09/01/2026
Nos piden compartir lo siguiente:
***Decido hablar hoy porque durante mucho tiempo callé creyendo que protegía algo, cuando en realidad estaba atrapada en una dinámica de manipulación que distorsionó mi percepción y me aisló. Hablar hoy es una forma de recuperar la voz que perdí durante seis años y medio por mantener una relación con José Daniel Huerta Salinas, quien ha vivido gran parte de su vida en . Nuestra relación comenzó en febrero del 2019 y terminó a mediados del año pasado.
Cuando nuestra relación comenzó, yo estaba pasando por un momento complicado a nivel personal, luchando con depresión y ansiedad severa. Al inicio se mostró atento e incondicional en su apoyo, pero con el tiempo comenzaron a aparecer conductas que resultaron profundamente dañinas.
Durante la relación hubo reiteradas señales de alerta que lamentablemente ignoré hasta que ya no hubo retorno. Estas se manifestaron en comentarios pasivo-agresivos hacia mi persona y mis gustos, los cuales siempre justificaba diciendo que solo estaba diciendo lo que pensaba y que conmigo se sentía cómodo para decirlo sin filtro. También comenzó a cambiar los hechos de manera constante, lo que me llevó a dudar de mi propia percepción de los hechos.
La situación escaló con celos desproporcionados y dinámicas en las que era castigada emocionalmente por no hacer lo que él quería o por intentar defender mi perspectiva, llegando incluso a hacerme sentir culpable después de poner límites en cualquier aspecto. El conflicto llegó a tal grado que viví episodios de violencia física y sexual, los cuales tuvieron un impacto profundo en mi salud emocional.
Me manipuló de forma constante, intentó aislarme de mis amigos y de mi red de apoyo, me hizo creer que él era la única persona que estaría para mí. Conocía perfectamente mis puntos más vulnerables a nivel emocional y los utilizó para retenerme dentro de la relación. Llegó incluso a patear a mi perrita, quien nunca le agradó porque, según sus propias palabras, "le quitaba mi atención".
Durante la relación me engañó en dos ocasiones, mientras al mismo tiempo me faltaba al respeto y me culpaba falsamente de ser yo la infiel.
Recibí numerosos mensajes de agresión verbal por su parte. En una ocasión, tras insultarme de manera reiterada, ejerció violencia física cuando intenté defenderme. (Adjunto pruebas)
En dos ocasiones resulté embarazada dentro de esta relación. En la primera, el apoyo que recibí se limitó a cuidarme después del ab**to; dicho embarazo ocurrió por una negligencia de su parte. En la segunda ocasión, se desentendió por completo de la situación, sin brindar acompañamiento ni asumir responsabilidad alguna. Intenté contactar a su familia, específicamente a su madre, María Julieta S.S
quien me indicó que hablaría con su hijo, pero no volví a recibir ninguna respuesta.
También me resulta profundamente injusto que, mientras él continúa con su vida como si nada hubiera ocurrido, yo tenga que cargar con las consecuencias de lo vivido: acudir a terapia, reconstruirme emocionalmente y trabajar cada día para sanar el daño que esta relación dejó. La impunidad no solo hiere a quien la padece, también revictimiza.
Actualmente continúo en terapia, intentando reconstruirme y recuperarme de todo lo que viví dentro de una relación violenta.
No escribo esto por venganza, sino para decir mi verdad, porque sé que esta persona continuó hablando de mí y difundiendo información falsa. Hablo por cansancio ante la impunidad y también como una forma de advertencia: desde mi experiencia, las conductas que viví fueron sumamente violentas y dañinas, cuando este tipo de dinámicas no se nombran ni se confrontan, tienden a repetirse. Si fue capaz de ejercerlas conmigo, no existe razón para asumir que no puedan reproducirse con alguien más. (Que de hecho, no soy la única persona a la que ha violentado físicamente)
Guardar silencio, justificar o normalizar estas conductas también tiene consecuencias. Incluso cuando la violencia no se ejerce directamente contra ti, aceptar, minimizar o actuar con indiferencia frente a este tipo de comportamientos contribuye a que sigan ocurriendo. Nadie merece callar cuando su voz ha sido oprimida, y nadie debería permanecer indiferente ante la violencia ajena.
José Daniel Huerta Salinas es un agresor y ya no voy a vivir callada. Guardé silencio por seis meses desde que me golpeó, pero hoy eso termina.***
́nero