discapacidad visual puede desempeñar un trabajo. La pregunta es si el sistema está dispuesto a dejar de cerrarle la puerta antes de escucharla. Porque cerrar por suposición es discriminar sin examen.

Cada vez que una persona ciega publica “busco trabajo”, no está pidiendo trato preferencial. Está ejerciendo un derecho básico: participar en la vida productiva con dignidad. Ignorar ese llamado no es neutral. Es sostener la barrera.

La accesibilidad no es un favor. Es una condición para la igualdad de oportunidades. Y la igualdad de oportunidades no se declara: se practica en cada contratación.

“No es la falta de visión lo que excluye del trabajo, es la falta de apertura lo que excluye del talento.”

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