14/01/2026
A tan solo 10 años, Deysi “N” se estaba preparando para dar a luz en el Hospital de la Mujer de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, de donde es originaria. Fue presentada por un hombre, cuya identidad aún no ha sido revelada, pero que ronda por los 18 años y se hacía llamar como su esposo.
Según reportes médicos, se detectaron complicaciones extremas durante el parto y daños severos debido a que el cuerpo de Deisy no contaba con el desarrollo físico necesario para gestar. Aunque el recién nacido sobrevivió al procedimiento, tanto él como Deisy, permanecen bajo observación médica estricta en el Hospital de las Culturas.
Hasta el momento, Deisy presenta aplastamiento de la vejiga y la uretra, así como lesiones en otros tejidos internos. No pesa más de 40 kilos y mide alrededor de 1.20 cm, por lo que las condiciones para dar a la luz no son las más adecuadas, pero aún así fue obligada a hacerlo.
Créditos terceraviamx. (Escrito e imagen)
Lo que le ocurrió a Deisy, una niña de apenas 10 años obligada a convertirse en madre, no es un “caso aislado”. Es el reflejo doloroso de una realidad que sigue normalizándose en silencio: niñas que deberían estar aprendiendo, jugando y creciendo… pero en cambio están gestando, pariendo y sobreviviendo a violencias que jamás debieron tocar su vida.
Una niña de 10 años no tiene el cuerpo para un embarazo.
Tampoco tiene la madurez emocional.
Y mucho menos tiene la capacidad de consentir.
Cuando una menor atraviesa un embarazo, no hablamos de maternidad: hablamos de abuso, omisión, desprotección y falla estructural. Cada lesión física que hoy tiene Deisy es también una herida social que nos debería doler a todos: aplastamiento de órganos, daños irreversibles, un cuerpo de 40 kilos forzado a sostener lo que biológicamente no puede.
Y aún más grave son las marcas invisibles:
el miedo, la confusión, la pérdida de infancia, la identidad arrancada a destiempo.
Como sociedad necesitamos dejar de romantizar lo que en realidad es violencia.
Son niñas, no madres.
Son menores que deberían estar protegidas, no presentadas como “esposas” de hombres adultos que ejercen poder, control y abuso.
La psicología nos recuerda algo fundamental: cuando la infancia se vulnera, el impacto no se queda en el presente; se arrastra, se multiplica y se manifiesta en la salud mental, la autoestima, las relaciones y la vida adulta.
Este no es un tema para mirar con distancia.
Es un llamado urgente:
a las familias, a las comunidades, a las instituciones y a todos los que creemos en la dignidad humana.
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