En el devenir histórico, las Casas del Estudiante en Michoacán han sido disueltas por gobiernos reaccionarios en por lo menos 4 ocasiones, en los años de 1918, 1934, 1944 y 1966, y han resurgido una y otra vez, defendiendo históricamente, el derecho del pueblo a la educación media y superior. Las Casas del Estudiante no surgieron por algún capricho, dadiva o concesión del gobernador en turno, sino
por la constante pugna de los estratos sociales humildes en búsqueda de una mejor calidad de vida. En perspectiva, si no existiera la pobreza, no habría necesidad de las Casas del Estudiante, estas son descendientes directas de un contexto de carencias y luchas. Bajo este marco, en un capitalismo rapaz neoliberal, donde una minoría depreda vorazmente a la totalidad de la sociedad, son por supuesto necesarias. En la historia, los albergues en cuestión han sido representados por especialistas (Juan Salceda Manuel 2002, Rangel Lucio 2009, Gómez Isaías 2012) en 4 tiempos aglutinantes.
Únicas en su tipo por el sostén que reciben de la Universidad, las casas de estudiantes en Michoacán cumplen una noble misión: abrir las puertas del conocimiento a gente de escasos recursos. Hoy, sus muros cobijan al 10 por ciento de los estudiantes universitarios, es decir, a unos 5 mil hombres y mujeres provenientes de distintas regiones de la república mexicana. Además de techo, los albergues ofrecen a sus moradores servicios gratuitos de agua, luz, comedor, sala de cómputo, internet, biblioteca… En algunos casos, las representaciones estudiantiles han conseguido incluso que la Universidad les condone pagos de inscripción y trámites escolares. De no existir estas casas o de modificar su esencia, el futuro académico de los sectores empobrecidos aumentaría su incertidumbre. Convocados alrededor de una mesa de madera despostillada –frijoles, atún y tortillas de maíz, el menú del día.