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09/06/2026

Cuando las mujeres tienen las mismas oportunidades, toda la sociedad avanza.

Educación. Empleo. Liderazgo. Toma de decisiones.

La igualdad no es solo un derecho: es clave para construir un futuro mejor para todas las personas.

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09/06/2026

Conoce tus derechos y aprende cómo defenderlos.

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Rancho Izaguirre: Donde las madres encontraron lo que el Estado no quiso ver.A más de un año del macabro hallazgo en el ...
09/06/2026

Rancho Izaguirre: Donde las madres encontraron lo que el Estado no quiso ver.

A más de un año del macabro hallazgo en el Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, las imágenes de cientos de pares de zapatos alineados sobre la tierra siguen siendo una bofetada brutal a la conciencia nacional.

El 5 de marzo de 2025, el colectivo Guerreros Buscadores de Jalisco entró a ese predio tras denuncias anónimas y sacó a la luz más de 1,800 evidencias: ropa, mochilas, restos óseos y decenas de pares de zapatos que gritaban la magnitud de un centro de adiestramiento y exterminio. No fue el Estado quien descubrió el horror. Fueron las madres y familiares, hartos de la inacción oficial, quienes una vez más hicieron el trabajo que las autoridades han incumplido de forma sistemática y deliberada.

Ese hallazgo no fue una excepción. Es la regla brutal de un país donde más de 130 mil personas siguen desaparecidas y donde quienes se atreven a buscar o levantar la voz terminan convertidos en sospechosos. La criminalización de las madres buscadoras no es un error aislado: es política de Estado.

Hay temas que parecen repetidos no porque hayan perdido fuerza, sino porque el país se acostumbró a que sigan ocurriendo, se acostumbró a convivir con la barbarie. La desaparición forzada en México es uno de ellos. Y la paradoja más cínica es qué, quienes buscan a sus desaparecidos son tratados como el problema, en lugar de como la prueba irrefutable del colapso del Estado.

No son el problema. Son la consecuencia directa de un Estado ausente, negligente y, con demasiada frecuencia, cómplice. Un Estado que no previene, que no busca a tiempo, que no investiga con seriedad, que no protege a las víctimas y que reacciona con hostilidad cuando las madres, esposas, hermanas e hijas salen a los montes, terrenos baldíos, fosas clandestinas, a las calles, a las fiscalías y plazas a exigir lo más básico: ayuda para encontrar a los suyos o conocer la verdad.

La criminalización de las víctimas y de las madres buscadoras no es una exageración retórica. Es un patrón. Primero se les mira con sospecha. Luego se les desacredita. Después se les ponen obstáculos administrativos. Y cuando su búsqueda toca intereses políticos, criminales o institucionales, se les amenaza, se les persigue, se les judicializa o se les mata.

México arrastra hoy más de 132,534 personas desaparecidas o no localizadas (SESNSP, marzo 2026, RNPDNO-CNB). La CIDH reporta más de 128 mil desaparecidos y más de 70 mil cuerpos sin identificar. La impunidad en desaparición forzada alcanza el vergonzoso 99.5%. Amnistía Internacional documentó que el 97% de las mujeres buscadoras ha sufrido violencias o afectaciones durante su búsqueda. Estas cifras no son errores: son el resultado de una política de omisión y encubrimiento.

Frente a esta catástrofe humanitaria, la respuesta institucional es inexistente y cínica. Mientras el Estado se vuelca gastando miles de millones de pesos en el espectáculo del Mundial de Fútbol 2026 —estadios, patrocinios, imagen y operativos de seguridad—, a los desaparecidos se les invierte muy poco o casi nada, las fosas siguen sin resolverse, las buscadoras buscan con recursos propios, sin protección real, sin dejar de considerar que también existen otros problemas urgentes que aprietan al país, como las protestas de los maestros, de los productores agrícolas, y transportistas que evidencian el hartazgo social ante la inseguridad y un gobierno más preocupado por el show internacional que por la vida y la dignidad de sus ciudadanos.

