06/05/2026
🌳 Ayer me encontré con una foto mía de hace 65 años...
Me quedé mirándola largo rato. No sé si fue el silencio con el que me habló, pero algo en el pecho se me apretó.
Ahí estaba yo, mis calles, mis esquinas, mis banquetas de piedra... y sobre todo, ellos: los nogales. Frondosos, altísimos, generosos. Sus copas se tocaban como si se estuvieran dando la mano. No había necesidad de toldos ni de parasoles; ellos eran la sombra. Ellos eran el fresco del mediodía, el crujir de hojas en la tarde, el cobijo silencioso que la gente buscaba sin siquiera pensarlo.
Me acuerdo de los niños que corrían bajo sus ramas. De los ancianos que platicaban sentados en sus raíces. Del olor a tierra mojada cuando por fin llovía y el viento sacudía sus copas como agitando una bandera verde.
Yo era, de verdad, ese lugar que los antiguos llamaron Coaguila: el lugar donde abundan los árboles.
Hoy me miro y me reconozco... pero también noto lo que falta. Las banquetas están. Las fachadas, algunas. Pero muchos de aquellos nogales que me daban alma ya no están. Cayeron ante el avance del concreto, de las presas, de los cables, de las prisas. Nadie les preguntó si querían irse. Y yo no pude detenerlos.
No lo digo con rencor. Lo digo con la honestidad de quien lleva más de 336 años de historia en los huesos y sabe que el tiempo no perdona la indiferencia.
Pero también sé algo más: todavía quedan nogales en mí. Pocos, sí. Algunos viejos y cansados. Otros jóvenes y tercos, abriéndose paso entre el asfalto como recordándonos que siguen aquí, que no se rindieron.
Y mientras quede uno, hay esperanza.
Aún estamos a tiempo de voltear a verlos. De decir: este no se toca. De diseñar nuestras casas y nuestras calles a su alrededor, en lugar de quitarlos del camino. De enseñarles a nuestros hijos que esos árboles no son un estorbo; son nuestra firma, nuestra historia, nuestra identidad.
Que dentro de otros 65 años, alguien encuentre una foto de hoy y diga: mira cuánto han crecido los nogales.🌳