Suiren Yomi-chi

Suiren Yomi-chi En esta pagina se publican adaptaciones de novelas románticas. No se lucra con ninguna adaptación y se da el crédito correspondiente a la autora original.

Escritura de fanfics en las que son estrellas Chikane y Luka. Adaptaciones y originales.

Escena UnoLasciti di segretiToma VI “Separare l'amore dal lavoro è l'obiettivo”Al final, Kaon y Himiko salieron del hote...
14/05/2026

Escena Uno
Lasciti di segreti
Toma VI “Separare l'amore dal lavoro è l'obiettivo”

Al final, Kaon y Himiko salieron del hotel a las cuatro de la mañana.

Después de que Kaon dejara una buena propina para la señora de la limpieza. La prensa seguía convencida de que Chikane estaba en el hotel y por eso, en vez de salir a la calle con el pelo mojado tras la ducha, Himiko se tomó un tiempo para secárselo y para maquillarse. Volvía a su papel de eficiente secretaria. Con las únicas diferencias de que se estaba arreglando en ropa interior y que Kaon la observaba.

–Te gusta maquillarte, ¿no? –comentó Kaon.

–¿Eso crees? –respondió Himiko mientras terminaba de aplicarse el rímel.

Pero Kaon no le estaba prestando atención. Había sacado de su bolso el corrector y estaba de pie detrás de Himiko tratando de cubrir las marcas que ella le había dejado en el cuello. Estaba bellísima. Llevaba pantalones negros y una camisa del mismo color. Tenía aspecto de mujer fuerte, pero había una gran sonrisa en sus labios mientras le maquillaba el cuello.

–¿Quieres que te lo preste? –le preguntó Himiko.

–No hace falta –repuso Kaon mientras la hacía girar hacia ella para mirarla–. Nunca he tratado de ocultar mis errores.

Pero eso significaba que Himiko iba a tener que verlos. Fue entonces cuando fue consciente de la situación en la que se había metido. Entendía mejor las lágrimas derramadas por todas las amantes a las que había tenido que consolar. Había creído que podría seguir con su vida después de pasar unas horas con Kaon. Pero mientras la observaba, de pie frente a ella, se dio cuenta de que quería conocerla mejor. Lamentaba que su jefa supiera que iba a dejar ese puesto de trabajo unas semanas después. Habría sido mucho más fácil irse sin tener que verla durante los días que le quedaban trabajando para ella.

Kaon la tomó en sus brazos y la besó. Aunque estaba completamente vestida, podía sentir cuánto la deseaba y le asustó el efecto que tenía sobre ella.

–No –le dijo Himiko con más firmeza de la necesaria–. Acabo de maquillarme.

–No hay problema, puedo darte la vuelta y ya está –le dijo Kaon con picardía.

Y eso fue lo que hizo.

La hizo girar sobre sus pies y empezó a besarle el hombro mientras bajaba con las manos por su vientre. Himiko se miró en el espejo y reconoció una expresión de pánico en sus ojos. Le parecía imposible olvidarse de alguien como Kaon y seguir adelante como si nada hubiera pasado. Sabía que siempre iba a recordar esos momentos. Y ella no se veía capaz de lidiar con ese tipo de sentimientos.

–El rodaje de tu película empieza dentro de un par de horas y yo me quiero ir a casa –le recordó Himiko mientras se volvía hacia ella con una sonrisa en la boca.

Se puso la falda, la blusa y los zapatos. Mientras tanto, habló de cosas intrascendentes con ella, pero no conseguía tranquilizarse. Le daba miedo que Kaon pudiera darse cuenta de lo que le pasaba, no quería que supiera cuánto le había afectado estar con ella.

Kaon no estaba notando nada distinto en Himiko, pero ella sí creía que había cambiado y que la mujer que bajaba frente a ella en el ascensor era diferente a la que había subido el día anterior. Salió muy relajada del hotel y no le alteró ni lo más mínimo ver que seguían esperándolas los periodistas. Fueron al coche y condujo hasta la casa que Himiko había alquilado. No necesitaba que le dijera por dónde ir, ya la había llevado un par de veces, pero Himiko nunca le había pedido que pasara y tampoco lo hizo en ese momento, pero Kaon tenía otros planes en mente.

–Hazme café –le pidió entre bostezos.

Aún tenía que ir conduciendo hasta el puerto, donde iban a rodar ese día.

–Si lo haces, te daré el día libre –añadió sonriendo.

–Ya pensaba tomármelo libre –le dijo Himiko mientras entraban.

A Himiko le daba cierto reparo que viera su casa. Era pequeña y muy sencilla. Solo tenía un dormitorio. Mientras iba a la cocina para encender la cafetera, Kaon se quedó en el salón, mirando los pocos libros que tenía y viendo que todos tenían la dirección cinematográfica como temática común. También se dio cuenta de que no había nada más que fuera personal en ese sitio. Estaba muy acostumbrada a estudiar las casas de las mujeres con las que salía. Era una especie de juego que le ayudaba a conocerlas mejor, pero no había nada allí de Himiko que le aportara más información sobre ella. Supuso que sería así porque ya había previsto que su estancia en Sicilia fuera solo algo temporal. Pero seguía extrañándole que no hubiera siquiera una foto de familia sobre la chimenea.

Tampoco pudo adivinar nada más sobre su secretaria en el cuarto de baño cuando Kaon se excusó un momento para usarlo y abrió descaradamente sus armarios. Eso sí, aprovechó para fijarse en el nombre de su perfume favorito. En otras circunstancias, le habría pedido a Himiko al día siguiente que le comprara ese perfume, un ramo de flores y alguna joya para su nueva amante.

Era lo que había hecho en otras ocasiones.

Y esa no era la única diferencia de la que ya se había dado cuenta esa madrugada. Normalmente, se sentía algo culpable después de acostarse con otra mujer. Con Himiko no le estaba pasando.

–¡Ya está el café! –le dijo ella desde la cocina.

De camino a allí, echó un vistazo a su habitación. La cama estaba deshecha y había un sujetador en el suelo. Aunque estaba agotada y tenía mucho trabajo ese día, le entraron ganas de olvidarse de todo y pedirle que le llevara el café a la cama y se lo tomara allí con ella.

Pero fue a la cocina.

Himiko estaba sirviendo el café en dos tazas pequeñas. Le puso algo de azúcar a una de ellas y se la ofreció.

–Riquísimo –le dijo sonriendo después de probarlo–. Solo por esto, te dejaré que desconectes el teléfono hasta mañana.

–¿Para qué? ¿Para qué te vuelvas loca cuando me llames y veas que no contesto? Creo que será mejor que no lo haga, Kaon.

