Suiren Yomi-chi

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Suiren Yomi-chi En esta pagina se publican adaptaciones de novelas románticas. No se lucra con ninguna adaptación y se da el crédito correspondiente a la autora original.

Escritura de fanfics en las que son estrellas Chikane y Luka. Adaptaciones y originales.

Escena UnoLasciti di segretiToma IX “La casa della nonna Himemiya”Himiko no le había mentido a Kaon. No estaba de mal hu...
12/08/2026

Escena Uno
Lasciti di segreti
Toma IX “La casa della nonna Himemiya”

Himiko no le había mentido a Kaon.

No estaba de mal humor solo por ella, sino también porque era el día que había estado temiendo durante semanas. Siempre le había resultado difícil llamar a casa, pero había sido mucho peor en los últimos seis meses. Pospuso el momento tanto como pudo. Hizo algunos trámites con el banco de Kaon, llamó para concertar una entrevista con Kazuya y dejó un mensaje para que Kuu la llamara cuanto antes. Cuando ya no tuvo nada más que hacer, marcó el número de sus padres y rezó para que saltara el contestador automático, pero no tuvo suerte.

–Hola, mamá –la saludó intentando parecer animada–. ¡Feliz cumpleaños!

–¡Himiko!

Podía oír la tensión y el malestar en la voz de su madre. Supuso que ella también había estado temiendo esa llamada. No tenían mucho que decirse la una a la otra.

–Cuánto me alegra oír tu voz, ¿dónde estás? –le preguntó su madre.

–Estamos rodando, haciendo exteriores, mamá –le dijo sin querer explicarle exactamente dónde estaba. Pero al final tuvo que decírselo cuando su madre le hizo más preguntas.

–Es cerca de donde crecí... ¿Has ido a ver mi pueblo?

–Todavía no. He estado muy ocupada con el trabajo y el rodaje. Tenemos mucho retraso.

–A tus tías les emocionaría tanto conocerte... –le dijo Nanako–. Les he hablado tanto de ti y de tu trabajo en la industria cinematográfica...

–No estoy trabajando en la industria del cine, solo soy secretaria de una productora.

–Por ahora –repuso su madre–. Pero no tienes por qué decírselo a tus tías. Diles que te va muy bien, que todo va estupendamente...

Aunque no se lo dijera, sabía muy bien lo que le estaba diciendo. Era una advertencia para que no hablara más de la cuenta y continuara con la farsa de que todo era perfecto.

–O tal vez sería mejor que no les hables de trabajo. No creo que les guste saber que estás trabajando para una Himemiya

–No pienso mentir.

–Tampoco te lo he pedido, pero no necesitan saberlo todo. Esa familia tiene un pasado escabroso. Recuerda cuánto me sorprendió saber para quién trabajabas. Es un apellido que atemoriza a mucha gente, sobre todo en mi pueblo. Es una familia peligrosa.

–Las cosas son muy diferentes ahora.

–No tanto. Ya he leído que al final no hubo boda entre los Himemiya y los Kaiou. Recuerdo muy bien a los hijos de Kenji...

–¿Takeshi y Tenka?

–Sí, aún recuerdo cuando murieron. Me llamó mi hermana y puse las noticias. ¿No te acuerdas?

Tenía un vago recuerdo de estar viendo la televisión con su madre. Ella debía de haber tenido unos veinte años. Había habido un incendio muy grande en un almacén. Entonces no había significado nada para ella, pero todo había cambiado durante esos últimos meses.

–Digan lo que digan, no fue un accidente –le confió su madre.

–¿Crees que los mataron? –le preguntó Himiko sintiendo un escalofrío por la espalda.

–Seguro que sí, tenían tantos enemigos... Algunos pensaban que habían provocado el incendio para cobrar el seguro, pero que les salió mal. Así es la gente con la que tratas, no lo olvides.

–Kaon no es así –le dijo ella.

–¡Por favor! Es la hija de Takeshi, no puede ser de otra manera. Su padre estaba obsesionado con el poder, con el dinero y con las mujeres. Nunca fue fiel a su esposa, pero era encantador, eso sí.

Se le pasó por la cabeza entonces que quizás tuviera razón su madre.

–Pero Kenji era el peor.

–¿También era infiel?

–¿Quién sabe? Era muy mala persona –le contó Nanako–. Igual que los Kaiou. No se cómo podían dormir por las noches. Y sus esposas eran iguales. Tiranizaban a la gente como si fueran de la realeza. Tu tía trabajó una vez en la cocina de la esposa de Kenji, Mika. Creo que tenían una cena especial esa noche. Eran ricos, pero su dinero estaba sucio, pregúntaselo a tus tías, ellas pueden contarte muchas historias –añadió algo emocionada.

Sabía que su madre echaba mucho de menos a sus hermanas. Y también su casa, su pueblo y su historia.

–Me gustaría tanto verlas... Ojalá pudiera estar allí cuando las conocieras y enseñarte mi pueblo...

–Mamá... –le dijo Himiko con lágrimas en los ojos–. ¿Por qué no vienes? Te pagaría el billete.

–Himiko, ya sabes que no es posible.

Como era su cumpleaños y no quería disgustarla, no insistió más.

