05/07/2026
🌿 UN DÍA COMO HOY
MARTIRIO DE SANTA MARÍA GORETTI 🌿
En una fecha como esta, pero de 1902, hace 124 años, en Le Ferriere (Conca), Italia, fue martirizada Santa María Teresa –tales eran sus dos nombres– Goretti, todo por haberse rehusado a manchar el lirio de su pureza. A semejanza de San Pedro de Jesús Maldonado Lucero, Mártir mexicano, la pequeña sobre quien hablaremos hoy no murió el mismo día de su martirio, sino a la jornada siguiente.
A diferencia de otros Mártires, heridos y asesinados por verdugos que les eran ajenos, muchas veces meros sayones comisionados por la autoridad local, la inocente Marietta –como le decían de cariño– fue atacada y apuñalada por alguien a quien ella quería mucho, un amigo a quien incluso consideraba como su hermano: Alessandro Serenelli.
El muchacho, que a la sazón contaba con veinte años, había podido convivir con Marietta desde hacía varios años, a causa del acuerdo laboral –si así podía llamársele a la explotación de que los trabajadores eran víctimas en las ciénagas Pontinas– que habían contraído las familias Goretti y Serenelli con el conde Atilio Mazzoleni, y por el cual vivían en la misma casa, en habitaciones separadas pero con cocina y comedor de uso común. Luigi Goretti, el papá de María, había mu**to en 1900, de malaria. Assunta, su esposa, quedó sola con sus hijos pequeños. En contraparte, Giovanni Serenelli se hallaba solo con su hijo, el que, de amigo, se trocó en verdugo de la dulce y cándida niña.
Marietta y Alessandro llevaban una tierna y linda relación de amistad que con frecuencia parecía ser un vínculo de hermanos. Pero todo se arruinó debido a que el muchacho –no podía acontecer de forma distinta– se corrompió con malas lecturas. En su mente, pervertida con imaginaciones y descripciones obscenas, comenzó a forjar el plan de cometer alguno de aquellos crímenes pasionales. El objetivo de sus depravados deseos, como cabía suponer, fue la pequeña María.
La primera vez que le insinuó pecar con él, María no comprendió bien. Sin embargo, su corazón y su alma puros intuyeron, muy pronto, de qué se trataba la propuesta. En palabras del mismo Alessandro, se puso roja como una amapola y se negó terminantemente.
Desde la tentación inicial, la chiquilla huía de Alessandro y se le escondía, a sabiendas de lo que pretendía. Pero él no se dio por vencido. La segunda ocasión que la tentó, el ataque y la insinuación fueron más enérgicos. No menos audaz y categórica fue la resistencia de Marietta. El vil intento de arrancarle el lirio de su virginidad y su pureza quedó de nuevo frustrado.
Alessandro no anduvo con sutilezas. Antes de cejar, por el momento, en su empeño, la amenazó con la muerte si le contaba aquellos sucesos a alguien. Temerosa, Marietta únicamente atinó a implorarle a su mamá que no la dejara sola. Pero Assunta, tristemente, lo atribuyó todo a un capricho pueril y, lejos de apoyarla, le restó importancia al asunto. La niña, en consecuencia, sufrió calladamente por varias semanas.
En medio de aquella tormenta interior tuvo el consuelo de recibir por primera vez la Sagrada Eucaristía, el jueves de Corpus de 1902, 29 de mayo. Su único refugio fue la oración, en especial el Santo Rosario, el cual siempre llevaba enrollado en la muñeca.
Despechado y no dispuesto a dejarse por una chiquilla, Alessandro resolvió volver a la carga una tercera y última vez. Y determinó, en adición, matarla si no consentía. Para ello, dispuso un punzón.
El 5 de julio de aquel mismo año, los campesinos trillaban las habas en la tierra. Alessandro llevaba un carro arrastrado por bueyes.
Hacia las tres de la tarde, María se hallaba sola en casa, sentada al final de las escaleras que llevaban al segundo piso, en la puerta de entrada de la casa, la cual daba a la cocina. Se hallaba ocupada remendando una camisa que, previamente, Alessandro le había encargado, y cuidaba a su hermanita Teresina, que dormía cerca.
Al ver que la situación era favorable para sus envilecidos planes, Alessandro le pidió a Assunta:
—¿Me haría el favor de llevar un momento los bueyes por mí?
Sin sospechar nada, con la mejor disposición, la señora así lo hizo.
Alessandro subió las escaleras y, al llegar con Marietta, abrió la puerta y la mandó seguirlo hacia adentro.
Marietta se opuso con rotundidad:
—¿Para qué? Si no me dices qué quieres, no voy.
La respuesta era más que obvia, y ella lo sabía. Harto, Alessandro la aferró del brazo y la forzó a entrar, prácticamente arrastrándola, a la casa. Abajo, en la era, Assunta ni siquiera reparó en la ausencia de su hija. Alessandro la arrojó en pos de sí y atrancó la puerta. De nada sirvieron los gritos que la niña emitió: nadie alcanzó a oírla.
Adentro, en la cocina y el comedor, se entabló cruel y desigual lucha. Alessandro forcejeó con María haciendo gala de rudeza. Ella no cedió. Acopió todas sus fuerzas y se protegió cuanto le fue posible. El joven, fuera de sí, le exigía que se le entregara. Al ver que clamaba pidiendo auxilio. Ella tembló, pero siguió impertérrita en su negativa.
Alessandro insistió en la agresión. María logró quitarse la mordaza. Ante la procaz y perversa porfía de su atacante, entre el terror a ofender a Dios y la compasión por el que otrora fue su amigo, casi su hermano, sólo le contestó:
—¡No, no! ¡Dios no quiere! ¡Si lo haces irás al in****no!
Para Alessandro no había argumento que valiera. Le levantó los vestidos, intentó despojarla de sus ropas con violencia, forcejeó. Ella, con más fiereza y valentía que la de una leona que defiende a sus cachorros, se opuso sin parar. Exacerbado, ciego de odio y rabia, él tomó el punzón que había preparado y comenzó a clavárselo en el vientre, una y otra vez, casi como si se tratase de un tronco.
Saltó la sangre. Bajo la andanada de pinchazos –que eran auténticas puñaladas–, Marietta no pensó en algo más que no fuese salvaguardar su castidad. Habría de morir para ello. Se apretó las ropas lo más que pudo y resistió, mientras el metal se hundía en su carne inmaculada.
Creyéndola mu**ta, Alessandro tiró el punzón y abrió la puerta para escapar. Un gemido de Marietta le indicó que seguía viva. Volvió sobre sus pasos, recogió el arma y la traspasó otra vez de parte a parte, para luego encerrarse en su cuarto.
Sin dejar de encomendarse a Dios, con catorce heridas graves y ensangrentada, Marietta perdió el conocimiento. Había pasado la primera parte, la más tremenda, de su sacrificio; hablando estrictamente, su martirio. Venía la segunda y última, también muy dolorosa, que se prolongaría por veinticuatro horas más.
✒️🖼️ Testimonium Martyrum. Favor de acreditar a la página. 🌿