12/05/2026
Día 4
Coralville bajó el telón: todos al laboratorio
Se acabó. La segunda escala rumbo a Lima 2027 y la segunda parada hacia Los Ángeles 2028 cerró sus puertas. Los equipos recogen sus medallas, sus derrotas, sus glorias mínimas y sus vergüenzas íntimas. Vuelven al laboratorio. Y los entrenamientos, créanlo, serán más pesados que nunca. Porque después de Coralville, nadie puede hacerse el inocente.
Los americanos, anfitriones y dueños del colchón, ya están anotando en sus pizarras de Colorado Springs la brecha exacta que existe entre su primer hombre y su segundo hombre con respecto a los caribeños en la libre. La tienen medida, calculada, escaneada. Como quien mide la distancia entre el águila y su presa. Saben que en femenil la superioridad es abrumadora, casi ofensiva. Y en la greco, el avance es real. Notable. Quizá por un golpe de localía, sí, pero quizá también porque los cubanos de afuera —esos que cambiaron el malecón por el corn belt— les están enseñando a los americanos cómo derribar a los cubanos de adentro. La historia es retorcida, pero efectiva: el imperio contrata a los hijos de la revolución para descifrar los secretos de la isla. Y funciona. Claro que funciona.
Canadá, la siempre cumplidora. Sin reflector, sin aspavientos, sin charlatanes con computadora que ofrezcan el siguiente nivel. Llegaron, compitieron, se colgaron varias medallas, dos podios por equipos y se fueron sin hacer ruido. Como ese vecino que no saluda pero tiene el jardín impecable. Son eficientes hasta para pasar desapercibidos. Y eso, en estos tiempos de escándalo y postureo, es casi un arte. Canadá no necesita gritar: sus medallas hablan bajito, pero hablan.
La bella Cuba, mientras tanto, haciendo tormentas en vasos de agua. Como siempre. Como nunca. Los isleños llegaron con la delegación contada, con los bolsillos vacíos y con el orgullo a punto de reventar. Y aún así, cumplieron. En el combate, ahí donde las consignas se quedan sin aliento y solo vale lo que haces, Cuba respondió. Pero el barco sigue haciendo agua. Y no es culpa del bloqueo ni de los orishas: es culpa de los que, desde dentro, se niegan a tapar los agujeros. Aún así, los gladiadores cubanos se subieron al colchón y pelearon como si la isla no se estuviera hundiendo. Y eso, señores, merece un aplauso. Aunque sea uno corto, antes de que el agua les llegue al cuello.
Brasil dio el campanazo. Sorprendió, desbancó, incomodó. En la greco, los brasileños hicieron lo que no estaba en el guión: meterse donde no los llamaban y quedarse con lo que no era suyo. Ojo ahí. Mucho ojo. Porque detrás de ese avance hay un loco estudioso lusitano —un portugués con pizarra, obsesión y método— que está cocinando algo en los laboratorios de Sudamérica. No es casualidad. Es plan. Y cuando Brasil tiene plan, el continente tiembla. O debería.
Puerto Rico, Ecuador, Colombia, República Dominicana. Los boricuas con su garra de isla prestada, los ecuatorianos con sus francotiradores de siempre, los colombianos peleando contra el rival y contra su propia logística, los dominicanos con talento de exportación. Hasta chapines figurando. Hasta Guatemala asomándose en el mundillo de las llaves y las proyecciones. No llenaron titulares, pero llenaron el torneo de historias mínimas que son las que, al final, sostienen al Pancracio.
Podríamos ahondar en el caso mexicano. Pero merecen su propio espacio, su propio diván, su propio espejo. Ellos ya lo saben.
Lo cierto es que el continente y el mundo pusieron sus ojos en Coralville. Y por drama, emoción y heroísmo no hubo queja. Tuvimos giros de Hollywood, villanos cubanos, águilas imperiales, arepas rebeldes, hojas de maple silenciosas y un elenco de reparto que no pidió permiso para robarse escenas. Fue un Panamericano digno de su época: desigual, feroz, contradictorio, pero jamás aburrido.
Ahora, todos regresan a los laboratorios. A preparar los próximos experimentos. A medir brechas, a pulir fallas, a soñar con Lima y con Los Ángeles. Porque esto no termina aquí. Esto es solo el final del segundo acto. Y el tercero, como siempre en el Pancracio, promete ser aún más salvaje.
Apaguen las cámaras, guarden las lonas. Nos vemos en el próximo experimento.