Abogado Torreblanca Sentíes José Manuel

Abogado Torreblanca Sentíes José Manuel Consultoría Jurídica. Tramitación de Juicios Civiles, Mercantiles, Familiares y Administrativos
J

20/08/2024

*José Manuel Torreblanca Sentíes.*

Estimados Amigos: El próximo 20 de agosto , a las 20:00 hrs, voy a dar por YouTube una conferencia sobre Física Cuántica bajo el título : “Las escisiones del Uranio trabajando con isótopos radiactivos transparentes en sus tres fases ciclónicas".

Como ustedes saben, por mi profesión no tengo ni p**a idea acerca de la Física Cuántica, pero hoy vi a Claudia Sheinbaum hablar de "valores, compromiso, honradez, patria y moral", temas que élla no conoce ni practica, así que eso me ha motivado y envalentonado para también hablar a lo pendejo de lo que no sé ni conozco.

08/08/2024
21/04/2024
21/04/2024
21/04/2024

RECUERDOS EN EL AIRE

NO HAY NADA MÁS DELICIOSO QUE TOMARSE UN CAFÉ CON LECHE EN UN CAFÉ DE CHINOS

Así es, amigos míos. Y también se alcanzaba la felicidad al ver ese delicioso pan en la entrada de esos memorables establecimientos. Ahí estaba uno, con la boca hecha agua y la cara pegada como chicle al vidrio del pequeño escaparate, viendo las mantecadas, los bísquets, los pañuelos y las trenzas con algún relleno. Hubo una temporada, allá a mediados de los años sesenta, en la que mi padre y yo desayunábamos algunas veces en un café de chinos que estaba ahí por República de Cuba, en pleno Centro Histórico. Tenía yo unos once años. Mi padre había conseguido una chamba por ese rumbo y antes de botarme en la escuela, pasábamos a comernos un pan y a hincarle el diente a una deliciosa milanesa. Mis nietos no me creen, pero los precios eran bastante accesibles. Por eso en ocasiones el lugar estaba a reventar, lleno de estudiantes, oficinistas y comerciantes. Luego por ahí se colaba uno que otro licenciado. También llegaban familias enteras atraídas por ese pan de la entrada, ordenado minuciosamente. Recuerdo a esas personas sentadas en barras largas y a las meseras atareadas y con jarras de aluminio echando chorros de leche y café por todas las mesas. Aún me asombra la pericia de esas mujeres: levantaban la jarra a una altura considerable y caía ese chorro de manera precisa en los vasos de cristal. Nunca vi que le mojaran la cabeza o la trompa a alguien. Mi padre era muy seco, apenas hablaba. Siempre tenía la mente en otro lado, pensando seguramente en cómo le iba a hacer al día siguiente para alimentar a nueve chamacos. Pero la primera vez que entré con él a un café de chinos, no dudó en recomendarme el mejor platillo. “Pídete la milanesa, esa es la buena”, dijo mientras veía con atención todo el ajetreo. Y le agradeceré siempre esa recomendación a mi padre. Cuando ahora alguien menciona un café de chinos, pienso de inmediato en el café, en el pan y en esa rica milanesa. Mi padre también disfrutaba ese platillo; cuando algo le gustaba solía abrir más la boca para masticar, jalar aire y hablar. Todo a la vez. Imitarlo era todo un reto, cualquiera se ahogaba. “Parece que estás tragando ramas o paja”, le decía mi madre.

Pero ahí estábamos los dos, disfrutando esa carnita fresca, tan deliciosa que parecía de “becerra recién matada”, como decía el Pachuco de Oro, Don Germán. Siempre tenía la impresión de que todos eran muy felices en ese lugar. Los estudiantes y los oficinistas hablaban de grandes planes, los comerciantes celebraban el haber cerrado un buen trato y entre todos ellos estaba ahí ese hombre con amable sonrisa y mirada optimista que siempre ocupaba el banco ubicado al centro de la barra. Ese hombre maduro, calvo, pulcro y educado comía serenamente, pero una vez que terminaba sus alimentos, pedía de inmediato la cuenta, pagaba rápidamente, tomaba su valija de cuero y salía disparado a la calle. “Seguro es licenciado”, pensé. Vi tres veces a ese hombre en el café de chinos de República de Cuba. Pude así notar posteriormente que su traje estaba muy gastado. También la correa de su reloj y su valija presentaban notable deterioro. Un par de semanas después, mi padre y yo veníamos caminado por la populosa avenida Juárez y se nos acercó ese hombre con la cabeza ya roja por estar horas expuesta al sol. Le dijo a mi padre que vendía relojes y abrió su valija para mostrar sus modelos. “Gracias, señor, pero llevamos prisa”, lo cortó mi padre al instante. No era licenciado aquel hombre, era un vendedor que mostraba un rostro lleno de desesperación ante la respuesta de mi padre. Quizá el pobre hombre también tenía que alimentar a nueve chamacos. Lo vi marcharse abatido esa vez. A la semana siguiente, mi padre notó a ese hombre a lo lejos y me dijo que cruzáramos rápidamente la avenida Juárez con el fin de evitarlo. Desde la Alameda Central pude ver cómo nadie se detenía un instante para escuchar con atención lo que ese hombre ofrecía. Toda esa semana no lo vi vender un solo reloj. Años después, a principios de los años setenta, siendo ya un adolescente, vi a ese pobre vendedor en avenida Bucareli. Se me hacía tarde para llegar a la escuela, pero no quise evitarlo. Cuando se acercó con su valija, la misma de siempre, vi su rostro arrugadísimo. El sol inclemente lo había tostado y tenía menos dientes. Abrió su valija y esperé ver los modelos de relojes, pero fue grande mi sorpresa cuando noté que ahora vendía jabones. “Tengo este jabón que es muy bueno para la piel de los jóvenes”, dijo mientras revolvía toda la mercancía dentro de la valija. Mi gente chula, yo en ese tiempo no tenía luego ni para comprarme una torta o un refresco, así que no supe cómo decirle que no estaba interesado sin sonar cortante. “Gracias, señor, pero se me hace tarde para llegar a la escuela, espero que le vaya muy bien y venda muchos jabones”, dije temiendo destrozar su poco ánimo y ver su cara de desesperación. “No se preocupe, joven, no le quito más su tiempo, gracias y que igualmente le vaya muy bien”, dijo sonriendo ampliamente y mostró esa mirada optimista de nuevo, aquella que mostraba a todos los comensales mientras le daba sorbos a su café con leche. Fue esa la última vez que lo vi.

Compadre Pancho

Foto: Pinterest

20/04/2024

|| La Carretera Nacional 315 (o G315) es la principal ruta que conduce a Mang Nhai, esta también es considerada la "carretera nacional más solitaria" de China, atravesando el desierto de Gobi y las tierras desoladas, donde el sonido de los pájaros canta. es también un lujo.

Sin embargo, el paisaje a lo largo del camino es tan hermoso que hace que los viajeros sientan que han entrado en otro mundo, vago e irreal.

En la foto se encuentra un tramo de la Autopista 315 que pasa por un valle seco, en el medio hay un río seco, ambas orillas tienen un extraño color rojo oscuro, porque hace miles de años, la geología del lecho del río acumuló mucho azufre.

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