Frente a esa dimensión, la respuesta institucional ha sido insuficiente o nula. No solo porque las fiscalías no investigan con eficacia, sino porque cuando no hay consecuencias para quien desaparece, el peso cae sobre quien busca.

Ahí comienza la segunda violencia, tan brutal como la primera.

La primera violencia es la desaparición, el arrebato, la ausencia, el silencio, la incertidumbre. La segunda violencia es la que viene después, la que ejerce el propio Estado: tratar a la madre que pregunta como una persona incómoda, a la esposa que exige el expediente como conflictiva, a la hermana que denuncia omisiones, de entorpecer la investigación, y al colectivo que entra a un predio abandonado —como en Teuchitlán— como invasor o alterador de la escena u obstaculizador de la investigación. ¿Qué escena? La que las autoridades nunca pisaron. ¿Qué investigación? La que duerme el sueño de los justos desde hace años en los cajones de alguna institución.

El Estado suele pedir paciencia. Las madres buscadoras no tienen ese privilegio. Cada día que pasa puede significar la pérdida de un indicio, la destrucción de restos o el olvido administrativo. Por eso buscan. No porque quieran sustituir al Ministerio Público y a la policía, sino porque el Ministerio Público, demasiadas veces, no llega o nunca llega.

La criminalización opera en tres niveles: el linchamiento mediático y discursivo público, la burocracia como arma de desgaste y la amenaza penal directa. Este mecanismo no es casualidad: sirve para desviar la atención, mantener a raya y proteger complicidades entre autoridades y el crimen organizado, y enterrar la verdad incomoda que las buscadoras desentierran.

Las madres buscadoras incomodan porque encuentran restos o encuentran fosas en donde el Estado decía que no había nada. Encuentran omisiones, contradicciones y negligencias que exhiben la ineficiencia y podredumbre del sistema. Encuentran mapas del horror que muchas autoridades preferirían mantener ocultos. Su labor es humanitaria, pero sobre todo, también es, profundamente un acto de denuncia política y jurídica demoledor.

Documentos de Amnistía Internacional y la CIDH han confirmado asesinatos, amenazas, desplazamientos y procesos penales fabricados contra madres buscadoras. En México, buscar a tu hijo es una misión de alto riesgo que puede costarte la vida. Y sin embargo, miles siguen en pie.

Ninguna madre debería aprender a distinguir el olor de la muerte para encontrar a su hijo. Ninguna familia debería comprar palas, gasolina, guantes y cubrebocas para hacer el trabajo que corresponde a las autoridades. Ninguna mujer debería ser amenazada por exigir que busquen a su hijo o por exigir justicia.

Las madres buscadoras además de ser madres, también son víctimas y defensoras de derechos humanos. Tienen derecho a encontrar y conocer la verdad, a la búsqueda, a la participación, a la protección y a no ser revictimizadas. El Estado tiene la obligación inexcusable de protegerlas, reconocerlas, incorporar sus hallazgos y abstenerse de usar el derecho penal para intimidarlas o reprimirlas.

Hoy, a más de un año del hallazgo en Teuchitlán, aun no hay respuestas claras, no hay identificación digna de las evidencias, no hay responsables de alto nivel detenidos ni procesados, no hay justicia. Lo que si hay es, falta de transparencia, silencio, complicidad. Para el gobierno, Rancho Izaguirre fue solo otro caso más: un episodio incómodo que hoy intentan minimizar, diluir en estadísticas y, finalmente, olvidar. Otra fosa que las madres destaparon y que las instituciones preferirían volver a enterrar.

Eso no es gobernar para el pueblo. Es abandonar y luego criminalizar a quienes se niegan a aceptar el abandono. Mientras por un lado se invierten recursos millonarios en el Mundial de Fútbol, por el otro, las familias de los desaparecidos y los sectores en protesta solo siguen recibiendo indiferencia o represión.

El país no puede seguir normalizando y tolerando que buscar justicia sea un acto de alto riesgo mientras desaparecer personas sea un delito sin castigo. No puede permitir que las víctimas sean señaladas como amenaza mientras los verdaderos culpables —incluidos aquellos con protección institucional— caminan impunes.