–No, lo digo en serio –insistió Kaon–. Tómate el día libre. Ya lidiaré sola con cualquier cosa que surja. Apaga el teléfono y no vuelvas a encenderlo hasta que llegues mañana al rodaje.

–Bueno, la verdad es que tengo algunas cosas de las que debería encargarme.

–Seguro que esas cosas también pueden esperar. Hazlo mañana antes de ir hasta el puerto. Como si no quieres acercarte hasta la noche. Estos dos primeros días, no va a haber demasiada acción en el set de rodaje. Antes que nada, hay que instalar a todo el mundo allí y darnos un tiempo para conocer al equipo.

–¿Estás segura? –le preguntó Himiko.

Himiko sabía que Kaon era una jefa muy exigente, pero lo cierto era que estaba agotada.

–Claro que estoy segura –le dijo Kaon mirándola a los ojos–. A no ser que quieras mantener el teléfono encendido por si te llama tu familia, claro.

–No.

Kaon tomó otro sorbo de su café. Cada vez le sorprendía más lo reservada que era con su vida personal.

–¿Tu madre es italiana? –le preguntó entonces–. ¿De dónde? –agregó al ver que asentía con la cabeza.

–Es siciliana.

–¿Y tu padre?

–Él es australiano.

Himiko le advirtió con la mirada que no iba a decirle nada más, pero decidió insistir.

–¿Siguen juntos?

–¿Por qué lo preguntas? –repuso ella.

–No lo sé, solo era una pregunta... –le dijo Kaon–. Tenía curiosidad por saber más de tu familia. Igual que tú me preguntaste por la mía.

Himiko sabía que estaba siendo bastante fría. No tenía ninguna necesidad de serlo. Después de todo, le había hecho una pregunta muy sencilla.

–Sí –le contestó por fin con una sonrisa algo tensa–. Siguen juntos.

Kaon tomó otro sorbo de café.

–Por cierto, tenemos otro tema del que hablar.

Sonrió aliviada al ver que la conversación daba un giro, pero esa sensación no le duró demasiado.

–De ese trabajo que quieres en Roma... –prosiguió Kaon.

–No –se negó Himiko–. Acabamos de pasar el día y la noche juntas en la cama, no quiero...

–Por eso es el momento perfecto para hablar de ello.

–Puede que lo sea para ti –replicó Himiko–. Yo preferiría hablar de esto contigo en el despacho, no aquí.

–Es que no quiero que aceptes ese trabajo.

Himiko contuvo el aliento. Creía que Kaon no podía saber que estaba atravesando una línea muy peligrosa. Su jefa no tenía ni idea de cuántas veces su propio padre había usado esas mismas palabras con su madre.

–Kaon, yo elijo dónde trabajo.

–Por favor, escúchame...

–Lo digo en serio, Kaon –la interrumpió ella–. Ya hablaremos de esto. Si tienes algo que decirme sobre mi trabajo, lo harás en el despacho, que es el único lugar donde tienes derecho a hacerlo.

–No entiendo por qué te estás poniendo así, Himiko.

Ella no comprendía que insistiera y se negara a hacerle caso. Su madre había trabajado en una fábrica hasta que Himiko nació, pero había renunciado a su trabajo para ayudar en la tienda de su padre. De vez en cuando, le pedía permiso a su marido para buscar trabajo en otra empresa. No les habría ido nada mal el dinero, pero a su padre le había gustado demasiado tener a su mujer cerca y controlada. También veía como una ventaja que apenas pudiera hablar inglés y que no tuviera amigas.

–Me da igual que lo entiendas o no –replicó Himiko con firmeza–. Hablaré de ese tema contigo mañana y ya está.

–Bueno, ¿podrías al menos esperar a darles una contestación hasta después de que hablemos?

–¡Kaon! –la regañó Himiko.

Sabía que no estaba acostumbrada a que le llevaran la contraria, pero terminó por ceder y darle un buen beso en la boca.

–De acuerdo –le dijo Kaon–. Y gracias por todo. Pensé que sería imposible, pero conseguiste que ayer fuera un buen día después de todo.

–Gracias también a ti –repuso Himiko con una sonrisa.

Una parte de ella deseaba que se fuera y otra no quería estar sin Kaon. También le molestaba quedarse allí cuando Kaon se iba al set de rodaje sin ella. Cada vez se sentía más insegura. No sabía si iba a poder lidiar con la situación en la que se había metido. Aunque se había convencido de que no iba a permitir que le hiciera daño, no había estado preparada para lo mucho que le había afectado pasar esas últimas veinticuatro horas con Kaon Himemiya.

Estaba empezando a darse cuenta de que no se había comportado de la manera más inteligente ni sensata.

La miró a los ojos pensando que quizás no tuviera otra oportunidad de hacerlo de ese modo, como se miraban dos amantes que habían pasado la noche juntas. Conociéndola como la conocía, no le habría extrañado nada que la cambiara por Nagisa esa misma noche.

–Buena suerte con el primer día de rodaje –le dijo Himiko.

–La voy a necesitar.

–¿Qué le vas a decir a Nagisa sobre las fotos que le han hecho?

–¿De qué iba a servir que le dijera nada? –reflexionó Kaon encogiéndose de hombros–. Le pedí que se comportara y que no se metiera en problemas. Le dije lo mucho que la necesito para desarrollar esta película. Lo más sencillo habría sido coserle las rodillas.

Se echó a reír mientras abría la puerta de su casa, pero seguía sin estar demasiado convencida. Con una mujer tan bella como Nagisa, no le habría sorprendido nada que Kaon cambiara de idea y la llamara a medianoche de manera urgente para pedirle que fuera a llevarle unas tijeras a la habitación del hotel.

Pero recordó que iba a tener el teléfono desconectado.

Fue maravilloso meterse en la cama y saber que nada ni nadie iba a molestarla, pero no había contado con sus pensamientos. Se vio de nuevo presa del mismo pánico que se había apoderado de ella en el cuarto baño del hotel.

No había sido solo s**o.

Se quedó mirando al techo, tratando de convencerse de que sí lo era, de que no podía haber otra explicación. Llevaba demasiado tiempo escondiendo su corazón, protegiéndolo para que nadie se lo rompiera. Sabía que no tenía sentido perder la cabeza y pensar que Kaon pudiera llegar a ser nada más. Sabía mejor que nadie que era imposible cambiarla, ya lo habían intentado otras, y que nunca podría confiar en Kaon.

