24/05/2026
Compartimos fotografías de la presentación de los libros "El legado de Jarym: Trazados para la construcción del templo" y "Entelequia: el fin en sí mismo", escritos por nuestro Gran Orador, Jorge Antonio Rodríguez y Morgado. Estas obras estarán a la venta en las instalaciones de la Gran Logia.
Compartimos, además, las palabras de la presentación:
«Conócete a ti mismo» (γνῶθι σεαυτόν). Esta inscripción, grabada en el frontispicio del templo de Apolo en Delfos, es, en su sentido más riguroso, un mandato ontológico. Conocerse a sí mismo es emprender la tarea más ardua que puede acometer un ser humano: construirse. Y construirse es, paradójicamente, regresar. Regresar al punto donde todo comienza, donde la potencia aguarda su acto y donde la piedra informe espera la mano que ha de tallarla.
Amable público que nos acompaña, nos reúne hoy la presentación de dos obras que, aunque distintas en su objeto inmediato, convergen en una misma exigencia fundamental. "El legado de Jarym: trazados para la construcción del templo" y "Entelequia: el fin en sí mismo", ambas de Jorge Antonio Rodríguez y Morgado, nuestro Gran Orador, constituyen dos aproximaciones complementarias a una verdad que la tradición filosófica y espiritual de Occidente ha sostenido con insistencia a lo largo de los siglos: el hombre se hace. Y ese hacerse es un retorno al centro de sí mismo.
Trazados para la construcción del templo parte de una premisa que la masonería especulativa ha elevado a principio rector: solo puede edificar en el mundo quien ha comenzado a levantar en su propio interior. El Templo, en esta lectura, es la arquitectura secreta del alma que se ordena a sí misma. Cada grado, símbolo, y juramento son marcas de un itinerario interior en el que el iniciado desciende primero a sus propias tinieblas —la cámara de reflexiones, el silencio, la muerte simbólica— para ascender después, piedra sobre piedra, hacia una forma más alta de sí mismo.
La construcción del Templo es la construcción del constructor. Las herramientas operan sobre quien las empuña. La escuadra que rectifica, el compás que traza límites, la plomada que verifica la verticalidad: todas ellas actúan sobre la consciencia del que trabaja. El masón se construye a sí mismo como templo y en ese acto comprende la conjunción entre construir y conocer.
"Entelequia" ofrece el fundamento filosófico de esa misma intuición. Si la potencia es aquello que el ser humano porta consigo al nacer —sus posibilidades, su forma latente, su destino aún por cumplir—, el acto es el esfuerzo sostenido por el cual esa potencia se despliega y alcanza su plenitud. Aristóteles nos advierte algo decisivo: el fin está ya contenido en el principio. La entelequia es actualización de lo que ya estaba presente desde el origen. He aquí la paradoja luminosa que vincula ambas obras: construir es regresar. Edificar el Templo interior es despojar, desbastar, retirar lo superfluo hasta que emerja la forma que siempre estuvo ahí, esperando. Como el escultor que sustrae mármol para liberar la figura cautiva en el bloque, el hombre que se construye a sí mismo se descubre y, por tanto, retorna al origen, que es el reconocimiento de sí mismo.
El ouroboros que preside la cubierta de Entelequia —el dragón que se muerde la cola, el Emblema XIV de Michael Maier— cifra visualmente esta verdad. El principio y el fin se tocan. El Alfa y la Omega coexisten. La semilla contiene al árbol y el árbol produce la semilla. El devenir del espíritu traza una espiral, una profundización progresiva en un centro que se revela inagotable. Del mismo modo, la cámara de reflexiones con que se abre el camino masónico en "El legado de Jarym: trazados para la construcción del templo" es un estado al que se regresa —debe regresarse— cada vez con mayor hondura. El hombre que inicia su trabajo interior desciende a su propia oscuridad; el hombre que persevera en ese trabajo descubre que cada descenso es también un ascenso, que cada muerte simbólica prepara un nacimiento más verdadero y que cada cierre es apertura.
Ambas obras comparten una convicción severa que merece ser subrayada: solo el individuo puede realizar la tarea de su propia plenitud. La piedra debe ser tallada por la mano de quien la porta. El acto debe ser ejecutado por quien posee la potencia. La responsabilidad es, en última instancia, intransferible. Otros pueden ofrecer herramientas, señalar el camino, transmitir símbolos cuya comprensión exige madurez, pero la obra pertenece a quien la emprende. Esta exigencia es la expresión más alta de la dignidad humana. El hombre es digno precisamente porque es responsable. Es libre porque puede elegir construir. Es grande porque puede fracasar —y, pese al fracaso—, volver a comenzar.
Permítanme, entonces, cerrar como se ha comenzado. "Conócete a ti mismo", pero ahora, tras recorrer las ideas de estas dos obras, esa inscripción ha ganado densidad y resonancia. Conocerse a sí mismo es edificarse. Edificarse es regresar al origen con la consciencia de quien ha trabajado, ha sufrido, ha desaprendido y ha vuelto a levantar. "El legado de Jarym: trazados para la construcción del templo" nos ofrece el método: los símbolos, las herramientas, los grados, la disciplina del silencio y la palabra. "Entelequia: el fin en sí mismo" nos ofrece la comprensión: la certeza filosófica de que el fin habita en el principio y de que toda construcción auténtica es, en verdad, un desvelamiento. Juntas, estas obras nos recuerdan que el Templo y el arquitecto son uno. Que la potencia y el acto se encuentran en el mismo sujeto. Que el camino hacia la plenitud conduce al centro de uno mismo; ese centro donde el Alfa y la Omega, el principio y el fin, se reconocen mutuamente y se pronuncian como una sola voz.
Porque construir el Templo es construirse. Y construirse es, al fin, volver al origen. Como quien, habiendo recorrido el círculo entero, comprende por primera vez que siempre estuvo en el principio del Todo.
Fraternalmente
Gran Secretario, Miguel Ángel Martínez Barradas