16/06/2026
A Juan, después de veinte años
Hoy hace veinte años que te arrancaron de nosotros, hermano,
como quien intenta apagar una estrella
sin comprender que su luz permanece
aun cuando la noche parece interminable.
Desde aquel día, la vida dejó de ser la misma.
La mesa tuvo una silla vacía,
las fiestas guardaron silencios incómodos,
y mamá aprendió a sonreír con el alma rota,
porque ninguna madre está preparada
para vivir sin saber dónde está su hijo.
Han sido veinte años de preguntas sin respuesta,
de lágrimas derramadas a escondidas,
de noches interminables mirando al cielo
y pidiéndole a Dios una señal de ti.
Veinte años en los que el tiempo avanzó,
pero nuestro corazón se quedó detenido
en aquel instante cruel
en que te alejaron de nosotros.
Y, sin embargo, aquí seguimos.
Porque el amor no desaparece.
Porque la esperanza, aunque herida,
se aferra a la vida con una fuerza inexplicable.
Porque mamá aún guarda tu recuerdo
como el tesoro más preciado,
y en sus ojos vive intacto el anhelo
de volver a acariciar tu rostro.
Yo la he visto llorarte en silencio,
he visto cómo abraza tus fotografías
como si pudiera sentir tu calor,
cómo pronuncia tu nombre cada día
con la misma ternura de cuando eras niño,
y cómo se niega a renunciar
a la posibilidad de volver a encontrarte.
A veces pienso que esa es la forma más pura del amor:
esperar contra toda lógica,
amar contra toda ausencia,
seguir creyendo aun cuando los años pesan
y las heridas parecen no cerrar jamás.
Hermano,
si pudieras escuchar nuestras voces,
sabrías que jamás has estado solo.
Que cada paso que damos lleva tu nombre.
Que cada lucha tiene tu rostro.
Que cada amanecer trae consigo
la esperanza obstinada de volver a verte.
Y yo me aferro a un sueño, Juan:
al día en que la espera termine,
al instante en que mamá pueda volver a tenerte entre sus brazos,
sin miedo, sin dolor y sin despedidas.
Porque ninguna ausencia es más grande que el amor de una madre.
Y aunque hayan pasado veinte años,
ella sigue esperándote con los brazos abiertos,
con el corazón cansado pero invencible,
con la certeza de que los milagros existen
y de que algún día, de alguna manera,
volverá a abrazarte.
Ese día, hermano,
las lágrimas dejarán de ser de tristeza
y se convertirán en la alegría inmensa
de haber vencido al tiempo,
a la oscuridad
y a la ausencia.
Porque veinte años no han sido suficientes para olvidarte.
Han sido veinte años amándote,
veinte años buscándote,
y veinte años creyendo que volverás a casa.
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