Durmió hasta bien entrada la tarde, pero miró el teléfono en cuanto se despertó. Pensó que tendría un montón de llamadas y mensajes de textos de Kaon, pero no había nada. Frunció el ceño tratando de ignorar la decepción que sentía. No entendía por qué no se alegraba al ver que no la había bombardeado con llamadas.

Se sentía muy rara.

Sin la ayuda de su secretaria, esa vez la última amante de Kaon no iba a recibir flores. No pudo evitar sonreír al recordar una de sus conversaciones.

–¿Qué quieres que escriba en la tarjeta de las flores? –le había preguntado Himiko.

–Decídelo tú.

Pero debió de preocuparle lo que habría escrito porque la llamó unos minutos más tarde.

–¿Qué le has puesto?

Himiko había suspirado algo cansada antes de responder.

–«Disfruté mucho este fin de semana. Estuviste increíble. Kaon».

–No, eso es lo que debería enviarme ella a mí con unas flores –le dijo bromeando–. Bueno, no te preocupes por el ramo, cómprale alguna joya... Algo con aguamarinas.

–Entonces es que tiene los ojos azules, ¿verdad?

La conocía mejor de lo que pensaba Kaon.

Respiró profundamente y se puso a hacer una maleta para llevar al rodaje mientras tomaba la firme decisión de no sufrir por Kaon. Se había metido en esa situación con los ojos bien abiertos y no iba a dejar que Kaon le diera consejos sobre su carrera. Le escribió un mensaje electrónico a Marco aceptando su oferta de trabajo. Después, escribió su carta de dimisión. Pasará lo que pasara entre ellas dos, no iba a seguir trabajando para Kaon durante mucho más tiempo.

Eso lo tenía muy claro.

Pasó el resto del día sin tener noticias de Kaon. Después, a la mañana siguiente, estuvo muy distraída haciendo un millón de recados que había tenido que retrasar después del apasionado fin de semana que había pasado en compañía de Kaon Himemiya. No llegó al pequeño hotel donde se alojaba Kaon hasta última hora de la tarde. Estaba cerca del lugar donde se iba a llevar a cabo gran parte del rodaje. El viaje hasta allí no le había resultado tan agradable como debería haber sido. El paisaje era impresionante y apenas había tráfico, pero había pasado demasiadas señales que indicaban que el pueblo natal de su madre no estaba lejos.

Salió del coche con un n**o en el estómago.

Faltaban pocos días para su cumpleaños y no le iba a quedar más remedio que llamarla. Creía que, de haber sabido su madre lo cerca que estaba de su pueblo, no le habría perdonado que no visitara a sus tías. Había ciertas normas en todas las familias, pero no tantas como en las familias sicilianas, pensó Himiko mientras entraba por la puerta giratoria del hotel.

Era un sitio elegante y con una cierta belleza antigua, como de otra época. El personal era educado y agradable. Después de hacer el registro de entrada y de que le dieran su llave en recepción, se dirigió a los ascensores. Se quedó sin palabras cuando se abrieron las puertas y salió Nagisa Aoi de uno de ellos. Llevaba unas enormes gafas de sol. Himiko la saludó con una tímida sonrisa, pero estaba claro que Nagisa no tenía ni idea de que trabajara para Kaon y la ignoró por completo. Aun así, fue un encuentro emocionante para Himiko y se animó un poco más al recordar que al día siguiente iba a tener la oportunidad de ver su actuación y que por fin empezaría a desarrollarse el guion que tanto le había gustado.

Encontró su habitación y abrió la puerta, pero frunció el ceño cuando vio la suite. Era maravillosa y eso hizo que se detuviera un momento. Los ventanales estaban abiertos y daban a una gran terraza privada con vistas al mar. Estaba decorada con muebles antiguos y grandes espejos dorados. Parecía sacada de otra época. Además, había jarrones con flores frescas en cada superficie e incluso una botella de champán enfriándose en una cubitera. No pudo evitar sonrojarse y sonreír al recordar la otra noche. Se sintió conmovida al darse cuenta de lo detallista que era Kaon. Le pareció muy considerada. Pero se desinfló por completo al oírla hablando en el dormitorio. Tenía que tratarse de un error.

Kaon salió entonces al salón.

–¡Himiko! ¡Por fin estás aquí!

–Así es –le dijo, algo incómoda con la situación.

Le avergonzaba haber creído que Kaon había pedido flores y champán para ella.

–Parece que ha habido un error en recepción. Pensaron que íbamos a compartir habitación –le explicó–. Hablé en italiano cuando hice la reserva y debí de confundirme.

–No hay ningún error –contestó Kaon sonriendo–. Les pedí que te dieran la llave de esta suite. Pensé que podríamos cenar, hablar... ¡Han pasado tantas cosas!

–No puedes meterme en tu habitación sin más, Kaon.

–No es eso lo que he hecho –se defendió ella.

–Entonces, ¿dónde está mi habitación? –le preguntó Himiko.

–Vamos a trabajar quince horas al día, Himiko. Bueno, al menos eso es lo que espero...

–¿Cómo? ¿Qué quieres decir?

–El director nos ha dejado plantados.

Himiko se quedó con la boca abierta y olvidó lo enfadada que estaba con el tema de la habitación.

–¿Que se ha ido? –repitió estupefacta.

–Sí, me dio un ultimátum y no me gustan nada.

La había visto discutir con los directores de vez en cuando, pero nunca había llegado a perder a uno durante el primer día de rodaje. Supuso que habría sido una pelea espectacular y no pudo evitar preguntarse qué habría sucedido.

–He estado todo el día tratando de decidir quién sería la persona más adecuada para dirigir la película. Tenía que ser alguien que estuviera además disponible, pero creo que por fin lo he encontrado –le dijo Kaon mientras servía dos copas de champán.

A Himiko le dio un vuelco el corazón. Aceptó la copa que le ofrecía mientras se dejaba llevar por la ilusión.

–He encontrado a alguien bueno, alguien que creo que comparte mi visión y que realmente está dispuesto a sacar lo mejor de Nagisa –le dijo Kaon con una sonrisa–. Mañana mismo tendremos al nuevo director, Rafaele Beninato.

–¿Rafaele Beninato? –repitió Himiko sin poder ocultar la decepción en su voz.

Estaba demasiado alterada para ocultarlo. Entre el champán, las risas y las conversaciones que habían tenido sobre la película, Himiko había sido tan tonta como para soñar por un momento que Kaon pudiera estar pensando en darle a ella ese cometido.

–Himiko... –susurró Kaon al darse cuenta de que estaba decepcionada–. ¿No creerías que...?

–No –mintió Himiko demasiado avergonzada para admitirlo.

Después de todo, se trataba de una gran película y había sido estúpido pensar que Kaon pudiera confiar en ella la dirección, pero no pudo evitar enfadarse.