–Bueno, iré a visitarlas muy pronto y les daré muchos besos de tu parte.

–Avísame cuando vayas a ir. Así puedo llamarlas y decírselo yo.

–Muy bien –le dijo–. Bueno, tengo que volver al trabajo. Te quiero, mamá.

–Y yo a ti, Himiko. ¿Quieres hablar con tu...?

Colgó el teléfono antes de que pudiera terminar la pregunta. No podía creer que se hubiera atrevido siquiera a sugerirlo después de todo lo que había pasado. Su madre seguía actuando como si nada hubiera ocurrido. No quería llorar, pero tampoco podía olvidarlo. Se miró en el espejo y levantó su pelo para mirar la cicatriz de su cuello. Era la prueba de que sí había pasado. También lo recordaba cuando sonreía porque le había costaba mucho dinero reparar sus dientes. Aún recordaba la sensación de escupir sus propios dientes en la mano, pero era peor aún sentirse traicionada por su madre. No podía entender que lo hubiera perdonado y se quedara a su lado después de ver cómo golpeaba a su hija. En lugar de llamar a la policía, se había quedado allí llorando y gritando. En vez de avisar a una ambulancia, le había dado bolsas de hielo y le había sugerido la historia que podía contarle al dentista y al médico. Le había dicho que, si no quería complicarle más aún las cosas a su madre, debía decirles a todos que se había caído.

Se sentía tan fuera de sí que tenía que salir de allí.

Abrió la puerta y se encontró con Kaon.

A ella le impresionó mucho ver el estado en el que estaba Himiko.

–¿Qué te pasa? –le preguntó.

Himiko pasó junto a ella para tratar de salir al pasillo, pero agarró su muñeca antes de que lo hiciera.

–Por favor, déjame –le pidió con la voz ronca–. Estaba a punto de salir a dar un paseo.

–Ya lo harás después.

No podía dejar que se fuera después de ver lo mal que estaba.

–Si necesitas salir un poco del hotel, te llevaré a dar una vuelta en coche. A mí también me vendría bien.

Había ido a verla por razones bastante más urgentes pero, por una vez, decidió que el trabajo podría esperar. Condujeron en silencio al principio por las calles sinuosas. Era agradable estar a su lado y contemplar el paisaje.

–Es muy bonito –comentó Himiko cuando llegaron a un pequeño pueblo.

–Está en mal estado. También esta zona necesitaría una mejora como la que queremos hacer en el puerto. Solo tiene abierto un restaurante y un par de tiendas. ¿Quieres tomar algo?

Pero ella negó con la cabeza.

Himiko empezaba a comprender todo lo que la película podría suponer para una zona como aquella. Era una región maravillosa del país, con bellas vistas por todas partes, pero muchos sicilianos, como su madre, se habían ido de allí en busca de una vida mejor.

Pero prefería no pensar en ella.

Frunció el ceño al ver algunas casas que le resultaban bastante familiares. Creía haberlas visto en las fotos que guardaba su madre.

–Este es el pueblo de mi madre... –le dijo casi sin voz.

–Lo sé –repuso Kaon con una sonrisa–. Podrías visitar ahora a tus tías.

–No creo, que no.

Kaon sonrió de nuevo.

–Bueno, es verdad. Seguro que a tu madre le daría algo si le cuentan que has ido en compañía de una Himemiya.

–Aminora un poco la velocidad, por favor –le pidió ella–. Creo que esa es la panadería donde trabajó mi madre antes de irse a Australia.

–¿Sigue trabajando ahora?

–No. Trabajó en una fábrica hasta que nací yo. Después, se dedicó a ayudar en la tienda de mi padre –le dijo mientras miraba dentro de la panadería–. ¿Nos tomamos un café?

–Claro –respondió Kaon mientras comenzaba a buscar dónde aparcar.

Salieron del coche y caminaron por la estrecha acera. La calle estaba empedrada y el pueblo tenía mucho encanto. Era como volver atrás en la historia. Se detuvieron frente a una iglesia.

–Mi madre siempre siente nostalgia cuando alguien se casa. Me ha dicho siempre que las fiestas que hacen después de las bodas son increíbles.

–Es verdad. El pueblo sale a la calle a celebrarlo.

–Todo es tan distinto aquí –le dijo Himiko–. Parece que no ha cambiado nada durante siglos.

–Sí ha cambiado, pero son cosas que no se ven a simple vista.

Entraron en un pequeño café y todos las miraron en silencio. Supuso que lo hacían porque ella era Kaon Himemiya.

–Parece que te tienen miedo –le susurró ella–. O quizás estén enfadados con tu familia.

–Creo que es una mezcla de las dos cosas, pero espero que no dure mucho.

Pidieron café y crepes rellenas de helado.

–Me encanta estar aquí, lejos del hotel y del set de rodaje. Gracias por traerme, Kaon.

–No hay de qué.

–Por cierto, ¿cómo es que no estás en el rodaje?

Pero Kaon se encogió de hombros. Le dio la impresión de que no quería hablar de ello.

–¿Tu madre no ha vuelto nunca desde que se marchó de aquí?

–No.

–Bueno, quizás lo haga algún día, ¿no?

No respondió. No quería hablar de su madre.