La criminalización de las madres buscadoras también es una forma de desaparición simbólica, un intento cobarde de silenciar su voz y su autoridad moral. Pero ellas siguen ahí, firmes, muchas veces con miedo pero al mismo tiempo con el valor de no abandonar su causa: con fotografías al pecho, nombres en la garganta al grito de no los olvidamos, palas en las manos y una verdad insepultable.

Buscar no es delito.
Delito es desaparecer.
Delito es NO investigar.
Delito es encubrir.
Delito es omitir.
Delito es abandonar a las familias y luego perseguirlas por exigir lo que es suyo por derecho.

Este horror dejará de repetirse el día en que el Estado deje de proteger a los victimarios y de castigar a las víctimas. Mientras eso no ocurra, las madres buscadoras seguirán siendo la única voz decente en medio de la podredumbre.

31/05/2026

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A proposito de una publicación en el muro del maestro   bajo el rubro "APUNTES PARA LA DEFENSA DE UNA ASESINA". queremos...
12/05/2026

A proposito de una publicación en el muro del maestro bajo el rubro "APUNTES PARA LA DEFENSA DE UNA ASESINA". queremos opinar lo siguiente:

La muerte de Vicente conmueve, indigna y duele. La imagen de un niño de tres años perdiendo la vida en condiciones tan estremecedoras obliga a exigir una investigación exhaustiva, responsabilidades claras y una respuesta institucional seria. En eso no debería haber duda ni regateo moral alguno.

Precisamente por la gravedad del caso, lo que menos se necesita es deformar el derecho para convertir una tragedia en plataforma ideológica. Sostener que la perspectiva de género y ciertos criterios jurisdiccionales “van a salvar” automáticamente a Roxana no constituye un argumento jurídico serio. Constituye, en realidad, una simplificación interesada de herramientas construidas para corregir desigualdades históricas, no para cancelar la responsabilidad penal.

La perspectiva de género no es una absolución anticipada. No borra los hechos, no neutraliza la prueba, no extingue el delito y no convierte a ninguna mujer imputada en inocente por el solo hecho de ser mujer. Su función es otra, mucho más precisa: obligar a la persona juzgadora a analizar el caso completo sin prejuicios, sin estereotipos y sin cegueras estructurales. Nada más, pero tampoco nada menos. Después de ese análisis, si se acredita la responsabilidad penal, corresponde imponer la sanción conforme a derecho.

Por eso resulta incorrecto presentar dicha perspectiva como si fuera una especie de blindaje procesal femenino o una puerta de salida automática frente a hechos gravísimos. No lo es. En un Estado constitucional de derecho, ninguna metodología de análisis sustituye al debido proceso, a la carga probatoria del Ministerio Público ni a la obligación judicial de valorar individualmente la conducta atribuida.

También es necesario decir algo elemental: una cosa es explicar jurídicamente el contexto de una persona imputada y otra muy distinta justificar su conducta o anticipar su impunidad. Confundir ambas cosas no fortalece la exigencia de justicia; la debilita. Porque una discusión jurídica seria no puede reducirse a una caricatura donde toda consideración contextual equivale a encubrimiento.

Si en este caso existen elementos para sostener una imputación penal grave, deberán ser acreditados en la investigación y demostrados dentro del proceso. Si la conducta desplegada revela una omisión extrema, un nivel de previsibilidad relevante o un grado de responsabilidad compatible con determinado tipo penal, eso deberá establecerse con prueba, no con consignas. Pero llamar desde ahora “asesina” a la imputada, como si la culpabilidad ya estuviera definitivamente resuelta fuera del juicio, no es valentía moral: es prejuzgamiento.

Y ahí está otro punto que no debe perderse. Exigir justicia para Vicente no obliga a renunciar al lenguaje del derecho ni a destruir herramientas jurídicas útiles. Al contrario: exige usarlas bien. Porque el problema no es que existan perspectivas especializadas; el problema aparece cuando las instituciones fallan en aplicarlas de manera integral, equilibrada y oportuna.