–¡Lo que me duele es que ni siquiera lo consideraras!

–¿Cómo iba a hacerlo? ¡Himiko, no tienes ninguna experiencia!

Cada vez se sentía más dolida. Habían pasado horas repasando en la cama cada una de las escenas, hablando del guion y de sus puntos de vista. Pero acababa de quedarle muy claro que a Kaon no se le había pasado por la cabeza que ella pudiera ser una buena directora.

–Sabes que me encanta esta película. He repasado una y otra vez el guion. Me lo sé de memoria y sé exactamente lo que se necesita para conseguir una gran película –le dijo Himiko mientras dejaba la copa de champán en una mesa.

Estaba muy dolida. Sabía que las palabras de Kaon tenían sentido y que eran lógicas, pero ella no estaba pensando lógicamente en esos momentos.

–Voy a cambiar la reserva –le dijo.

Estaba deseando irse de allí antes de hablar demasiado. Necesitaba pensar y no podía hacerlo con Kaon tan cerca. Ella, que nunca lloraba, estaba a punto de hacerlo cuando tomó el teléfono y habló con la recepcionista. Le explicó que necesitaba otra habitación y que iba a bajar a por la llave enseguida.

–Entonces, ¿te vas así de aquí solo porque no has conseguido el trabajo?

–¡No! –exclamó enfadada–. Me iba a ir de todos modos. Por esto es mejor tener habitaciones separadas, Kaon, ¡para poder tener un sitio a donde ir cuando se discute con alguien!

Bajó a recepción para solucionarlo todo y pasó bastante tiempo hasta que pudo por fin estar a solas. Trató entonces de ordenar un poco sus pensamientos, pero no tuvo mucho tiempo para hacerlo. Pocos minutos después, escuchó a Kaon llamando con los nudillos en la puerta y asegurándole que no iba a moverse de allí hasta que la dejara entrar.

–Quieres las dos cosas –le dijo nada más entrar. Vio que era Kaon la que parecía más enfadada de las dos. –Quieres que mantengamos todo lo relativo al trabajo completamente independiente de lo demás. Decías que no podemos trabajar y acostarnos – la acusó Kaon–. Pero, cuando te conviene, quieres todas las ventajas de ser mi amante.

–Eso no es cierto.

–Sí lo es –le dijo Kaon con firmeza–. Es cierto, quieres las dos cosas. Yo, en cambio, solo quiero una. Soy la misma ahora y en el dormitorio, pero en el trabajo trato de tomar las mejores decisiones para mis películas.

Escuchó en ese instante la pasión que había en su voz, esa perseverancia que hacía que su trabajo como productora fuera tan brillante.

–Cuando estoy en el trabajo, elijo lo mejor para mis películas y tomo las decisiones con la cabeza. Si crees que te voy a hacer directora solo porque no acostamos, eres tú la que tiene un problema, no yo.

–Quería dirigir esta película desde hace mucho tiempo.

–Y yo no te habría elegido para que la dirigieras aunque este fin de semana no hubiera pasado nada, Himiko. Porque el hecho es que no tienes experiencia.

–Porque nadie me ha dado la oportunidad de tener experiencia – protestó ella.

–Cuando tenga una vacante adecuada para ti, será toda tuya, pero el mundo no está esperando tu debut, Himiko. En la industria cinematográfica, tienes que ganártelo trabajando muy duro para que te respeten. Y eso no se consigue en el dormitorio.

Le entraron ganas de darle una bofetada, pero sabía que lo que decía era cierto y que aún no había terminado.

–Solo quería decirte que disfruté mucho de tu compañía y que me gustaría seguir disfrutando de ella. Tenía la esperanza de que pudiéramos cenar juntas, hablar y hacer el amor. Pero, en vez de eso, como no puedes separar el trabajo del placer, tendremos que dormir solas.

–Ya he escrito mi carta de renuncia, dejo el trabajo –le anunció Himiko.

–Peor para ti –le dijo Kaon–. Ve y trabaja para Marco, si no te importa que te haga creer que va a darte oportunidades importantes... Después de trabajar un tiempo con él, te darás cuenta de que yo no era tan mala como creías. Al menos conmigo has disfrutado.

–Marco es un hombre encantador –replicó furiosa–. Es un director brillante y está deseando contar con una ayudante dispuesta.

–¿Sabes lo que he pensado muchas veces? Que igual que la gente espera a que sus futuros jefes llamen a otras empresas para que les den referencias sobre ellos, también la gente que busca trabajo deberían pedir referencias sobre los que van a ser sus jefes si consiguen el empleo. ¿Por qué no se toman un tiempo para averiguar si están preparados para aceptar las consecuencias antes de saltar?

–¡Ojalá lo hubiera hecho!

–No, Himiko –repuso Kaon–. Tú sabías perfectamente lo que hacías. Como ya te dije, nunca trato de esconder mis errores, no espero favores de nadie ni los doy a cambio de s**o.

Aunque le había parecido una mujer que no tenía moral alguna, le estaba demostrando lo contrario.

–Y, aunque creas que soy una malnacida, ten cuidado, Himiko, porque tu trabajo nunca ha dependido de si te acostabas o no conmigo y sigue sin depender de ello. Yo sé muy bien cómo cerrar la puerta del dormitorio y abrir la del trabajo.

Sabía que tenía razón.

–¿Con cuánta antelación me presentas tu carta de renuncia?

–Con cuatro semanas.

–Muy bien –le dijo el Kaon–. Llama mañana a la agencia de colocación para que encuentren a alguien que te sustituya. A ver si consigues a alguien que pueda comenzar lo antes posible para que puedas ponerla al día. Y, esta vez, ¿puedes decirles que quiero a alguien con un nivel completamente fluido de italiano, por favor?

Sabía que solo le estaba diciendo eso para provocarla, pero se negó a morder el anzuelo.

–¿Algo más? –le preguntó ella.

–Sí, que tenga experiencia.

–¿Y que sea guapa también? –se burló Himiko.

–Eso espero –respondió Kaon sin ninguna vergüenza–. Y mejor si no viene ya con muchos problemas y prejuicios.

–¿Por qué no vas directamente a una de esas páginas web donde puedes encontrar...?

–¡Eso no va conmigo! –la interrumpió Kaon–. No lo necesito. Y tampoco tengo tiempo. Necesito a alguien que sea bueno en su trabajo, que sea agradable a la vista y que no tenga tanto en cuenta lo que pasa entre las sábanas.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y salió de su habitación.