Incluso de vuelta en el coche, cuando Kaon le hizo más preguntas para saber qué le pasaba, ella cambió en todo momento de tema para hablar solo del trabajo.

–Hablé con Kazuya esta mañana y le he dejado un mensaje a Kuu. Me gusta mucho el perfil de Paulo, pero no puede empezar a trabajar de inmediato.

–Eso es un problema –admitió Kaon–. Necesito a alguien que pueda comenzar enseguida. ¿Y Kuu?

–Si quieres que te diga la verdad, no me gusta nada. Está muy segura de sí misma y es bastante condescendiente, me trató como si yo fuera su secretaria, quería tratar directamente contigo y se negó a ceder ni un milímetro cuando traté de concertar una entrevista con ella –le contestó Himiko–. En resumen, creo es perfecta para el trabajo.

–Pensé que esa perfección ya la tenía ahora mismo.

Miró a Kaon y sonrió.

–Las dos sabemos que no es así. Yo no soy lo suficientemente fuerte – le confesó–. No creo que Kuu se disguste si no le envías flores.

–Así que, aunque lo negaras, estabas disgustada.

–Sí.

–¿Qué más se le da bien a Kuu?

–Hacer varias cosas a vez. Seguro que ahora mismo podría estar tomando notas con una mano mientras te da placer con la otra.

Kaon soltó una gran carcajada y ella también sonrió. Kaon siempre hacía que se sintiera mejor.

Detuvo el coche y se limitó a sonreírle mientras Himiko se sonrojaba. Era la mejor amante que había tenido y una mujer que había conseguido obsesionarla. Se quedó sin respiración cuando tomó su cara entre las manos.

–Fue un día muy duro. Acababa de perder a mi director, habían pasado cosas con mi familia y no sabía cómo estaba mi hermana –le explicó Kaon.

–Lo sé, lo sé.

–Pero sí te envié flores, a la habitación que quería compartir contigo. La misma de la que te fuiste con cajas destempladas –le dijo–. También había organizado una cena. Tenía muchas ganas de decirte lo mucho que había significado el tiempo que habíamos pasado juntas, las ganas que tenía de verte y cuánto me dolió no poder llamarte y...

Kaon se quedó callada de repente y la miró con los ojos entrecerrados.

–¿Quién te ha hecho tanto daño? ¿Tienes un exmarido o algo así?

–Por supuesto que no.

–No sé nada de ti, Himiko. Lo que sé lo podría escribir en un sello de correos. Solo sé que tus padres siguen juntos, que no tienes hermanos y que tu madre es de aquí.

No pudo contenerse, se le llenaron los ojos de lágrimas.

–El s**o fue increíble, el mejor que he tenido en mi vida, pero no te conozco...

–Es que eres mi jefa, Kaon. No necesitas conocerme.

–¡Soy tu amante! –exclamó Kaon–. Métetelo en la cabeza.

–Pero ¿durante cuánto tiempo?

No le gustaba parecer necesitada, pero era lo que quería saber. Kaon le estaba pidiendo que se abriera, que le diera algo más que su cuerpo, y eso le aterraba.

–¿Quién sabe? –le dijo Kaon–. Pero, si no podemos hablar, no creo que pueda durar.

–Tú nunca hablas de las cosas que te hacen daño.

–No, pero lo he intentado más que tú.

–No hablo de ello con nadie...

Kaon decidió que era mejor darle un poco de tiempo y puso el coche de nuevo en marcha.

–¿Qué sentiste antes en el café? Me refiero al hecho de que la gente te mira y parece ponerse algo tensa o nerviosa –le preguntó Himiko.

Fue entonces Kaon quien se quedó sin saber qué contestar. Pensó en la casa de sus abuelos, grande, imponente y llena de secretos.

–¿Has visto los periódicos de hoy? –le preguntó sin esperar su respuesta–. Pues aún hay mucho más por venir. Es muy cansado. A veces, lo único que quiero es entrar en un sitio y tomarme un café. Por eso me gusta estar en el set de rodaje. Allí soy Kaon, sin apellido. Por supuesto, hoy he tenido que lidiar con algunas miradas extrañas después de lo que han publicado sobre mi madre. Tengo que vivir con ello. Los Kaiou están empeñados en aplastarnos y no se detendrán ante nada, así que ahora se aseguran de que la prensa publique toda la basura que encuentran de mi familia. Y, desgraciadamente, hay mucha.

Pero su familia también tenía cosas positivas y, sin saber por qué, quería demostrárselo. Había algo que Kaon también había estado posponiendo durante un tiempo y sabía que sería más fácil hacerlo con Himiko a su lado.

–Voy a llevarte a donde no he llevado nunca a una mujer. A ver a mi nonna.

–¿Crees que es una buena idea? –le preguntó Himiko con suspicacia.

–Supongo que no. Seguro que empieza a preparar la boda en cuanto nos vea entrar juntas, pero tengo que visitarla. Estará muy disgustada con todo lo que está pasando en la familia y también estará preocupada por Chikane. Ha sufrido mucho. Sobre todo cuando murieron sus hijos. Aunque no nos llevamos bien, lo único que nos une es nuestro amor por ella. Es una buena mujer. A su familia no le gustó nada que se casara con Kenji, pero lo amaba y disculpaba lo que mi abuelo hacía. Supongo que a veces es más fácil fingir que todo está bien.

