13/06/2026
La Realidad: el día en que México estuvo a punto de cambiar
(Crónica del encuentro entre la Comandancia Zapatista y la COCOPA, 30 de septiembre de 1995 en el Poblado de la Realidad, del Municipio Las Margaritas Chiapas)
Epígrafe 1
“La paz en Chiapas y la Reforma del Estado son vertientes de un mismo proceso de cambio.”
— Documento de la COCOPA, 16 de agosto de 1995
Epígrafe 2
“Si ustedes fracasan… se pierde todo. Incluso el país.”
— Subcomandante Marcos, La Realidad, 30 de septiembre de 1995
Por Jaime Cleofas Martínez Veloz
I. La víspera: un país suspendido
San Cristóbal de las Casas, 29 de septiembre de 1995.
La noche tenía un espesor extraño, como si el país entero contuviera la respiración. En el hotel donde nos hospedábamos los integrantes de la COCOPA, nadie dormía. No por falta de sueño, sino por exceso de historia.
En un cuarto, Heberto Castillo pedía un médico.
En otro, Luis H. Álvarez debatía consigo mismo si su cuerpo resistiría el viaje de ocho horas por terracería.
En otro rincón, Juan Guerra, José Narro, Oscar González Yáñez y yo repasábamos el documento que llevábamos en la bolsa:
“Reiniciar el Diálogo para la Reforma del Estado: una exigencia nacional.”
Éramos cuatro fuerzas políticas —PRI, PAN, PRD y PT— sentadas en la misma mesa, firmando el mismo documento.
Una anomalía luminosa en un país acostumbrado a la desconfianza.
Heberto, con su voz ronca, dijo:
—Este documento es más grande que nosotros. Si lo hacemos bien, puede cambiar el país.
Luis Felipe Bravo Mena asentía en silencio.
Pablo Salazar tomaba notas.
Oscar López Velarde revisaba cada frase como si fuera un contrato con la historia.
Afuera, la noche chiapaneca seguía su curso.
Adentro, nosotros escribíamos —sin saberlo del todo— una de las últimas oportunidades que México tendría para rehacerse desde la palabra y no desde la violencia.
II. El documento: la noche en que México se miró al espejo
Sobre la mesa había un documento que parecía tener pulso propio.
Unas cuantas hojas que pesaban más que todo el país.
“Reiniciar el Diálogo para la Reforma del Estado: una exigencia nacional.”
Ese título no era un encabezado.
Era un diagnóstico.
Era una alarma.
Era un grito escrito con letra de legislador, pero con urgencia de pueblo.
Y ahí estábamos sentados —PRI, PAN, PRD y PT— como si de pronto México hubiera decidido que, por una noche, sí era posible ponerse de acuerdo.
No era poca cosa.
En un país acostumbrado a la sospecha, a la zancadilla, al cálculo, a la mezquindad, esa coincidencia era casi un milagro laico.
Lo que decía el documento (y por qué dolía leerlo)
“La paz en Chiapas y la Reforma del Estado son vertientes de un mismo proceso de cambio.”
Era una frase sencilla, pero detrás de ella había décadas de simulación, de autoritarismo, de exclusión, de desigualdad.
Decía lo que nadie en el gobierno quería admitir:
que Chiapas no era un problema local, sino un síntoma nacional.
“El diálogo nacional debe ser abierto, participativo, permanente e ininterrumpido.”
Era una invitación a romper la lógica del poder cerrado, del pacto cupular, del país decidido entre pocos.
“Es indispensable concluir de inmediato la reforma electoral federal.”
Porque sin elecciones limpias, no hay país que aguante.
“Es necesario establecer bases constitucionales para que sea realidad el federalismo.”
Porque México llevaba décadas fingiendo que era una república federal cuando en realidad era un país gobernado desde un solo escritorio.
“La composición del diálogo debe ampliarse para incorporar a los nuevos actores sociales.”
Porque el país ya no cabía en los partidos.
Porque había voces nuevas, dolores nuevos, luchas nuevas.
Lo que no decía, pero estaba ahí
Ese documento hablaba de México, sí.
Pero también hablaba de nosotros.
De nuestras dudas.
De nuestras contradicciones.
De nuestras historias personales.
De nuestras heridas políticas.
De nuestras ganas —a veces ingenuas, a veces tercas— de que el país pudiera ser mejor.
Cada firma era una apuesta.
Cada firma era un riesgo.
Cada firma era una renuncia a la comodidad del cálculo político.
Porque firmar ese documento era decirle al país:
“No podemos seguir así.
No queremos seguir así.
No debemos seguir así.”
La vigencia: el documento que no envejece
Han pasado décadas desde aquella noche.
El país ha cambiado y no ha cambiado.
Ha avanzado y ha retrocedido.
Ha respirado y se ha ahogado.
Pero ese documento sigue ahí, intacto, como una brújula enterrada en la tierra.
Porque México sigue necesitando:
un diálogo nacional,
una reforma profunda del Estado,
un federalismo real,
instituciones confiables,
inclusión de nuevos actores,
un pacto social que no excluya a nadie.
Ese documento no era para 1995.
Era para el futuro.
Era para ahora.
La Realidad esperaba ese documento (aunque nadie lo sabía)
Cuando horas después llegamos a La Realidad, ese documento no era un papel:
era un puente.
Y Marcos lo entendió de inmediato.
Por eso entregó sus armas.
