19/03/2026
Reducir el agua a lo que circula en ríos, arroyos o cuerpos visibles limita la forma en que se entiende y se gestiona en los territorios. Una parte sustantiva de su dinámica ocurre fuera de esos cauces: en la estructura del suelo, en su capacidad de infiltrar y almacenar humedad, en la interacción con la vegetación, en los intercambios de energía que regulan la temperatura y en los procesos ecológicos que sostienen la estabilidad del paisaje. Es en esa dimensión donde el agua participa directamente en la productividad, en la biodiversidad y en la viabilidad de los medios de vida.
Esta comprensión orienta la mirada hacia el territorio. El comportamiento del agua está condicionado por el uso del suelo, la cobertura vegetal, la diversidad de los sistemas productivos y las decisiones colectivas sobre el paisaje. Su presencia y distribución dependen de procesos ecológicos y sociales que requieren manejo, acuerdos y capacidades locales.
Asumir esta perspectiva implica reconocer que la gestión del agua está vinculada a la gobernanza territorial. Sostener sus funciones ecológicas y su disponibilidad en el tiempo requiere planeación, acuerdos comunitarios y prácticas que mantengan las condiciones del territorio donde el agua se infiltra, se conserva y circula.