–O mucho más cómodo –repuso Himiko–. Lo siento, Kaon. No trato de juzgarla, no la conozco.

–No pasa nada. Me parece bien que tengas tu opinión. Solo quería decirte antes de ir a verla que estos últimos años han sido muy duros para ella.

Fueron hacia la casa de la abuela de Kaon. Himiko estaba nerviosa y emocionada al mismo tiempo. Le gustaba tener la oportunidad de conocer a la matriarca de la familia, pero se dio cuenta de que Kaon estaba muy tensa.

–No voy a decirle nada que pueda ofenderla –le aseguró para tranquilizarla.

–Lo sé, lo sé –repuso Kaon con una sonrisa.

Capítulo 13: Vida o muerte… desconfianza en el castillo de EssexLily estaba a las puertas del museo, acompañada por Elli...
06/08/2026

Capítulo 13: Vida o muerte… desconfianza en el castillo de Essex

Lily estaba a las puertas del museo, acompañada por Ellie.

Avanna se acercó corriendo y les dijo:

—Ya la han atrapado. Se la han llevado.

—Ya no importa gran cosa, ¿no? Yo diría que la fiesta se ha acabado —dijo Ellie encogiéndose de hombros.

—¡Ellie! ¡Ese joven ha mu**to! —le reprendió Avanna.

—Pobre diablo. Espero que no haya sufrido. Dicen que es una muerte espantosa.

—Sí, espantosa —murmuró Lily.

Ellie la observó un momento.

—¡Oh, Lily! Perdona. Tú fuiste quien encontró a los padres de Luka, ¿no es cierto? Debió de ser horrible —al advertir la expresión angustiada de Lily, dijo—: Disculpa, no pretendía recordarte el pasado. Pero esta noche resulta difícil no hacerlo. Qué lástima, la fiesta estaba siendo agradable. Y había suculentos cotilleos. ¡Lily, pillina! ¡No nos habías dicho nada!

—Yo tampoco lo sabía —contestó ella.

—¡Estarás de broma! —dijo Avanna.

—He mandado por el carruaje. Creo que ése que viene es el tuyo, Ellie.

—Qué pena —dijo Ellie—. ¡Y yo que quería freírte a preguntas y saber un poco más sobre esa misteriosa beldad! Es una joven asombrosa, ¿no te parece, Avanna?

—Mmm.

—Bueno, Lily, ¿y de dónde ha salido?

Lily titubeó.

—Pues la verdad es que la conocimos por casualidad.

—¿Cómo es eso?

—Hubo un accidente y su tutor resultó herido.

Ellie achicó los ojos.

—¿Su tutor? ¿Y se puede saber quién es ese caballero?

—Un tal sir Kiyoteru Hiyama.

—¡Hiyama! —exclamó Ellie, perpleja.

—¿Es que lo conoces? —preguntó Lily.

—He oído hablar de él —Lily aguardó sobre ascuas lo que diría a continuación—. Ese viejo truhán era una leyenda en la caballería. Obtuvo su rango en la India.

Lily dejó escapar un suspiro de alivio.

—Bueno, sea como fuere, hubo un accidente. Sir Kiyoteru se estaba recuperando, o se está recuperando, mejor dicho, en el castillo. Y, naturalmente, su pupila no quería moverse de su lado.

—Sigue siendo asombroso, a pesar de los evidentes encantos de la joven —dijo Ellie con un destello en la mirada.

Miku apareció de pronto a su lado, muy alterada, con el pelo suelto. Estaba más bella que nunca.

—¡Lily, por favor, tienes que encontrar a Luki enseguida! Necesitamos una ambulancia.

—¿Una ambulancia?

—¡Está vivo! —Gritó Miku—. Está muy grave, pero aún respira.

—¡Hay que llevarlo al hospital! —dijo Lily.

Miku sacudió la cabeza, acalorada.

—Vamos a llevarlo al castillo.

—¿Lo ha dicho Luka? —preguntó Lily, sorprendida.

—¡Sí, sí! Su estado es muy delicado, Lily. En un hospital podría contagiarse de toda clase de enfermedades. Por favor, Lily, busca enseguida a Luki.

—Ya voy yo —se ofreció Ellie mientras Miku daba media vuelta y regresaba al salón.

—Gracias —dijo Lily—. Discúlpeme, lady Avanna…

Siguió a Miku, pero eludió el salón y subió rápidamente las escaleras. Abrió la puerta de la oficina y buscó a tientas el interruptor de la luz eléctrica. El terrario estaba detrás de la mesa de sir Kaito. La cobra parecía dormida.

Lily se acercó y leyó la placa que había adherida al cristal.

Naja haje, áspid, cobra egipcia. Símbolo del sol, de la autoridad, de la fuerza y el poder y, ante todo, de la realeza. Representa la destrucción de los enemigos, así como la luz, la vida y la muerte.

La vida y la muerte. Piko Utatane seguía vivo.

Lily extendió la mano hacia las bisagras de la tapa del terrario. Luego dio media vuelta y salió de la oficina, teniendo cuidado de apagar la luz.

