29/09/2026
Jorge Javier Romero Vadillo
Un Constituyente con derecho de admisión
"Los restauradores de hoy son menos burdos: administran el derecho de admisión mediante emblemas rechazados, nombres objetados, árbitros domesticados".
La historia electoral mexicana, como les he contado, está hecha de elecciones organizadas para administrar la competencia antes que para abrirla. El poder aprendió, desde que se consolidó la primera versión de organización estatal realmente nacional, a usar el sufragio como ceremonia de legitimación y forma jurídica de decisiones tomadas desde el centro. A partir de 1996 en México se abrió un paréntesis excepcional: el gobierno dejó de organizar las elecciones y perdió la facultad de decidir quién podía competir, bajo qué condiciones y con qué árbitro. Aquel paréntesis no está completamente cerrado: quedan resquicios institucionales y ciudadanos dispuestos a defenderlos. Pero el retroceso avanza con el abuso político revestido de procedimiento administrativo. El martes pasado, en su artículo de El Universal, José Woldenber resumió las alertas que amenazan ya de nuevo la claridad de los comicios: 836 funcionarios del INE despedidos en medio año, “boletas planchadas” aceptadas como válidas y el anuncio de que en 2027 podría repetirse la fórmula que convirtió 54 por ciento de los votos oficialistas en 74 por ciento de los diputados. La vieja costumbre rara vez ha necesitado falsificar cada voto; le ha bastado con escoger las reglas, domesticar a los árbitros y, cuando la ocasión se presta, depurar la lista de contendientes.
La elección del Congreso Constituyente de 1916 muestra la tradición de seleccionar por quién se puede votar en otra etapa. El bando constitucionalista había derrotado militarmente a la Convención, mientras villistas y zapatistas conservaban fuerza en varias regiones. Venustiano carranza controlaba el gobierno, buena parte del territorio y el ejército. La elección revestiría de representación una decisión tomada previamente por las armas.
El 14 de septiembre Carranza reformó el Plan de Guadalupe para convocar al Constituyente. La fórmula electoral tenía una virtud muy apreciada por los vencedores: establecía desde el principio quiénes carecían del derecho a ser elegidos. De acuerdo con el decreto, no podrían ser diputados quienes hubieran “ayudado con las armas o sirviendo empleos públicos a los gobiernos o facciones hostiles a la causa Constitucionalista”. Excluía, así, a los colaboradores de Huerta, pero también a los villistas, los zapatistas, los convencionistas, los maytorenistas y el conjunto de rebeldes locales no alineados con los bandos más conspícuos. Ni que decir de los representantes del porfiriato. La Revolución admitía pluralidad, siempre que todos pertenecieran a la revolución correcta.
La elección se celebró, así, solo con competencia dentro del constitucionalismo. Según Javier Garcia Diego hubo entre cuatro y cinco candidatos por distrito, aunque en uno de Puebla aparecieron 31 aspirantes propietarios y 44 suplentes. También documenta presiones de las fuerzas militares gubernamentales en favor de determinados candidatos. Había opciones, una vez retirados de la boleta los adversarios de la coalición triunfadora.�Los propios constitucionalistas, según ha documentado Josefina MacGregor, disputaron con dureza las credenciales. Los antiguos diputados renovadores tuvieron que defenderse de la acusación de haber colaborado con Huerta por permanecer en sus cargos después del golpe contra Madero. A la hora de instalarse el Congreso sólo podían entrar quienes acreditaran su militancia constitucionalista. El Congreso era plural, pero los vencedores habían fijado de antemano las fronteras de esa pluralidad.
No es que el Constituyente haya sido una comparsa dócil. Los diputados desbordaron el proyecto relativamente moderado de Carranza, centrado en las facultades presidenciales, y aprobaron los artículos 3, 27 y 123, que dieron a la Constitución un contenido social mucho más profundo y alteraron sustancialmente los derechos de propiedad. Hubo debates auténticos, derrotas para el Primer Jefe, choques ideológicos y ambiciones regionales capaces de producir deliberación real. Aquella diversidad, sin embargo, no convirtió la asamblea de los vencedores en un pacto nacional.
La Constitución de 1917 fue, en términos de George Tsebelis, un pacto de consolidación: fijó en las instituciones los intereses y la correlación de fuerzas de los ganadores. Definió un nuevo régimen de propiedad, reconoció derechos sociales y fortaleció al Estado, pero excluyó a actores con capacidad militar, arraigo territorial y demandas propias. El texto aspiraba a organizar la paz, aunque fue aprobado por una parte del país después de impedir que la otra participara en su elaboración. Por ello, para seguir vigente, acabo, al igual que su predecesora de 1857, convertida en una ficción aceptada. Más que un orden normativo general, ha sido durante buena parte de su existencia, un marco para la negociación entre los actores con capacidad de veto.
La prueba decisiva llegó pronto. La primera sucesión presidencial que debía resolverse bajo las nuevas reglas acabó fuera de ellas. En 1920, Carranza intentó cerrar el paso a Álvaro Obregón e impulsar a Ignacio Bonillas, un civil con escasa base política. Los sonorenses respondieron con el Plan de Agua Prieta. La rebelión derribó al gobierno; Carranza huyó y fue asesinado en Tlaxcalantongo. Obregón llegó después a la Presidencia mediante una elección celebrada cuando las armas ya habían decidido quién podía ganarla.
El pacto de 1917 fracasó en su primera prueba sucesoria. Ninguno de los protagonistas principales confió en que las elecciones pudieran procesar la disputa y obligar al derrotado a aceptar el resultado. La Constitución sobrevivió, pero la fuerza volvió a ser la regla. El PNR de 1929 proporcionaría un mecanismo menos sangriento para repartir el poder y disciplinar la competencia entre caudillos de la coalición revolucionaria. La élite revolucionaria acabó por entender que matarse en cada sucesión era una forma demasiado costosa de administrar ambiciones. De eso les contaré la próxima entrega.
Las diferencias con el presente son evidentes, aunque la trayectoria muestra su pertinacia. Si bien los adversarios del oficialismo todavía no han sido excluidos formalmente de las boletas, la regresión avanza por otras vías: captura al árbitro, desmantela su cuerpo profesional, normaliza la intervención gubernamental y acomoda las reglas de representación para convertir una mayoría relativa en dominio legislativo. La libertad electoral pierde sustancia mucho antes de la jornada, cuando la coalición gobernante decide quién puede competir, con qué nombre y emblema, ante qué autoridad y bajo qué fórmula se convierten votos en poder. Carranza tuvo la franqueza brutal de escribirlo en la convocatoria. Los restauradores de hoy son menos burdos: administran el derecho de admisión mediante emblemas rechazados, nombres objetados, árbitros domesticados, funcionarios despedidos y fórmulas que hacen pesar más los votos de la coalición gobernante.