21/08/2025
Compartimos con gusto la reflexión
Desde el Escritorio del Reverendo Aarón
Desde el Escritorio del Reverendo Aarón León, M.C.
Hoy, en el silencio fecundo de mi escritorio, he recibido un obsequio inesperado y entrañable: una canasta de frutas, signo sencillo y a la vez profundo de gratitud y fraternidad. No lo leo solo como un presente material, sino como un recordatorio de los frutos espirituales que el Señor, con paciencia infinita, hace germinar en el corazón de quienes hemos sido llamados a seguirle más de cerca.
Este día cobra un matiz especial, pues conmemoro veintidós años de mi ingreso a la vida religiosa y siete años de mi ordenación sacerdotal. Dos cifras que se unen en un solo misterio: la perseverancia en el seguimiento de Cristo y la gracia de configurarse con Él en el ministerio. Ante mis ojos, sobre este mismo escritorio, se encuentran la fotografía de mi ordenación sacerdotal y la imagen maternal de la Virgen María. Ambas me recuerdan que no estoy solo en esta travesía: “Non enim erubesco Evangelium: virtus enim Dei est ad salutem omni credenti” (Rm 1,16) — “No me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree”.
Nuestro Padre San Agustín, reflexionando sobre el misterio del ministerio, decía con humildad y fuerza: “Cum metu magno suscipio onus episcopi; sed quod intra me sum vobiscum, consolatur me” — “Con gran temor cargo el peso del ministerio, pero lo que soy con vosotros como cristiano me consuela” (Sermo 340). En este espejo se reconoce mi propio camino: sacerdote para el altar y para el pueblo, pero siempre discípulo antes que pastor.
Por su parte, Santo Tomás de Aquino enseña que el sacerdocio es “ordo ad sacrificium” — un orden para el sacrificio (cf. S. Th. III, q.22, a.1). Mi vida no es mía, sino entregada para ofrecer en cada Eucaristía el sacrificio de Cristo y, en unión con Él, gastar la existencia en caridad. La canasta de frutas en mi mesa no es entonces un detalle aislado: es símbolo de los frutos que el Espíritu hace madurar cuando el sacerdote se deja consumir en el amor.
Que esta memoria jubilar reavive en mí la certeza de que todo lo recibido es gracia. Y que bajo la mirada de la Virgen María, Mater Sacerdotum, pueda renovar el “sí” de mi entrega, para que los años que vengan sean siempre “ad maiorem Dei gloriam” — para mayor gloria de Dios. Este es el texto que acompañara está foto
El obsequio que hoy adorna mi escritorio no es únicamente un signo material de gratitud; es, ante todo, expresión del cariño de los fieles, fruto tangible del vínculo sacerdotal que une mi ministerio con la vida de la comunidad. Cada fruto de esta canasta lleva consigo el eco silencioso de tantas oraciones compartidas, de consejos ofrecidos, de lágrimas escuchadas y de la esperanza sembrada en cada corazón. Es, en cierto sentido, el retorno visible de aquello que desde este escritorio se gesta día a día: la palabra escrita, la intercesión, el estudio y la enseñanza.
El Señor mismo nos recuerda en el Evangelio: “Ex fructibus eorum cognoscetis eos” (Mt 7,16) — “Por sus frutos los conoceréis”. Este sencillo presente se convierte así en parábola viva, en la cual se refleja que el ministerio sacerdotal, cuando es ofrecido con entrega, no queda estéril, sino que germina en frutos de fe, gratitud y alegría. Como la vid que se expande y da racimos abundantes, también la vida sacerdotal, unida a Cristo, se hace fecunda para la Iglesia y para el mundo.
San Agustín, siempre tan cercano al corazón humano, afirma: “Nos sumus arbores Dei, fructus boni operis exiguntur” — “Somos árboles de Dios, y de nosotros se esperan frutos de buenas obras” (Enarrationes in Psalmos, 148). En esta luz, la canasta que hoy recibo no es mero ornamento festivo, sino espejo de la fecundidad que el Espíritu concede a través del ministerio, fecundidad que no es mía, sino del Señor que obra en su Iglesia.
También San Juan Crisóstomo enseñaba que la caridad es el fruto más alto del corazón creyente: “Caritas radix est, caetera ex fructibus” — “La caridad es la raíz, y de ella proceden todos los frutos” (Hom. in Matth.). Y en verdad, esta ofrenda brota de esa raíz: del amor de los fieles por su sacerdote y del amor del sacerdote por su comunidad. Una reciprocidad santa que convierte el trabajo ministerial en semilla, y la gratitud de los feligreses en cosecha festiva.
Mi mesa, que suele ser ámbito de estudio y oración, hoy se ve colmada de color, abundancia y belleza. En ella reconozco que el ministerio, aunque cargado de cruz y fatiga, está también atravesado por la alegría del Espíritu, que lo adorna con frutos de gozo y de esperanza. “Fructus autem Spiritus est caritas, gaudium, pax, patientia, bonitas, fides, mansuetudo, continentia” (Gal 5,22-23) — “El fruto del Espíritu es caridad, alegría, paz, paciencia, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio”.
De esta manera, la canasta de frutas se convierte en signo profético: anuncia que el sacrificio ofrecido en fidelidad nunca queda vacío, sino que Dios lo transforma en fiesta, en honor y en acción de gracias compartida.
Y, sin embargo, entre todos los frutos que la tierra puede ofrecer, ninguno se iguala al que pende del Árbol de la Vida, que es la Cruz. Como canta la tradición: “Dulce lignum, dulces clavos, dulcia ferens pondera” — “Dulce madero, dulces clavos, dulce carga llevas”. Pues el fruto más excelente, la flor más pura, no es otra que Cristo mismo, entregado por nosotros. “Melior est fructus crucis, quam omnis fructus hortorum” — “Mejor es el fruto de la cruz que todos los frutos de los jardines”.
Ese es el fruto que da sentido a todo ministerio, el que corona toda labor pastoral y que llena de verdadera dulzura el corazón: Jesucristo, fruto bendito del árbol de la Cruz.