Miku y Luka habían decidido viajar en la ambulancia que les había cedido la Junta Metropolitana de Asilos y que, para alivio de Luka, estaba bastante limpia. El hombre que los acompañaba, y que al principio no les había dado la impresión de ser médico, parecía muy competente. Había tratado la herida con ácido carbólico, la misma sustancia que había impedido que Luka muriera en la India a consecuencia de sus heridas, y les había ordenado a Luka y Miku que se enjuagaran la boca con whisky, aunque quizá fuera ya demasiado tarde. Era probable que toxinas que hubieran ingerido en su afán por salvar a Piko se hubieran infiltrado ya en su sangre.

En la ambulancia había poco espacio. Luka se había sentado en el pescante del conductor, en tanto que Miku y el doctor, un caballero con consultorio privado llamado Leon Kuro, viajaban en la angosta parte de atrás junto al paciente.

Cuando llegaron a la muralla exterior del castillo, el cochero detuvo al caballo. IA estaba esperando, y al parecer Luki y Lily se habían adelantado. La verja estaba abierta. El cochero arreó de nuevo al caballo. Luka se dio cuenta de que le daban miedo los jardines.

Cruzaron el puente y entraron en el patio. Allí, Luka se apeó. El doctor ya había abierto los portones del coche. Luka sacó a Piko Utatane y lo trasladó al interior del castillo. Lily estaba esperando en la puerta.

—La cámara oeste está lista —dijo mientras se atusaba el pelo.

Luka asintió con la cabeza y subió las escaleras con su carga a cuestas. Luki aguardaba en la habitación, pero Luka sacudió la cabeza cuando quiso ayudarla. La cama estaba cubierta con sábanas limpias, un fuego ardía en la chimenea y en una mesita colocada junto a la cama había toallas limpias y agua fría. Luka depositó suavemente al joven inconsciente sobre la cama.

—Hay una camisa de dormir para él en el respaldo de la silla — murmuró Lily.

Luki dijo:

—Yo ayudaré al doctor a ocuparse de él.

Luka asintió y dio la vuelta, dispuesta a marcharse. Miku estaba en la puerta, silenciosa y acongojada.

—No puedes hacer nada más —dijo Luka.

—Voy a velarlo toda la noche.

—Yo puedo cuidar de él —dijo Lily.

—Gracias, pero quiero quedarme —repuso Miku con firmeza.

Luka la obligó a salir y cerró la puerta.

—Tienes que darle tiempo al médico —dijo. Luka se dio cuenta de que Miku la culpaba a ella por lo ocurrido. Enfurecida de pronto, añadió—: Haz lo que te plazca —y se alejó por el pasillo en dirección a sus aposentos.

¡Debería haber matado a la condenada serpiente! Porque, mientras existiera, aquello podía volver a ocurrir.

Miku estaba angustiada y sabía que debía esperar. Y estaba convencida de que Piko estaría a salvo mientras Luki y el doctor se ocuparan de él.

Corrió por el pasillo, llena de nerviosismo, hacia la habitación de Kiyoteru. Hizo ademán de llamar, pero luego vaciló, pensando que estaría dormido. Abrió la puerta y se asomó dentro.

Kiyoteru estaba en la cama, con la cabeza apoyada en la almohada.

Pero no estaba durmiendo.

—¿Miku? —preguntó, un tanto soñoliento.

—Kiyoteru, perdona, no quería despertarte.

—¡Pasa, pasa! ¿Qué ha ocurrido? —salió de la cama ataviado con su largo camisón y su gorro de dormir, y se acercó apresuradamente a la puerta.

—La cobra se escapó y mordió a Piko, Kiyoteru. Está aquí, en el castillo.

—¿Está vivo?

Miku asintió, decidiendo no decirle que se había esforzado por extraer el veneno de la herida. Lo mismo que Luka Megurine, se recordó, y sintió una leve punzada de culpabilidad. Pero, aunque confiara en ella, ya no estaba segura de poder confiar en sus sirvientes.

¡Había sospechado tanto de Piko! Y ahora se hallaba a las puertas de la muerte…

—¿Mataron a la condenada serpiente? —preguntó Kiyoteru.

—No, volvieron a meterla en el terrario —se puso a caminar delante de la chimenea, presa de agitación—. Alguien soltó a la serpiente, Kiyoteru. Es imposible que se haya escapado.

Kiyoteru se rascó la barbilla, pensativo.

—Bueno, Miku, no sé. Una serpiente en una habitación llena de gente… Nadie podía saber a quién iba a atacar, ¿no crees?

Ella dejó escapar el aire lentamente mientras lo observaba con detenimiento.

—Supongo que tienes razón. ¡Oh, Kiyoteru! Será horrible si Piko muere. Será como si…

—Como si hubiera de veras una maldición, ¿no, muchacha? — preguntó Kiyoteru.

Ella sacudió la cabeza.

—Puede ser.

—¡Pero Miku!

—En el museo no había pasado nada hasta que apareció Luka Megurine.

Kiyoteru meneó la cabeza y apartó la mirada de ella.

—No puedes volver allí.

—¿Qué?

—No puedes volver al museo.

—¡Eso es ridículo! Es mi trabajo. No volveré a encontrar nada igual…

—¡Yo puedo ocuparme de ti, Miku!