Una vez más, Himiko se dio cuenta de que tenía razón y se sentó temblando en la cama. Estaba decepcionada a nivel profesional, pero era también algo muy personal. Se dio cuenta de que era ella la que no podía separar las cosas. Con Kaon, nunca había sido capaz de hacerlo. Tuvo que admitir por fin cuánto le había dolido durante esos meses verla con otras mujeres, hablando con ellas por teléfono mientras ella conducía o sabiendo que estaban pasando una velada romántica. Lo había sentido siempre como una ofensa personal.

Había sabido muy bien en lo que se estaba metiendo, pero había decidido ignorarlo por completo. Se había refugiado en el trabajo para no tener que pensar en lo que había sucedido con su padre. No había tenido la oportunidad de procesar las cosas. Se había convencido de que estaba bien y de que lo que necesitaba era un trabajo.

Una habitación de hotel no era el mejor lugar para tener un ataque de ansiedad. La suya no era tan lujosa como la de Kaon y no tenía terraza privada, pero sí ventanas. Las abrió para poder respirar profundamente.

Quería llamar a su madre, gritar o ir a la suite de Kaon y echar su puerta abajo. No podía soportar la idea de estar a solas con sus pensamientos. No quería recordar la sensación del puño de su padre en la cara, los gritos de su madre ni la sensación de tener veintisiete años y sentirse como una niña de seis.

Pero eso era lo que estaba haciendo en esos momentos. Estaba recordando cada momento, cada sensación, llorando por primera vez desde ese día, reviviendo la pesadilla aunque no quería hacerlo y sola en una habitación de hotel.

Capítulo 10: La habilidad del ladronzuelo y la sospecha en la dama de compañía… Que pareja más explosiva!—Kiyoteru, pero...
13/05/2026

Capítulo 10: La habilidad del ladronzuelo y la sospecha en la dama de compañía… Que pareja más explosiva!

—Kiyoteru, pero ¿qué haces, hombre? —preguntó Gumi.

Kiyoteru se había detenido. Estaban a más de tres manzanas de la plazoleta, rodeados de gente. Algunas personas corrían atraídas por los silbatos de la policía, mientras otras, acostumbradas a aquel bullicio, seguían yendo y viniendo a sus ocupaciones.

—Vamos, alejémonos de aquí. Ya has oído a ese joven tan guapo.

Kiyoteru sacudió la cabeza.

—Gumi, por el amor de Dios, ya deberías haberte dado cuenta de quién era —y Gumi enarcó una ceja y se quedó mirándolo. Kiyoteru dejó escapar un suspiro—. Era lady Megurine.

—¡No!

—Sí.

—¡No!

—¡Sí!

—¡Lady Megurine! —Exclamó Gumi—. Pero si estaba allí, disfrazada, ¿por qué nos mandó a nosotros a esa taberna?

—Porque nosotros nos movemos como pez en el agua por esos ambientes y todo el mundo sabe que hemos participado en algún que otro asuntillo ilegal —contestó Kiyoteru.

—Bueno, eso está muy bien. Pero ahora vámonos, ¿quieres? Ella dijo que nos fuéramos.

Kiyoteru meneó la cabeza.

—Yo voy a volver.

—¡A volver! ¿A dónde han estado a punto de matarnos? —exclamó Gumi, pasmada—. Si ese joven era de verdad lady Megurine, como dices, nos ordenó muy seriamente que nos fuéramos.

—Claro, porque no quería que nos interrogaran —Kiyoteru se encogió de hombros—. No es probable que la muerte de un tipo como ése despierte mucho interés, pero, por si acaso salía en los periódicos, lady Megurine no quería que nos viéramos mezclados en el asunto.

—Pues será mejor que le hagamos caso.

—Ya no corremos ningún peligro. Podemos pasar por curiosos atraídos por el alboroto. ¡Un hombre asesinado de un disparo en una plaza! Seguro que hay un montón de gente. Nadie se fijará en nosotros.

—¡Yo no quiero ver un mu**to desangrándose sobre los adoquines!

—¡Ah, pero la gente sí! Recuerda que antes hacían cola para ver un ahorcamiento público. Vamos, amiga mía. Nadie reparará en nosotros. Y puede que nos enteremos de alguna cosilla.

—¡Oh, Kiyoteru! —gimió Gumi.

—Tenemos que averiguar lo que podamos para lady Megurine —dijo Kiyoteru con determinación y, dando media vuelta, empezó a desandar el camino.

Gumi lo siguió refunfuñando.

La puerta se cerró tras Miku, y de pronto todo se inundó de luz. Pero la estancia contigua al almacén estaba desierta. Miku se dirigió a las escaleras y las subió corriendo. Irrumpió en una de las salas de exposición del museo, alrededor de cuyas vitrinas había congregadas algunas personas. Todos se volvieron a mirarla. Una mujer dejó escapar un gemido de sorpresa; todos la miraron con pasmo.

Miku se quedó paralizada un instante. Luego bajó la mirada hacia el arma que había sacado de la caja de la momia. Lo que tenía entre las manos era un brazo momificado, envuelto en vendajes y ennegrecido por el paso de los siglos.

Miku lo dejó caer, horrorizada. Luego, dándose cuenta de que estaba a punto de hacer una escena, sonrió con desgana, se alisó el pelo y recogió el brazo momificado.

—Lo siento muchísimo. Es para una nueva exposición —explicó.

Se dirigió apresuradamente a las escaleras que llevaban a las oficinas mientras pensaba a toda prisa. Lo más lógico era acudir a los policías que vigilaban el museo. Claro que entonces tendría que explicar qué había ido a hacer al almacén. Sin embargo, quienquiera que la hubiera asustado debía estar aún en el almacén. ¡Había que atrapar al culpable!

Al entrar corriendo en la oficina, decidida a buscar ayuda y cargar con las consecuencias, se sobresaltó al ver que la mesa de sir Kaito estaba ocupada.

Lily Masuda estaba esperándola sentada en la silla.

—¡Ah, estás ahí, querida! —exclamó—. Empezaba a preocuparme.

Como no hay nadie por aquí… Pero, ¿qué ocurre, Miku? Cualquiera diría que acabas de ver un fantasma —levantó una ceja—. Y que vas paseando por ahí sus despojos.

—Yo… estoy bien —murmuró Miku. El corazón le palpitaba con fuerza. No sabía por qué, pero de pronto desconfiaba de Lily. ¿Era posible que el ama de llaves hubiera bajado a los almacenes, que hubiera sido ella quien había susurrado su nombre y que hubiera subido a sentarse tras la mesa de sir Kaito para ahuyentar sospechas? —¡Ah, esto! —Miku forzó una sonrisa—. Sí, es terrible por mi parte. Tengo que devolverlo. Me avergüenza decir que vi una rata y me asusté. Disculpa, tengo que… —se interrumpió—. Lily, ¿qué haces aquí?

