13/10/2026
. A 534 años del inicio de la resistencia indígena me pregunto:
¿Qué tiene de contradictorio ser indígena y punk? ¿En qué momento nos convencieron de que para pertenecer a una cultura tenemos que cumplir con una imagen específica de lo que significa ser indígena o punk?
En la Sierra de las Cruces en el Estado de México hay un chingo de Punk, de todos los sabores y colores. Entre las montañas, pueblos y la voracidad del monstruo de concreto llamado CDMX, que avanza lentamente, para comerse el último relicto de naturaleza antes de unirse a otra gran ciudad. Aquí, hay quienes encontramos en este movimiento una forma de expresar nuestra inconformidad con el mundo que nos encontramos al nacer. ¿Pero todo esto que significa? ¿Qué quiero chismearles púes? Y es que en mi opinión, ser parte de un pueblo originario mientras formas parte de una contracultura que cuestiona las normas, las instituciones y las formas establecidas de vivir, también te introduce cientos de contradicciones.
El punk, nació con una fuerte crítica al sistema, eso es un hecho, aunque… Dentro de la misma escena existen prejuicios y formas de exclusión. ¿Qué tan antisistema puedes ser cuando reproduces el racismo de la sociedad contra la que dices rebelarte?
A los pueblos indígenas se nos ha impuesto una manera de entender nuestra propia identidad. Se espera que conservemos ciertas costumbres, que vistamos de determinada forma y que respondamos a una idea de lo que supuestamente significa ser indígena. Cuando nos salimos de ese molde, parece que dejamos de serlo.
A eso se le llama colonización del pensamiento.
Nuestro punk Otomí al estilo de la Sierra de las Cruces nos pone frente a estas contradicciones. ¿Por qué tendría que existir una incompatibilidad entre nuestra cultura y la posibilidad de cuestionar el mundo? ¿Por qué la rebeldía tendría que venir de fuera para ser reconocida como tal?
Mi comunidad se presta para revelarse ante las tradiciones (ya saben pueblo chico, in****no grande) y también contra imposiciones de fuera de la misma, de parte del gobierno, empresas, sociedad civil con ganas de tener teleféricos en toda la ciudad,etc . Y sí, aunque también me da gusto contribuir en los cargos comunitarios y apoyar en las fiestas, me pregunto a menudo si sigo siendo Punk. Según mi perspectiva está claro, si y si alucinamos un poco, podemos apropiarnos de el por completo.
Les cuento que, los carnales Mazahuas desde San Felipe del Progreso hasta Villa Victoria en el norte del Estado de México, que emigran de lunes a sábado a trabajar a Querétaro, Toluca y CDMX, se traen más que el pan a sus hogares, a estos weyes, también se les pego el síndrome de la rebeldía juvenil del Punk, pero (nuevamente)… viven una doble discriminación entre los suyos y los ajenos.
En las tocadas del centro de la ciudad se les escucha a los pelos parados más puritanos mentar a esos “Tacubayos”, insultar a los “Guadalupunk“, que más que menos adoptaron la contracultura punk a su cultura ancestral, que loco ¿no? Pero al llegar a sus hogares de origen, entre sus sus maletas de huevo San Juan, llevan los discos de Síndrome del Punk y Desobediencia Civil de polizones, una nueva idea que no pueden expresar dentro del pueblo porque los terminan marginando y tachando.
Otro ejemplo, un tanto más positivo, esta en el Getto Ña de Toluca, el germen Punk Hñätho en la raíz de la clase obrera de la ciudad, que vio nacer grupos como Batalla Negativa y Nu Boxte con letras y gritos en Otomí, que constantemente organizan y mantienen la rebeldía en el corazón de Tolukaos.
Regresando al corazón de la montaña de la periferia de la ciudad más podrida del mundo, en Xochicuatla, Chimalpa, zona serrana de Naucalpan (o Naucalpunk para la banda más letrada) pasando por HuixquiluKaos y cerrando en los barrios de Cuajimalpa y la Magdalena Contreras, estamos el resto, que no dejamos se extinga la llama rebelde de nuestros ancestros, lejos quedó el 23 de abril del 2006 en que la pandilla anarkopunk de Huixquilucan, Toluca, Lerma, Ocoyoacac y otros lugares recibieron al “delegado 0” y al EZLN en su camino a la capital en el “Do nk’injua” el cerro del armadillo. Dejando una consigna clara, aquí también hay resistencia indígena y más que eso hay Punks Hiühú.
Al final, ¿quiénes son dueños de la rebeldía y la música Punk? Podemos cuestionar lo que ocurre dentro de nuestros propios pueblos, discutir con las generaciones anteriores y buscar otras formas de vivir nuestra identidad. La cultura está viva y las juventudes también tenemos derecho a decidir qué hacemos con ella.
Ser Otomí como Nu Boxte, Mazahua como los Tacubayos, Náhuatl como Herejía y ser punk a la vez puede ser, precisamente, una forma de confrontar las ideas que otros han construido sobre nosotros.
Porque hasta para ser punk parece que hay quienes quieren decirnos cómo debemos ser.
Y en la Sierra de las Cruces también tenemos algo que decir.
Nugo dra Punk ne ga Hiühú