—¡Kiyoteru! Tú no vas a volver a hacer nada ilegal —replicó ella.

Él sacudió la cabeza.

—¡Ya lo sé! He aprendido la lección, niña. Pero creo que no debes volver allí.

—Tal vez deberíamos irnos de aquí —murmuró Miku—. Tú ya estás bien, Kiyoteru. Podemos volver a casa…

Se interrumpió, dándose cuenta de repente de que la sola idea de marcharse le daba ganas de llorar. No quería dejar el castillo. Ni siquiera quería enfadarse. Pero no quería ser un simple peón en manos de Luka.

—¿A casa? —preguntó Kiyoteru, sorprendido.

—Sí, a casa, a nuestras habitaciones, adonde vivimos —respondió Miku, y luego sacudió la cabeza. Kiyoteru parecía tener buen aspecto esa noche. Pero ahora Piko estaba allí. No podía abandonarlo. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya no confiaba en Lily Masuda.

Él se quedó callado un momento.

—No puedes volver.

—¿Adónde? ¿A casa?

—¡Al museo! —dijo Kiyoteru, meneando la cabeza.

—Kiyoteru, mi empleo es un regalo caído del cielo.

De pronto lamentó haber entrado en aquella habitación.

Naturalmente, Kiyoteru tendría que enterarse de lo ocurrido. Pero podía haber esperado hasta la mañana siguiente para hablar con él. A fin de cuentas, todavía estaba convaleciente. Y ella se había precipitado. No podía marcharse mientras Piko se debatiera entre la vida y la muerte.

—Kiyoteru, lamento muchísimo haberte molestado. Voy a ir a velar a Piko. Hablaremos por la mañana, ¿de acuerdo?

Kiyoteru tenía la expresión más sombría y preocupada que Miku recordaba haber visto en su semblante. Se acercó a él y lo abrazó con ímpetu.

—Con un poco de suerte, Piko habrá salido de peligro por la mañana.

—Voy a ir a velarlo contigo, Miku —dijo él.

—¡Cielo santo, no! Tienes que meterte en la cama y descansar.

Él se quedó mirándola un momento. Miku tuvo la impresión de que se sentía culpable, pero ¿de qué? Seguramente no eran más que imaginaciones suyas. Estaba cansada y angustiada. ¡Hasta creía que Kiyoteru formaba parte de una conspiración!

—Puedo quedarme contigo…

—Estaré bien —le dijo ella—. Kiyoteru, por favor, métete en la cama antes de que vuelvas a ponerte enfermo.

—Miku…

—¡Te lo suplico!

Él suspiró y luego la señaló agitando un dedo.

—Tengo el sueño ligero, muchacha. Si me necesitas, grita.

Ella sonrió. Kiyoteru dormía como un tronco. Por eso nunca lo despertaban los ruidos que se oían de noche en el castillo.

—Prometo que te llamaré si te necesito —lo besó en la frente, lo empujó hacia la cama y luego lo tapó con las mantas—. La verdad es que tienes muy buena cara, ¿sabes? —murmuró.

Él asintió.

—¡Ni se te ocurra ir mañana al museo!

Miku sonrió, pero no respondió. Desde hacía algún tiempo, el museo no abría los sábados.

—Buenas noches —dijo.

Al salir al pasillo, vio que Luki estaba montando guardia junto a la puerta de Piko, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—¿Está… ? —musitó Miku.

—Todavía respira, señorita Miku, todavía respira —le aseguró él, y sonrió—. Entre. El doctor también va a quedarse toda la noche. Yo me quedaré aquí fuera.

—Gracias.

Miku entró en la habitación. Piko parecía muy joven y frágil, vestido con un largo camisón blanco. Tenía la cara muy pálida y el pelo revuelto. Miku se acercó a la cama. El doctor Leon Kuro se había acomodado en un sillón y parecía adormilado. Pero cuando Miku se aproximó sigilosamente a la cama dijo:

—Cámbiele los paños de vez en cuando, si quiere ser de ayuda. No conviene que le suba la fiebre. De momento tiene el pulso más firme. Procure que esté cómodo y que tenga la frente fría.

Ella asintió.

—Gracias.

—¿Qué me dice de usted?

—¿De mí?

—Usted chupó el veneno.

—Estoy bien. Lo escupí enseguida.

—¿Suelen avisarla para que rescate a víctimas de mordeduras de serpientes?

—Nunca antes lo había hecho —él enarcó una ceja—. Leo mucho — dijo Miku a modo de explicación.

Él asintió, mirándola con los ojos entornados.

—Eso es peligroso, señorita. Si hubiera tenido un corte en la boca… en fin, el veneno podría haberse difundido por su sangre.

—Me encuentro bien, se lo aseguro. Gracias, de todos modos.

Miku procuró mantener fría la frente de Piko, confiando en que ello sirviera de algo. Y pronto se convenció de que así era, pues cada pocos minutos afloraba a la frente del enfermo una brillante pátina de sudor que sus cuidados mantenían a raya.

En algún momento de la noche Miku comenzó a adormecerse, recostada sobre el pecho de Piko. Se despertó sobresaltada al oír un ruido.

Al principio, sintió miedo. Pensó que los pulmones de Piko estaban cediendo. Pero no era así. Piko estaba inquieto, y sus labios se movían.