En efecto, el orden jurídico no sólo reconoce la necesidad de juzgar con perspectiva de género cuando ello corresponde; también impone la protección reforzada de niñas, niños y adolescentes a partir de su interés superior. No estamos frente a perspectivas incompatibles ni frente a derechos en competencia irreconciliable. Estamos frente a mandatos que deben operar armónicamente. La niñez no está jurídicamente muda ni desprotegida. Lo que con frecuencia fracasa es la capacidad institucional para articular de forma seria todos los deberes de protección involucrados.

Por eso, la pregunta correcta no es si el derecho protegerá a Roxana “por ser mujer”, sino si el sistema fue capaz de proteger a Vicente cuando todavía estaba vivo y si ahora será capaz de investigar su muerte con la misma seriedad con la que debió haber prevenido el riesgo que lo rodeaba. Ahí sí hay una interpelación legítima: a las autoridades familiares, a los operadores de protección, a las instancias ministeriales y a todas las instituciones que, en su caso, hubieran omitido actuar cuando existían señales de alerta.

La indignación por Vicente es legítima. Lo que no es legítimo es usar su memoria para desacreditar, en bloque, una metodología jurídica que no nació para producir impunidad, sino para impedir que el juzgamiento reproduzca desigualdades estructurales. Si alguien pretende convertir la perspectiva de género en sinónimo de privilegio penal, no está defendiendo a Vicente: está instrumentalizando su tragedia para librar otra batalla ideológica.

Vicente merecía protección. Merecía que el sistema actuara antes, no después. Merecía instituciones capaces de advertir riesgos, de intervenir oportunamente y de colocar en el centro su absoluta condición de vulnerabilidad. Su muerte obliga a exigir verdad, justicia y responsabilidad. Pero también obliga a no falsear el sentido del derecho ni enfrentar artificialmente la protección de las mujeres con la protección de la infancia.

Lo que este caso exige no es menos derecho, sino mejor derecho: investigación exhaustiva, valoración individualizada de la conducta, aplicación seria de todas las perspectivas obligatorias y, en su caso, una sanción proporcional a la gravedad de los hechos. Justicia para Vicente, sí. Pero sin tergiversar el derecho y sin convertir una tragedia en una coartada para la desinformación.

  publica informe de Desaparición de Personas en  , donde visibiliza la crisis de las desapariciones, reconoce la lucha ...
12/05/2026

publica informe de Desaparición de Personas en , donde visibiliza la crisis de las desapariciones, reconoce la lucha de las familias y colectivos buscadores, y formula 40 recomendaciones para que el Estado mexicano pueda garantizar verdad y justicia a las víctimas.

Checa aquí el comunicado de prensa 👉🔗📰

Washington, DC—La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publica el informe “Desaparición de Personas en México”, cuyo objetivo es dar cuenta de los avances y desafíos de las políticas adoptadas por el Estado mexicano para hacer frente a la crisis humanitaria de desaparición de...

🚨 Tu CURP y tu celular no deben ir en la misma base de datos. 📵Proteger tus datos personales no es paranoia, es estar pr...
09/04/2026

🚨 Tu CURP y tu celular no deben ir en la misma base de datos. 📵

Proteger tus datos personales no es paranoia, es estar preparado. En un mundo donde la identidad digital es cada vez más rastreada, registrar tu línea telefónica con tu información más sensible no te protege: te hace vulnerable al robo de identidad y al control masivo. 🔐📱

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09/04/2026

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08/04/2026

¡La justicia también protege a quienes no tienen voz! 🐾⚖️

¿Sabías que nuestras leyes están evolucionando para proteger mejor a los animales? 🐈🐕
Como parte de nuestro compromiso con una cultura de legalidad en México, en la Red Civitas México destacamos la labor del Órgano de Administración Judicial en la protección de los seres sintientes. La justicia federal sienta precedentes que nos obligan a ser mejores ciudadanos.
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