12/08/2026
Escena Uno
Lasciti di segreti
Toma IX “La casa della nonna Himemiya”
Himiko no le había mentido a Kaon.
No estaba de mal humor solo por ella, sino también porque era el día que había estado temiendo durante semanas. Siempre le había resultado difícil llamar a casa, pero había sido mucho peor en los últimos seis meses. Pospuso el momento tanto como pudo. Hizo algunos trámites con el banco de Kaon, llamó para concertar una entrevista con Kazuya y dejó un mensaje para que Kuu la llamara cuanto antes. Cuando ya no tuvo nada más que hacer, marcó el número de sus padres y rezó para que saltara el contestador automático, pero no tuvo suerte.
–Hola, mamá –la saludó intentando parecer animada–. ¡Feliz cumpleaños!
–¡Himiko!
Podía oír la tensión y el malestar en la voz de su madre. Supuso que ella también había estado temiendo esa llamada. No tenían mucho que decirse la una a la otra.
–Cuánto me alegra oír tu voz, ¿dónde estás? –le preguntó su madre.
–Estamos rodando, haciendo exteriores, mamá –le dijo sin querer explicarle exactamente dónde estaba. Pero al final tuvo que decírselo cuando su madre le hizo más preguntas.
–Es cerca de donde crecí... ¿Has ido a ver mi pueblo?
–Todavía no. He estado muy ocupada con el trabajo y el rodaje. Tenemos mucho retraso.
–A tus tías les emocionaría tanto conocerte... –le dijo Nanako–. Les he hablado tanto de ti y de tu trabajo en la industria cinematográfica...
–No estoy trabajando en la industria del cine, solo soy secretaria de una productora.
–Por ahora –repuso su madre–. Pero no tienes por qué decírselo a tus tías. Diles que te va muy bien, que todo va estupendamente...
Aunque no se lo dijera, sabía muy bien lo que le estaba diciendo. Era una advertencia para que no hablara más de la cuenta y continuara con la farsa de que todo era perfecto.
–O tal vez sería mejor que no les hables de trabajo. No creo que les guste saber que estás trabajando para una Himemiya
–No pienso mentir.
–Tampoco te lo he pedido, pero no necesitan saberlo todo. Esa familia tiene un pasado escabroso. Recuerda cuánto me sorprendió saber para quién trabajabas. Es un apellido que atemoriza a mucha gente, sobre todo en mi pueblo. Es una familia peligrosa.
–Las cosas son muy diferentes ahora.
–No tanto. Ya he leído que al final no hubo boda entre los Himemiya y los Kaiou. Recuerdo muy bien a los hijos de Kenji...
–¿Takeshi y Tenka?
–Sí, aún recuerdo cuando murieron. Me llamó mi hermana y puse las noticias. ¿No te acuerdas?
Tenía un vago recuerdo de estar viendo la televisión con su madre. Ella debía de haber tenido unos veinte años. Había habido un incendio muy grande en un almacén. Entonces no había significado nada para ella, pero todo había cambiado durante esos últimos meses.
–Digan lo que digan, no fue un accidente –le confió su madre.
–¿Crees que los mataron? –le preguntó Himiko sintiendo un escalofrío por la espalda.
–Seguro que sí, tenían tantos enemigos... Algunos pensaban que habían provocado el incendio para cobrar el seguro, pero que les salió mal. Así es la gente con la que tratas, no lo olvides.
–Kaon no es así –le dijo ella.
–¡Por favor! Es la hija de Takeshi, no puede ser de otra manera. Su padre estaba obsesionado con el poder, con el dinero y con las mujeres. Nunca fue fiel a su esposa, pero era encantador, eso sí.
Se le pasó por la cabeza entonces que quizás tuviera razón su madre.
–Pero Kenji era el peor.
–¿También era infiel?
