06/09/2026
Esto no es una ruina cualquiera. Aquí alguna vez amanecimos creyendo que Acapulco era eterno.
Palladium era una locura: la bahía encendida frente a ti, música a todo volumen y El hombre Azteca apareciendo entre luces, humo, plumas y tambores como si aquella madrugada no tuviera final.
Los millennials geriátricos sabemos perfectamente de qué hablo. Vivimos Palladium, LOVE, Alebrije, Baby’O… cuando ir a Acapulco significaba libertad, desmadre y una ciudad que todavía presumía su magia
Hoy la fotografía duele. Otis destrozó físicamente buena parte del lugar, pero la decadencia de Acapulco no comenzó con un huracán. Años de violencia, abandono y gobiernos incapaces fueron apagando una ciudad que durante décadas fue escaparate de México ante el mundo.
La naturaleza terminó de romper los muros. La delincuencia y la negligencia ya habían roto demasiadas noches.
No quiero romantizar el pasado: aquellos antros también eran caros, excesivos y profundamente clasistas. Pero representaban algo que hoy parece lejano: un Acapulco vivo, deseado, nocturno, cosmopolita. Un puerto al que uno quería llegar, no del que todos querían escapar.
Y por eso esta imagen no me habla solamente de una discoteca destruida. Me habla de una ciudad a la que le fueron arrancando la fiesta, la seguridad y la esperanza.
Quizá algún día Acapulco vuelva. Pero primero habrá que dejar de administrarlo como si su belleza fuera indestructible.
Porque no lo era.
Lo demás es historia.