—Son más de las cuatro, querida. He venido con Luki para acompañarte a casa de las hermanas. Hemos de asegurarnos de que tu vestido estará listo para mañana.

—¿Más de las cuatro? —Murmuró Miku—. Claro, sólo será un momento…, si no te importa esperar. Disculpa, Lily, enseguida vuelvo.

Salió de las oficinas, cerrando la puerta tras ella. Era absurdo pensar que Lily pudiera haberla seguido al almacén. Aquella mujer parecía ser la mano derecha de Luka Megurine. Y se había mostrado tranquila y serena, aunque un poco sorprendida porque no hubiera nadie en la oficina.

Miku se giró rápidamente, dándose cuenta de que debía encontrar cuanto antes a algún empleado del museo. Llevaba todavía en las manos el brazo momificado. Debía devolverlo al almacén. Intentó esconderlo entre los pliegues de su falda, y entonces se percató de que debía resolver un asunto más urgente. Había perdido las llaves de sir Kaito en alguna parte. Y había dejado abierta la puerta del almacén.

Encontró a un guardia descansando en una silla de la sala en la que se exponía la piedra Roseta. Le alegró descubrir que era Honne Dell, un agente de policía al que habían asignado a la vigilancia del museo debido a su edad. Era un hombre alto y enjuto y al que se le asomaban algunos mechones de pelo gris bajo la gorra. Sus ojos rubíes eran amables, aunque un tanto airoso.

—¡Dell! —dijo Miku, tocándole el hombro.

El guardia, que se había adormilado, despertó con sobresalto. Al verla, se levantó de un salto.

—¡Miku! —miró a su alrededor, pensando que debía de haber pasado algo. Ella sonrió, a pesar de las circunstancias.

—Necesito que me ayudes.

—Sí, sí, claro, ¿qué ocurre, muchacha?

—Tenía que comprobar una cosa en el almacén y me pareció que había alguien allí. Me gustaría asegurarme de que está vacío y de que la puerta está bien cerrada.

Él arrugó el ceño. Miku se preguntó si sabía que ella no tenía autorización para entrar en el almacén.

—¿Había alguien rondando por allí? —preguntó él.

—Estoy segura de que no es nada. Puede que hayan sido imaginaciones mías. Pero si hicieras el favor de acompañarme…

—Claro que sí, muchacha. ¡Faltaría más!

Sintiéndose más segura, a pesar de que Honne Dell fuera casi tan delgado y un poco frágil como algunas de las piezas del museo, Miku echó a andar delante de él. La puerta del almacén seguía cerrada, pero la llave no estaba echada.

Cuando Miku la abrió, las tenues luces habían vuelto a encenderse.

Miku entró, seguida de cerca por Dell. Al fin encontró la caja con la momia a la que le faltaba el brazo e intentó colocar éste lo mejor que pudo. Las llaves estaban en el suelo, junto a un gran contenedor. Miku las recogió. Dell la observaba con una leve sonrisa en los labios.

—Aquí no hay nadie, niña. ¿No será que has oído demasiadas historias sobre momias y maldiciones? Sea lo que sea lo que pensara esa gente, Miku, estos tipos no van a volver a levantarse. Ah, pero tú eres joven. A tu edad es fácil dejarse impresionar por esas cosas.

Miku compuso una sonrisa.

—No, creo de verdad que había alguien aquí. Pero, fuera quien fuese, ya se ha ido.

—Seguramente sería alguien de otro departamento —dijo Dell, sonriendo con ternura.

Miku lo agarró del brazo.

—Gracias, Dell.

—Estoy aquí para lo que me necesites, Miku.

—Gracias.

Cuando salieron del almacén, Miku se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada, aunque se preguntaba qué sentido tenía hacerlo. A fin de cuentas, la primera vez que había bajado, también estaba cerrada con llave. Todos los jefes de departamento tenían llaves del almacén. Pero no era probable que un jefe de departamento apagara las luces. Y Miku estaba segura de que no era un conservador de otro departamento quien la había asustado en la oscuridad.

Regresaron juntos. Al acercarse a la piedra Roseta, Dell se detuvo.

—No pienso decir nada sobre esto, ¿sabes? —y le guiñó un ojo.

Miku abrió la boca para decirle que no tenía importancia, pero luego se dio cuenta de que debía agradecerle su silencio.

—Gracias, Dell —dijo, y echó a andar hacia las oficinas.

Luka apenas había acabado de curarse la rozadura que la bala le había hecho en el brazo cuando llamaron a su puerta. Ayax, que estaba montando guardia frente a la chimenea, alzó la cabeza y comenzó a menear la cola.

—¿Sí?

—Soy IA, miladi.

—Pasa, por favor.

Se ató la máscara mientras entraba la criada.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—Sir Kiyoteru Hiyama desea verla.

—Dile que pase.

IA asintió y entró Kiyoteru.

—Buenas noches, lady Megurine.

—Buenas noches. Dígame, ¿tiene algo que contarme? ¿Ha encontrado un sitio donde se trafique con antigüedades?

—Ya sabe que sí —respondió Kiyoteru suavemente, con gran dignidad.

Luka lo miró fijamente un momento y luego se encogió de hombros.

—Supongo entonces que usted y su compañera consiguieron escapar sanos y salvos antes de que llegara la policía.

—Pensé que le interesaría conocer el nombre de ese tipo —dijo Kiyoteru.

Sorprendida, Luka se acercó a una mesita en la que había una botella de brandy y sirvió dos copas.

—En efecto —dijo mientras le daba una copa a Kiyoteru.

—Era un tipo de mala catadura, un viejo conocido de la pasma. VY2 Render, se llamaba. Al aparecer, había abandonado sus atracos callejeros en Mayfair y la policía sospechaba que estaba haciendo algún trabajillo sucio para un pez gordo.

—Entiendo —murmuró Luka.

—La policía metropolitana lleva el caso —prosiguió Kiyoteru—. Pero no parece que tengan mucho interés. El detective a cargo de la investigación es un tipo mayor, muy bregado, el sargento Big Al. Es de ésos que piensan que es una suerte que los delincuentes se maten entre ellos, porque así se evitan juicios y se ahorra el dinero de la Corona y de los contribuyentes. No creo que investiguen mucho.

—¿Y todo eso lo ha averiguado usted solo? —preguntó Luka.

Kiyoteru se encogió de hombros.

—Tengo buen oído.