–¿Quién sabe? Era muy mala persona –le contó Nanako–. Igual que los Kaiou. No se cómo podían dormir por las noches. Y sus esposas eran iguales. Tiranizaban a la gente como si fueran de la realeza. Tu tía trabajó una vez en la cocina de la esposa de Kenji, Mika. Creo que tenían una cena especial esa noche. Eran ricos, pero su dinero estaba sucio, pregúntaselo a tus tías, ellas pueden contarte muchas historias –añadió algo emocionada.
Sabía que su madre echaba mucho de menos a sus hermanas. Y también su casa, su pueblo y su historia.
–Me gustaría tanto verlas... Ojalá pudiera estar allí cuando las conocieras y enseñarte mi pueblo...
–Mamá... –le dijo Himiko con lágrimas en los ojos–. ¿Por qué no vienes? Te pagaría el billete.
–Himiko, ya sabes que no es posible.
Como era su cumpleaños y no quería disgustarla, no insistió más.
–Bueno, iré a visitarlas muy pronto y les daré muchos besos de tu parte.
–Avísame cuando vayas a ir. Así puedo llamarlas y decírselo yo.
–Muy bien –le dijo–. Bueno, tengo que volver al trabajo. Te quiero, mamá.
–Y yo a ti, Himiko. ¿Quieres hablar con tu...?
Colgó el teléfono antes de que pudiera terminar la pregunta. No podía creer que se hubiera atrevido siquiera a sugerirlo después de todo lo que había pasado. Su madre seguía actuando como si nada hubiera ocurrido. No quería llorar, pero tampoco podía olvidarlo. Se miró en el espejo y levantó su pelo para mirar la cicatriz de su cuello. Era la prueba de que sí había pasado. También lo recordaba cuando sonreía porque le había costaba mucho dinero reparar sus dientes. Aún recordaba la sensación de escupir sus propios dientes en la mano, pero era peor aún sentirse traicionada por su madre. No podía entender que lo hubiera perdonado y se quedara a su lado después de ver cómo golpeaba a su hija. En lugar de llamar a la policía, se había quedado allí llorando y gritando. En vez de avisar a una ambulancia, le había dado bolsas de hielo y le había sugerido la historia que podía contarle al dentista y al médico. Le había dicho que, si no quería complicarle más aún las cosas a su madre, debía decirles a todos que se había caído.
Se sentía tan fuera de sí que tenía que salir de allí.
Abrió la puerta y se encontró con Kaon.
A ella le impresionó mucho ver el estado en el que estaba Himiko.
–¿Qué te pasa? –le preguntó.
Himiko pasó junto a ella para tratar de salir al pasillo, pero agarró su muñeca antes de que lo hiciera.
–Por favor, déjame –le pidió con la voz ronca–. Estaba a punto de salir a dar un paseo.
–Ya lo harás después.
No podía dejar que se fuera después de ver lo mal que estaba.
–Si necesitas salir un poco del hotel, te llevaré a dar una vuelta en coche. A mí también me vendría bien.
Había ido a verla por razones bastante más urgentes pero, por una vez, decidió que el trabajo podría esperar. Condujeron en silencio al principio por las calles sinuosas. Era agradable estar a su lado y contemplar el paisaje.
–Es muy bonito –comentó Himiko cuando llegaron a un pequeño pueblo.
–Está en mal estado. También esta zona necesitaría una mejora como la que queremos hacer en el puerto. Solo tiene abierto un restaurante y un par de tiendas. ¿Quieres tomar algo?
Pero ella negó con la cabeza.
Himiko empezaba a comprender todo lo que la película podría suponer para una zona como aquella. Era una región maravillosa del país, con bellas vistas por todas partes, pero muchos sicilianos, como su madre, se habían ido de allí en busca de una vida mejor.
Pero prefería no pensar en ella.
Frunció el ceño al ver algunas casas que le resultaban bastante familiares. Creía haberlas visto en las fotos que guardaba su madre.
–Este es el pueblo de mi madre... –le dijo casi sin voz.
–Lo sé –repuso Kaon con una sonrisa–. Podrías visitar ahora a tus tías.
–No creo, que no.
Kaon sonrió de nuevo.
