31/05/2026
🏳️🌈 VALLARTA VOLVIÓ A QUEDAR MAL. El Vallarta Pride 2026 no fracasó por falta de gente, aunque sí hubo menos asistentes que en años anteriores; tampoco por el concierto de Fey, aun con sus problemas técnicos y de sonido, ni por la fuerza de los activistas y colectivos. Fracasó porque terminó exhibiendo, frente a miles de turistas y ante los ojos del mundo, el colapso de una ciudad gobernada para la fotografía, la propaganda y el negocio privado, pero completamente incapaz de sostener con dignidad uno de los eventos más importantes de su calendario internacional.
Y sí, hay responsables directos. Responsables políticos y funcionarios incapaces de garantizar los mínimos servicios básicos necesarios; empresarios organizadores y negocios privados que ya poco tienen que ver con la lucha social que representa el Pride a nivel mundial, y mucho menos con lo que realmente necesita y demanda la comunidad LGBTQ+ en Puerto Vallarta.
Porque durante años, un muy pequeño grupo de empresarios, patrocinadores, antros, beach clubs y organizadores terminó convirtiendo el Pride en un monopolio turístico disfrazado de inclusión. Un circuito cerrado donde unos cuantos concentran ganancias millonarias mientras privatizan calles, controlan accesos, venden zonas VIP, acaparan la derrama económica y utilizan la bandera LGBTQ+ como estrategia comercial, no como causa social.
El problema es que este año ya no pudieron esconder las grietas… ni las heces fecales.
Puerto Vallarta quiso presumirse como capital mundial del orgullo mientras la ciudad literalmente olía a drenaje y brotaban desechos y aguas negras por las calles. Escurrimientos en plena Zona Romántica con las personas caminando entre los charcos de las tuberías desbordadas, en lo que representa un grave problema de salud pública. Basura acumulada durante días. Alcantarillas colapsadas. Calles saturadas, caos vial, cobros excesivos, carteristas y robos derivados de la falta de seguridad.
También hubo denuncias de presuntas estafas y abusos, incluso en eventos con permisos “oficiales”; agresiones e imprudencias por parte de elementos de seguridad; así como reportes de discriminación verbal y golpes contra visitantes que acudieron al evento. A esto se sumó la falta de apoyo en materia de seguridad y protección civil.
Turistas molestos, comerciantes inconformes y vecinos hartos. Mientras tanto, el gobierno municipal parecía completamente rebasado, intentando vender una narrativa de sonrisas, fiesta y “éxito internacional”, mientras los servicios básicos colapsaban frente a todos.
Esto es una grave incapacidad institucional y de organización. Porque si una ciudad presume eventos internacionales, tiene la obligación mínima de garantizar drenaje, limpieza, movilidad, seguridad, orden urbano y servicios públicos funcionales. Lo demás es simulación.
Y ahí es donde el gobierno municipal queda totalmente exhibido, una vez más. Durante días, las autoridades parecían más preocupadas por las fotografías, los influencers, la “promoción turística” y la narrativa de “destino inclusivo” (entre comillas, porque la realidad nos mostró otra cosa) que por resolver el desastre sanitario y urbano que estaba ocurriendo en tiempo real en el corazón turístico de Vallarta.
El Pride terminó convirtiéndose en el símbolo perfecto del modelo de gobierno actual. Mucha propaganda, mucha campaña permanente, muchos amigos haciendo negocio, mucha “imagen internacional”… y una ciudad colapsando debajo del escenario.
Pero tampoco se salva el monopolio empresarial que domina el evento. Porque gran parte de las críticas nacieron precisamente desde la propia comunidad LGBTQ+, colectivos y activistas que denunciaron que el Pride dejó de ser una lucha social para convertirse en una plataforma de negocio elitista, donde el acceso depende del dinero, los patrocinadores y el consumo, favoreciendo el monopolio del empresario organizador y su círculo cercano.
Y tenían razón. Porque mientras empresarios cobraban accesos “voluntarios” en espacios públicos (algo explícitamente prohibido y cuestionado por ciudadanos y activistas), vendían experiencias VIP y monetizaban la celebración, activistas recordaban que la comunidad LGBTQ+ sigue enfrentando v1ol3nc1a, d1scrim1n@ción, 3xclus1ón, tr@nsf3min1cidi0s y abandono institucional.
El contraste es muy duro… Por un lado, fiestas exclusivas, patrocinios y marketing internacional. Por el otro, aguas negras, basura, colapso urbano y una ciudad incapaz de sostener su propia imagen.
Y quizá eso fue lo más humillante del Vallarta Pride 2026. El evento terminó demostrando que Puerto Vallarta se volvió rehén de un modelo donde unos cuantos hacen negocio privado utilizando espacios públicos, mientras el costo urbano, sanitario y social lo paga toda la ciudad y, sobre todo, la comunidad.
La que trabaja. La que también tiene negocios, pero no puede pagar lo que exige el monopolio organizador. Las organizaciones comunitarias y sin fines de lucro que apoyan a la comunidad denuncian bloqueos, agresiones y condicionamientos para participar, aun cuando ofrecen servicios gratuitos para cuidar la salud de los vallartenses y de nuestros visitantes. Con eso no se juega; la salud y la seguridad son lo más importante, no son un negocio para sus intereses a costa de la comunidad.
Los activistas que luchan todo el año por los derechos de la comunidad. Y todas las personas que ya no pueden acceder a una celebración que nació precisamente para defenderlas y levantar la voz contra las injusticias, la exclusión y la d1scr1min@ción.
Este es el mismo monstruo de ayer, pero ahora con otro disfraz, el de empresarios voraces utilizando a su propia comunidad como producto turístico y comercial.
Los pequeños comerciantes denunciaron bajas ventas. Los vecinos denunciaron saturación y caos. Los turistas denunciaron abusos y desorganización. Los activistas denunciaron simulación y una lucha secuestrada por intereses privados.
Y el gobierno respondió como siempre, propaganda, discursos y selfies. “Aquí todo está bien”.
Porque en Vallarta ya parece existir una peligrosa obsesión, creer que mientras haya conciertos, influencers y publicaciones bonitas, la realidad desaparece.
Pero la realidad no desapareció. La realidad se desbordó por las alcantarillas.
Y esa imagen terminó convirtiéndose en la metáfora perfecta del Pride 2026, un evento internacional vendido como símbolo de modernidad… sostenido sobre una infraestructura colapsada, una ciudad rebasada y un gobierno incapaz de garantizar siquiera lo más básico.
Pero, hey… “somos un destino de clase mundial”.