Luka tomó asiento en el gran sillón que había ante la chimenea y guardó silencio. A pesar de que estaba más cerca que nunca de averiguar la verdad, se distrajo un momento. Allí era donde se había sentado la noche anterior, abrazando a Miku. Resultaba fácil recordar su olor, la suavidad de su piel y el modo en que sus ojos brillantes y aquamarinos se clavaban en los suyos, como olas en el mar y esmeraldas.

—Me atrevería a decir —continuó Kiyoteru— que el mu**to no era más que un mandado, y que seguramente metió la pata al atacarnos a Gumi y a mí. Por eso alguien, tal vez la persona para la que trabajaba, o puede que algún jefazo del hampa, decidiera hacerle callar para siempre.

—Sí, sí —dijo Luka, levantándose—. Gracias. Me ha sido de gran ayuda. No me debe nada más. Hasta hoy no me he dado cuenta de que podía estar poniendo en peligro sus vidas.

—Pero usted estaba allí. Y recibió un balazo en el brazo.

—Sólo es un rasguño. Le repito que me ha sido de gran ayuda y que no me debe nada más.

Kiyoteru se irguió en toda su estatura.

—Lady Megurine, yo también fui soldado de Su Majestad. No soy un cobarde, ni amo la vida más que el honor. Me agradaría seguir a su servicio.

—Si por mi culpa sufriera algún daño —dijo Luka suavemente—, Miku nunca me lo perdonaría.

—Y si yo rechazara el trabajo que me ofrece una mujer como usted y regresara a mi antigua vida, Miku se sentiría profundamente defraudada —repuso Kiyoteru—. Puede que hoy no me haya lucido, lady Megurine, pero le aseguro que sé cuidar de mí mismo. No me pida que me retire ahora. Ya estoy metido en esto, y me siento como no me sentía desde hacía muchos años.

Luka se inclinó hacia delante y comenzó a acariciar la enorme cabeza de Ayax. Luego se levantó y miró de nuevo a Kiyoteru.

—Está bien. Pero le ruego que no tome usted ninguna decisión por su cuenta. Nada se hará sin que yo lo sepa, y pensará usted en todo momento en su seguridad.

Kiyoteru sonrió.

—Entonces, me vuelvo a la cama, por si acaso mi niña vuelve temprano —hizo un saludo militar y salió de la habitación.

Luka se sentó y volvió a acariciar la cabeza de Ayax.

—¿Qué he hecho? —murmuró.

Miku estaba convencida de que las hermanas eran hadas madrinas.

A pesar de lo sucedido aquel día y de la presencia de Lily Masuda, no podía evitar sentirse entusiasmada por el vestido. Nunca se había puesto un traje como aquél. Sin duda tenía que haber algo mágico en él, sencillamente porque existía. En un solo día, las hermanas habían creado un vestido tan hermoso que quitaba el aliento y que se ceñía a su cuerpo con absoluta precisión.

Naturalmente, también se habían ocupado de que dispusiera de la lencería adecuada: un corsé con el borde de encaje, enaguas a juego y un miriñaque de la talla perfecta. Miku estaba sorprendida por lo guapa que estaba con el vestido. Su pelo parecía más brillante y sus ojos centelleaban en contraste con el color de la tela. Se sentía como una princesa. El escote era bajo, pero no en exceso, y las pequeñas mangas formaban un delicado arco sobre sus hombros. La sobrefalda de gasa refulgía, tornasolada, y el corpiño recamado de lentejuelas se ceñía como un guante a sus curvas.

—¡Oh, señorita! ¡Está usted preciosa! —exclamó la pequeña SeeU.

Miku sonrió a la niña, perdiendo un poco de su entusiasmo al preguntarse de quién sería hija.

—Gracias —le dijo.

—Yo también he ayudado —dijo SeeU con orgullo.

—¿Ah, sí?

—Bueno, sólo un poco. Pero me dejaron dar unas puntadas del dobladillo.

—Qué maravilla. Te lo agradezco muchísimo.

Las hermanas observaban su obra con orgullo y una sonrisa pícara.

Lily Masuda caminaba a su alrededor, asintiendo con aprobación.

—Precioso, precioso —dijo, y miró a las hermanas con una sonrisa—. Bueno, vamos a quitárselo. Tenemos que envolverlo con mucho cuidado y llevarlo al castillo, porque la condesa estará esperando.

—¿No podéis quedaros a tomar el té? —preguntó Mako, desilusionada.

—Me temo que no. Lady Megurine espera a la señorita Hatsune antes de cenar.

—Qué lástima —dijo SeeU.

Lily sonrió a la niña con intenso afecto.

—SeeU, querida, volveremos pronto, lo sabes, ¿verdad?

SeeU asintió juiciosamente; demasiado juiciosamente, tal vez, para una niña de tan corta edad. Cuando salieron, Luki estaba esperando junto a la puerta del coche para ayudar a subir a Miku. Al verla, le ofreció una sonrisa y dijo con cierta torpeza:

—No habrá mujer más bella en el baile.

—Muchísimas gracias —dijo Miku.

Lily iba tras ella. Todavía insegura de por qué de pronto desconfiaba de ella, Miku montó en el carruaje.

—No estoy muy segura de esto —murmuró Lily.

Había acudido a las habitaciones de Luka nada más regresar de casa de las hermanas. Miku había ido a ver a Kiyoteru, que había vuelto a meterse en cama.

Luka enarcó una ceja bajo la máscara.

—¿No estás segura? Pero si fuiste tú quien insistió en que volviera a frecuentar los salones y buscara una mujer que pudiera llevar del brazo.

—Sí, pero…

—¿Pero qué?

—¡Esa chica es muy rara! —contestó Lily.

—¿Por qué dices eso?

—No estaba en su cuarto de trabajo cuando llegué. Y cuando volvió…

—¿Sí?

—¡Llevaba el brazo de una momia!

—Lily, Miku trabaja en el departamento de Egiptología.

—Sí, sí, pero ¿qué clase de chica va por ahí acarreando trozos de un cadáver?

—Debía de llevarlo por alguna razón.

—Puede, pero se comportó de manera muy extraña. Estaba despeinada y cubierta de polvo.

—¿Qué tal ha ido la prueba del vestido? —preguntó Luka, cambiando bruscamente de tema. Lily se quedó callada un momento—. ¿Algo va mal?

—No, no, todo va bien. Increíblemente bien —murmuró Lily.

—¿Entonces… ?

—No sé. Estoy preocupada. En fin, voy a buscar a nuestra beldad amante de las momias —se levantó y, apartándose de Luka, se detuvo en la puerta para mirarla—. Lo siento, Luka. Ya sé que fue idea mía, pero esa chica es muy rara.