–Bueno, es verdad. Seguro que a tu madre le daría algo si le cuentan que has ido en compañía de una Himemiya.
–Aminora un poco la velocidad, por favor –le pidió ella–. Creo que esa es la panadería donde trabajó mi madre antes de irse a Australia.
–¿Sigue trabajando ahora?
–No. Trabajó en una fábrica hasta que nací yo. Después, se dedicó a ayudar en la tienda de mi padre –le dijo mientras miraba dentro de la panadería–. ¿Nos tomamos un café?
–Claro –respondió Kaon mientras comenzaba a buscar dónde aparcar.
Salieron del coche y caminaron por la estrecha acera. La calle estaba empedrada y el pueblo tenía mucho encanto. Era como volver atrás en la historia. Se detuvieron frente a una iglesia.
–Mi madre siempre siente nostalgia cuando alguien se casa. Me ha dicho siempre que las fiestas que hacen después de las bodas son increíbles.
–Es verdad. El pueblo sale a la calle a celebrarlo.
–Todo es tan distinto aquí –le dijo Himiko–. Parece que no ha cambiado nada durante siglos.
–Sí ha cambiado, pero son cosas que no se ven a simple vista.
Entraron en un pequeño café y todos las miraron en silencio. Supuso que lo hacían porque ella era Kaon Himemiya.
–Parece que te tienen miedo –le susurró ella–. O quizás estén enfadados con tu familia.
–Creo que es una mezcla de las dos cosas, pero espero que no dure mucho.
Pidieron café y crepes rellenas de helado.
–Me encanta estar aquí, lejos del hotel y del set de rodaje. Gracias por traerme, Kaon.
–No hay de qué.
–Por cierto, ¿cómo es que no estás en el rodaje?
Pero Kaon se encogió de hombros. Le dio la impresión de que no quería hablar de ello.
–¿Tu madre no ha vuelto nunca desde que se marchó de aquí?
–No.
–Bueno, quizás lo haga algún día, ¿no?
No respondió. No quería hablar de su madre.
Incluso de vuelta en el coche, cuando Kaon le hizo más preguntas para saber qué le pasaba, ella cambió en todo momento de tema para hablar solo del trabajo.
–Hablé con Kazuya esta mañana y le he dejado un mensaje a Kuu. Me gusta mucho el perfil de Paulo, pero no puede empezar a trabajar de inmediato.
–Eso es un problema –admitió Kaon–. Necesito a alguien que pueda comenzar enseguida. ¿Y Kuu?
–Si quieres que te diga la verdad, no me gusta nada. Está muy segura de sí misma y es bastante condescendiente, me trató como si yo fuera su secretaria, quería tratar directamente contigo y se negó a ceder ni un milímetro cuando traté de concertar una entrevista con ella –le contestó Himiko–. En resumen, creo es perfecta para el trabajo.
–Pensé que esa perfección ya la tenía ahora mismo.
Miró a Kaon y sonrió.
–Las dos sabemos que no es así. Yo no soy lo suficientemente fuerte – le confesó–. No creo que Kuu se disguste si no le envías flores.
–Así que, aunque lo negaras, estabas disgustada.
–Sí.
–¿Qué más se le da bien a Kuu?
–Hacer varias cosas a vez. Seguro que ahora mismo podría estar tomando notas con una mano mientras te da placer con la otra.
Kaon soltó una gran carcajada y ella también sonrió. Kaon siempre hacía que se sintiera mejor.
Detuvo el coche y se limitó a sonreírle mientras Himiko se sonrojaba. Era la mejor amante que había tenido y una mujer que había conseguido obsesionarla. Se quedó sin respiración cuando tomó su cara entre las manos.
–Fue un día muy duro. Acababa de perder a mi director, habían pasado cosas con mi familia y no sabía cómo estaba mi hermana –le explicó Kaon.
–Lo sé, lo sé.
–Pero sí te envié flores, a la habitación que quería compartir contigo. La misma de la que te fuiste con cajas destempladas –le dijo–. También había organizado una cena. Tenía muchas ganas de decirte lo mucho que había significado el tiempo que habíamos pasado juntas, las ganas que tenía de verte y cuánto me dolió no poder llamarte y...