Por eso aceptó la reunión.
Por eso dijo lo que dijo.
Porque ese documento no era una propuesta para Chiapas.
Era una propuesta para México.
Para el país que éramos.
Para el país que queríamos ser.
Para el país que aún podemos ser.
III. La caravana: atravesar México en un solo día
A las cuatro de la mañana, el primer grupo salió hacia Oventik:
Juan Guerra, Narro, Oscar González Yáñez y yo.
Nos acompañaban la Conai, la Conpaz, la Cruz Roja.
Enrique Aguilar, habilitado como fotógrafo, recuerda:
“La camioneta en la que iban Martínez Veloz y yo se medio desbarrancó.
Por un instante, pensé que ahí se acababa todo.”
Pero no.
La montaña nos perdonó.
A las siete, ya con el comandante David y dos miembros más de la Comandancia General del EZLN, la caravana regresó a San Cristóbal y tomó rumbo hacia la selva.
No hubo desayuno.
No hubo pausa.
Solo sándwiches al vuelo y refrescos tibios.
El país estaba urgido.
Nosotros también.
IV. La Realidad: pobreza, dignidad y burocracia selvática
Llegamos a La Realidad después del mediodía.
Casas de tablas, techos de lámina, niños descalzos, ancianos con pantalones sostenidos por mecates.
La pobreza era brutal, pero la dignidad era más grande.
Ahí empezó la espera.
Veinte minutos bajo el sol, dentro de camionetas convertidas en hornos.
La Conpaz discutía por radio con sus sobrenombres —“Colocho”, “Apache”, “Gaviota”— sobre si debíamos entrar o no.
Enrique Aguilar lo narra con precisión:
“En nombre de la ‘sociedad civil’, lo sencillo lo enredan y lo complejo lo acaban de complicar.”
La espera era parte del ritual.
En La Realidad, nada ocurría sin ceremonia.
V. El ritual del desarme: el gesto que cambió el aire
Hasta el último momento no sabíamos si Marcos estaría ahí.
Era un fantasma, un rumor, una sombra.
Pero de pronto, Tacho pidió que Juan Guerra y don Samuel Ruiz lo acompañaran afuera.
Lo que fueron a ver fue histórico:
Marcos entregó sus armas a Rosario Ibarra.
Un R-15 y una pi***la automática.
—Quiero que vean que voy a entrar desarmado —dijo—.
Al igual que los demás comandantes.
Ese gesto —simple, silencioso, contundente— cambió el aire.
La selva respiró distinto.
VI. La reunión: la mesa de tablas donde se movió el país
Entró Marcos.
“Buenas tardes”, dijo, y el olor a maple de su p**a llenó la cabaña.
Se sentó al extremo de la mesa.
A su derecha, los comandantes indígenas.
A su izquierda, nosotros:
Heberto, Bravo Mena, Pablo Salazar, López Velarde, Marco Antonio Michel, Narro, Guerra, Oscar González, Elizondo, Pérez Noriega, y yo.
La mesa era de tablas.
Las bancas, troncos.
El país entero, suspendido en ese cuarto.
VII. Diálogo directo reconstruido
Comandante David:
—Bienvenidos. Este encuentro es importante para nosotros. Para todos.
Tacho:
—Agradecemos que hayan venido por carretera. Así se conoce la vida de nuestras comunidades.
Marcos:
—Antes que nada, gracias por esperar. Aquí todo tiene ceremonia.
(Pausa)
—He sido duro con ustedes. A veces injusto. Lo reconozco.
(Pausa más larga)
—Pero también entiendan: hemos vivido acosados.
Y cuando sentimos que ustedes eran parte del ataque, así lo dijimos.
Los legisladores guardaron silencio.
Era un silencio que no era vacío: era reconocimiento.
Entonces Marcos hizo algo que nadie esperaba: nombró a integrantes de la COCOPA por su nombre.
Marcos:
—Quiero reconocer a dos de ustedes.
A Jaime Martínez Veloz y a Oscar López Velarde.
Han sido firmes en pedir un trato civilizado hacia nosotros.
Eso no se olvida.
Luego continuó:
—Ahora tengo que reconocer algo más: ustedes destrabaron el diálogo de San Andrés.
Ustedes entendieron lo que el gobierno no quiso ver:
que el EZLN no podía quedar fuera de la discusión nacional.
Y soltó la frase que todavía hoy me retumba:
—Si ustedes fracasan, si fracasa la Conai… se pierde todo.
Incluso el país.
VIII. La noche larga: música, cansancio y carcajadas
La reunión terminó.
Hubo conferencia de prensa.
Hubo baile.
Hubo cumbias y quebraditas.
Tacho cantó boleros rancheros con una voz fea pero llena de estilo.
Enrique Aguilar lo narra así:
“Los actuales insurgentes mexicanos, además de tanatudos, son bien románticos.”
Y yo me quedé esperando.
A las cuatro de la mañana, Marcos me recibió en una cabaña.
Hablamos largo.
Hubo carcajadas que se escuchaban desde afuera.
Esa conversación confirmó algo que ya intuía:
Ese día, México estuvo a punto de cambiar.
IX. Cierre del capítulo: la puerta que sigue abierta
La Realidad no fue solo un lugar.
Fue una posibilidad.
Una puerta que se abrió por un instante.
Y este texto— es un recordatorio de que esa puerta sigue ahí.
Esperando que el país tenga el valor de cruzarla.