Luka la miró marchar con cierto asombro. Desde que se hacía pasar por el joven SeeWoo DaHee, había seguido a los empleados del museo para conocer su trabajo. Pero nunca había visto nada fuera de lo corriente. Ese día, sin embargo, debía de haber ocurrido algo extraño. Otra llamada a la puerta anunció la llegada de Miku. Luka le pidió que pasara y le dijo, muy seria:

—Buenas noches, señorita Hatsune.

—Buenas noches.

Luka notó que llevaba el pelo mojado. Al parecer, se había bañado a su regreso al castillo. ¿De veras había vuelto cubierta de polvo?

Luka apartó la silla para que Miku se sentara, sirvió el vino y tomó asiento frente a ella.

—¿Un largo día?

—Sí, eso parece —murmuró Miku.

—¿Ha pasado algo fuera de lo normal?

—Hoy todo ha sido fuera de lo normal.

—¿Ah, sí?

—Parece que no ha ido nadie a trabajar.

—¿Sir Kaito no ha ido?

—No, él sí estaba allí, pero se marchó en circunstancias un tanto extrañas —respondió Miku con los ojos fijos en Luka—. Estuvo dando una conferencia en la sala de lectura. Yo salí para hablarle de unos jeroglíficos. Sir Kaito no estaba allí, pero sobre su mesa había un recorte de periódico que hablaba sobre tus padres. Y su navajita estaba clavada en la fotografía, sobre su cara.

—Qué interesante. Continúa.

—Bueno, sir Kaito regresó y se puso muy nervioso. Luego se marchó.

—¿Crees que lo están chantajeando? —preguntó Luka.

—¡Chantajeándolo!

—Sí, esas cosas pasan. Y tú lo sabes.

—Mmm —murmuró Miku secamente—. ¿Crees que sabe algo y que lo están amenazando?

—Puede ser.

—¿Sabes algo sobre una cobra de oro con ojos de piedras preciosas? —le preguntó.

—¿Una cobra de oro? No. No he visto mencionada ninguna pieza como ésa, ni en las cajas que vinieron aquí ni en las que se llevaron al museo. ¿Se supone que era parte de la máscara funeraria?

—Creo que no. Pero se menciona en el texto que he traducido —se inclinó hacia Luka, mirándola intensamente—. He estado dándole vueltas a este asunto. Tú estás convencida de que tus padres fueron asesinados, y puede que así fuera. Pero ha de haber una razón, un…

—¿Móvil?

—Exacto. Si alguien que trabaja en el museo quería robar alguna pieza para conseguir una gran suma de dinero, bueno… hay muchas piezas que valen una fortuna. Sin embargo, vender algo aquí, en Inglaterra, aunque sea ilegalmente… Alguien acabaría enterándose. ¿Para qué poseer un tesoro así si hay que tenerlo escondido?

—Se puede comprar una pieza y llevarla a Francia, a Estados Unidos o a cualquier otro país —repuso Luka.

Miku asintió.

—Aun así, si estamos hablando de alguien del museo, sin duda habrá tenido ocasión de robar muchos objetos.

—Pero todos los objetos que se exponen están catalogados —dijo Luka con sencillez—. Ahora me toca a mí. ¿Qué ha pasado hoy?

Miku se recostó en la silla y se encogió de hombros.

—A sir Kaito se le cayeron las llaves y las usé para entrar en el almacén.

—¿Y fue entonces cuando decidiste inspeccionar el brazo de una momia? —Miku la miró con sorpresa—. Me lo ha dicho un pajarito — añadió Luka.

—Verás, había alguien allí, conmigo, y las luces se apagaron —Luka frunció el ceño, poniéndose tensa de repente—. Sí. Francamente, creo que era la señorita Masuda. Supongo que es ella el pajarito que te ha dicho lo del brazo de la momia.

—¿Qué? —Luka estaba tan sorprendida que se levantó.

Miku dio un respingo, pero no se acobardó.

—Ya te lo he dicho, hoy no había nadie en el museo. Pero la señorita Masuda estaba allí.

—Sí, estaba en el museo, y te la encontraste en la oficina. Permíteme recordarte que Lily no era sólo la dama de compañía de mi madre. También era su mejor amiga.

Miku se levantó y se inclinó hacia Luka con los dientes apretados y los ojos centelleantes.

—¡Muy bien! Tú empezaste esto, trayéndome aquí cada noche para interrogarme. He intentando responder a tus preguntas con sinceridad. Lamento que no te gusten mis respuestas.

—¿Tienes permiso para entrar en el almacén? —preguntó Luka. Miku vaciló—. No vuelvas a entrar ahí nunca más. No entres donde no haya gente, ¿me entiendes?

—¡Me preguntas constantemente si te entiendo! —Gritó Miku—. Sí, te entiendo. Perdiste a tus padres. Tienes el deber de averiguar la verdad. ¡Eso lo entiendo! Y también entiendo que puede ser peligroso y que me estás utilizando para tus propósitos. Eso también lo entiendo. Eres la feroz, rica y noble condesa de Essex. Hasta eso lo entiendo. Pero estoy harta de que me grites y me rujas como una Zafio. ¿Lo entiendes tú? —su apasionado arrebato de ira sorprendió tanto a Luka que se quedó sin habla. Miku también pareció quedarse muda de repente y, tirando su servilleta sobre la mesa, dijo—: Discúlpeme, lady Megurine, pero ha sido un día agotador —se dio la vuelta y se encaminó a la puerta.

—Cierra la puerta de tu habitación con llave —le dijo Luka con aspereza.

Miku se detuvo y se volvió hacia ella.

—Entendido. Y no te preocupes, que tampoco saldré de noche, porque sólo Dios sabe lo que está pasando aquí.

—Eso es lo que intento averiguar, señorita Hatsune.

—¡A costa de todo lo demás! —le espetó ella, y salió, cerrando con firmeza la puerta.

A Luka la sorprendió la repentina frialdad, la pérdida de viveza que pareció apoderarse de la habitación al marcharse Miku. Le dieron ganas de correr tras ella, de detenerla en el pasillo y llevarla de nuevo a la habitación, por la fuerza si era necesario. Miku no entendía… Y Luka no se entendía a sí misma.

Comenzó a maldecir, furiosa. Ayax gimió. Luka miró el fuego.

—¡Perdona, viejo amigo! —dijo, recuperando el control.

Miku era la pupila de un ladronzuelo que había aparecido allí por puro azar, y ella era la condesa de Essex, una mujer maldita. Una Zafio. Un espejismo que ella mismo había creado y que parecía mantener con toda facilidad.

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