Miku miró al doctor Kuro, pero éste parecía dormido. Tocó la mejilla de Piko. No estaba caliente.

—Piko, no pasa nada. Te vas a poner bien —musitó.

—Las guarda ella —dijo Piko, agitando la cabeza—. Las guarda… en la cripta… Es… peligroso…

—¿Qué, Piko? ¿Qué es peligroso?

—Los áspides… en la cripta —de pronto abrió los ojos de par en par—.

Las cobras… en la cripta. Cuando esté lista… matará. Nos matará a todos.

Piko cerró los ojos de nuevo. Miku se quedó paralizada por el miedo. Miró al doctor Kuro, que seguía con los ojos cerrados. Luego se inclinó hacia Piko.

—¿Qué estás diciendo, Piko? —preguntó suavemente.

Él se revolvió de nuevo, volvió a abrir los ojos y la miró fijamente a los ojos, clavando los dedos en las sábanas.

—¡La Zafio! —susurró—. La Zafio de Essex. ¡Ten cuidado con la Zafio! Tiene un plan cruel. Quiere venganza. ¡Quiere matarnos a todos!

Luego cerró los ojos, sus dedos quedaron quietos y fue como si nunca hubiera hablado.

En alguna parte un reloj dio las tres. El doctor Kuro dejó escapar un ronquido y se removió en la silla. Después, todo quedó en silencio.

Luka yacía despierta, escuchando. Pero esa noche no había oído ningún ruido extraño. Ayax dormía plácidamente junto a la chimenea. Luka volvió a preguntarse cómo había llegado la cobra al salón de baile. La pobreza de Piko Utatane hacía de él un sospechoso probable. Sin embargo, había sido atacado y estaba al borde de la muerte.

Luka se incorporó y golpeó con el puño la almohada. Luego estaba lord Gakupo, quien al parecer tenía deudas de juego. Pero ¿sería capaz de arriesgarse hasta ese punto? ¿Y Rin? Rin era quien se ocupaba del áspid en el museo, pero, excepto Miku, todos los que trabajaban en aquel departamento habían estado en Egipto y tenían experiencia con las cobras egipcias.

Luka rechinó los dientes, intentando concentrarse. ¿Tal vez sir Len, el gran aventurero? Pero no. Luka debía admitir que lo que más le hacía recelar de Len era su evidente interés por Miku.

Seguía sin tener pistas claras acerca de quién podía ser el culpable, pero estaba persuadida de que, fuera quien fuese, poseía la información que a ella le faltaba: lo que había descubierto su padre justo antes de morir.

Había una pieza de tremendo valor que no había sido catalogada y que estaba en alguna parte. Y, si no estaba en el museo, entonces tenía que estar entre los objetos guardados en el sótano del castillo. Sólo aquéllos en quienes tenía plena confianza tenían acceso a sus tierras: Luki, IA y Lily. Y, de ellos, sólo Lily había estado en Egipto.

Aquello no era una conspiración creada por su dolor, su amargura y su cólera. El as*****to del individuo de la taberna la había dejado bien claro. Por extraño que pareciera, el truhán de Kiyoteru había acabado siéndole de gran ayuda. Ahora, sin embargo, todo se había complicado.

Había permitido que Miku y su tutor se quedaran en el castillo porque pensaba usarlos a ambos, pero no había tenido en cuenta sus propios sentimientos.

Pero ahora…

Se levantó y Ayax se puso en pie de un salto y empezó a menear la cola.

—De pronto esto está muy frío y solitario, ¿no crees, chico? — preguntó—. Vamos a dar una vuelta.

Luka recorrió sigilosamente el pasillo. Luki se había quedado dormido, apostado junto a la puerta, pero abrió los ojos y se incorporó de un salto al oír a Luka.

—Soy yo —dijo éste. Luki asintió y volvió a recostarse contra la pared.

Luka abrió con sigilo la puerta de la habitación de Piko. El médico estaba adormilado en el sillón. Miku se había quedado dormida, recostada sobre Piko y vestida todavía con su suntuoso vestido dorado.

Ninguno se movió cuando entró.

Luka puso un dedo sobre la garganta de Piko. El pulso era fuerte.

Apartó con delicadeza un mechón de la cara de Miku. Mientras la miraba, sintió una oleada de calor y a continuación una tensión que le atenazaba los miembros. Miku sufría por aquel joven. ¿Se debía ello únicamente a que eran compañeros de trabajo? ¿O acaso había entre ellos algo más?

Luka quitó una manta de un sillón que había junto al fuego y tapó cuidadosamente con ella los hombros de Miku. Ella siguió sin moverse. Luka regresó al pasillo, dejó a Luki dormitando en su puesto y se dirigió a las escaleras.

Piko se removió.

El movimiento despertó a Miku. Por un instante, quedó desorientada, con los ojos en llamas, incapaz de recordar dónde estaba.

Luego el pavor de lo sucedido aquella noche se apoderó de ella y se incorporó, sobresaltada, mirando al hombre que yacía en la cama. Piko parecía tener buen color. Ya no tenía la cara perlada de sudor. Miku puso un dedo sobre su garganta y sintió el martilleo firme y regular de su pulso. Se recostó en la silla, aliviada. El doctor Kuro seguía roncando. Al cabo de un momento, Miku se levantó y se desperezó, frotándose el cuello agarrotado.