Kaon se quedó callada de repente y la miró con los ojos entrecerrados.
–¿Quién te ha hecho tanto daño? ¿Tienes un exmarido o algo así?
–Por supuesto que no.
–No sé nada de ti, Himiko. Lo que sé lo podría escribir en un sello de correos. Solo sé que tus padres siguen juntos, que no tienes hermanos y que tu madre es de aquí.
No pudo contenerse, se le llenaron los ojos de lágrimas.
–El s**o fue increíble, el mejor que he tenido en mi vida, pero no te conozco...
–Es que eres mi jefa, Kaon. No necesitas conocerme.
–¡Soy tu amante! –exclamó Kaon–. Métetelo en la cabeza.
–Pero ¿durante cuánto tiempo?
No le gustaba parecer necesitada, pero era lo que quería saber. Kaon le estaba pidiendo que se abriera, que le diera algo más que su cuerpo, y eso le aterraba.
–¿Quién sabe? –le dijo Kaon–. Pero, si no podemos hablar, no creo que pueda durar.
–Tú nunca hablas de las cosas que te hacen daño.
–No, pero lo he intentado más que tú.
–No hablo de ello con nadie...
Kaon decidió que era mejor darle un poco de tiempo y puso el coche de nuevo en marcha.
–¿Qué sentiste antes en el café? Me refiero al hecho de que la gente te mira y parece ponerse algo tensa o nerviosa –le preguntó Himiko.
Fue entonces Kaon quien se quedó sin saber qué contestar. Pensó en la casa de sus abuelos, grande, imponente y llena de secretos.
–¿Has visto los periódicos de hoy? –le preguntó sin esperar su respuesta–. Pues aún hay mucho más por venir. Es muy cansado. A veces, lo único que quiero es entrar en un sitio y tomarme un café. Por eso me gusta estar en el set de rodaje. Allí soy Kaon, sin apellido. Por supuesto, hoy he tenido que lidiar con algunas miradas extrañas después de lo que han publicado sobre mi madre. Tengo que vivir con ello. Los Kaiou están empeñados en aplastarnos y no se detendrán ante nada, así que ahora se aseguran de que la prensa publique toda la basura que encuentran de mi familia. Y, desgraciadamente, hay mucha.
Pero su familia también tenía cosas positivas y, sin saber por qué, quería demostrárselo. Había algo que Kaon también había estado posponiendo durante un tiempo y sabía que sería más fácil hacerlo con Himiko a su lado.
–Voy a llevarte a donde no he llevado nunca a una mujer. A ver a mi nonna.
–¿Crees que es una buena idea? –le preguntó Himiko con suspicacia.
–Supongo que no. Seguro que empieza a preparar la boda en cuanto nos vea entrar juntas, pero tengo que visitarla. Estará muy disgustada con todo lo que está pasando en la familia y también estará preocupada por Chikane. Ha sufrido mucho. Sobre todo cuando murieron sus hijos. Aunque no nos llevamos bien, lo único que nos une es nuestro amor por ella. Es una buena mujer. A su familia no le gustó nada que se casara con Kenji, pero lo amaba y disculpaba lo que mi abuelo hacía. Supongo que a veces es más fácil fingir que todo está bien.
–O mucho más cómodo –repuso Himiko–. Lo siento, Kaon. No trato de juzgarla, no la conozco.
–No pasa nada. Me parece bien que tengas tu opinión. Solo quería decirte antes de ir a verla que estos últimos años han sido muy duros para ella.
Fueron hacia la casa de la abuela de Kaon. Himiko estaba nerviosa y emocionada al mismo tiempo. Le gustaba tener la oportunidad de conocer a la matriarca de la familia, pero se dio cuenta de que Kaon estaba muy tensa.
–No voy a decirle nada que pueda ofenderla –le aseguró para tranquilizarla.
–Lo sé, lo sé –repuso Kaon con una sonrisa.