De pronto tuvo la extraña sensación de que el castillo estaba vivo y recordó con un escalofrío las palabras que Piko había pronunciado en su delirio. La cripta del castillo estaba llena de áspides. Aquello era ridículo. ¿Cómo podía saber él tal cosa? ¿Y qué podía hacerle sospechar algo así?

Miku miró la puerta, consciente de que Luki estaba montando guardia al otro lado, aunque no estaba segura del porqué. A no ser que Luka también desconfiara de Lily Masuda. O de ella, del pobre Piko y del doctor Kuro.

Se acercó a la puerta y la abrió con sigilo. Luki se puso alerta.

—Soy yo —musitó Miku.

—¿Qué tal está el paciente?

—Tiene el pulso fuerte.

—Gracias a Dios.

Miku fingió un bostezo. —Creo que está lo bastante bien como para que me vaya a la cama un rato. ¿Está usted bien aquí, Luki? ¿Quiere que le traiga una almohada o una manta?

—Oh, no, señorita Miku, en peores sitios he dormido en la India, en el Sudán… Estoy bastante cómodo, gracias.

—Buenas noches, entonces.

Miku se alejó apresuradamente por el pasillo. Entró en su habitación, pero no cerró del todo la puerta. Esperó unos segundos con el corazón en un puño, preguntándose qué iba a hacer. Y comprendió que pretendía asegurarse de que no había áspides en la cripta.

Esperó un poco más. El tiempo pasaba lentamente, pero quería asegurarse de que Luki volvía a dormirse para escabullirse por la puerta y bajar las escaleras sin que la vieran. Se le ocurrió llevarse una lámpara, y buscó rápidamente una junto con una caja de cerillas.

Regresó a la puerta y se asomó. Luki parecía haber vuelto a dormirse. Tenía la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados y estaba recostado contra la puerta de Piko.

Miku salió en silencio, se acercó de puntillas a la escalera, empezó a bajar y luego miró hacia atrás. Luki no se había movido. Ella siguió bajando apresuradamente. Al llegar al pie de las escaleras, giró hacia el pasillo lateral y siguió avanzando hasta llegar a la pequeña capilla.

Abrió la puerta de las escaleras de la cripta, que parecían descender hacia la nada, envueltas en tinieblas. Pero cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad se dio cuenta de que había allí un leve resplandor. Dudó un momento, dejó su lámpara y empezó a bajar.

Palmo a palmo, consciente del sonido de su propia respiración, se fue adentrando en el foso apenas iluminado. Al fin sus pies tocaron el último escalón y se dispuso a doblar la esquina.

La primera estancia de la cripta no era como esperaba. La única lámpara que ardía en el suelo apenas permitía ver bultos y sombras, Miku pudo distinguir algunas cosas. No había allí bóvedas, ni sepulcros alineados, ni mohosas tumbas rodeadas de telarañas. Había un despacho.

El suelo era de piedra y parecía barrido.

Frente a ella, al otro lado de la estancia, había unas grandes verjas de hierro forjado que conducían a las tinieblas. Sin duda daban acceso a las tumbas.

Allí, en la antesala que parecía servir de despacho, había cosas comunes y corrientes: escritorios, archivadores y cajas. Una parte de la espaciosa habitación se asemejaba mucho al almacén del museo. Miku comprendió que acababa de encontrar el escondite de las piezas que habían sido enviadas directamente al castillo de Essex. Parpadeó al darse cuenta de que una de las cajas estaba abierta. Se acercó a ella despacio, lamentando no llevar su lámpara de aceite. La caja era muy grande. Los clavos de la tapa de madera, que estaba apoyada de canto junto a la caja abierta, habían sido arrancados.

Miku se aproximó lentamente, sin atreverse casi a respirar, y miró el interior de la caja, relleno de paja.

Dentro de ella había un sarcófago. El receptáculo, bellamente pintado y adornado, estaba también abierto; su tapa estaba apoyada junto a la de la caja. Al acercarse más, Miku vio que la momia seguía en su lugar, ennegrecida por el tiempo y por el efecto de la resina utilizada para asegurar la inmortalidad, con los vendajes intactos y los brazos cruzados sobre el pecho.

Entonces, algo se movió furtivamente a su lado. Miku estuvo a punto de gritar, pero un instante después vio una rata que corría hacia un agujero de la pared. El corazón le palpitaba con violencia. ¿Por qué razón? Esa noche no había oído ruidos. Y ella no creía que bajo la momia hubiera un nido de víboras.

Así pues, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Qué pretendía demostrar? ¿Qué allí no había ningún lúgubre laboratorio? ¿Qué Luka Megurine no se había vuelto loca y había empezado a criar cobras en la cripta de su castillo?

Bien. Ya había descubierto cuanto necesitaba saber. Podía retirarse.

De pronto la tapa de la caja salió despedida hacia delante y una negra figura se abalanzó sobre ella. Antes de que pudiera gritar, una mano tapó su boca y un susurro enfurecido y rasposo llegó a sus oídos.

—Ahora tú pagarás el precio.

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