16/12/2025
Carta a la enfermedad :
No sé en qué momento llegaste, ni por qué elegiste nuestra puerta. No te invité, y sin embargo entraste con tanta fuerza que moviste los cimientos de mi vida y de mi familia.
Al principio no te entendí. No entendía tus silencios, tus límites, tus formas extrañas de decir “estoy aquí”. Te odié un poco, o mucho. Te culpé de todo lo que se rompía dentro de mí. De los sueños que tuve que soltar, de las comparaciones, de las miradas ajenas, de esa sensación de que el mundo seguía girando y yo me había quedado quieto, en una especie de vida paralela.
Con el tiempo aprendí a verte. No como una palabra fría en un informe, ni como un enemigo invisible, sino como una presencia que me obligó a mirar la vida de frente. A frenar. A llorar sin pedir permiso. A amar de una forma que nunca imaginé.
Hiciste a mi madre de otra manera, con una paciencia que no sabía que tenía, con un cansancio que no tiene nombre y con una ternura que me desborda.
A veces todavía me rompes. Cuando tengo que asistir al hospital, con miedo a qué una revisión salga mal, o que las secuelas que dejaste empeoren.
Pero así son las cosas, ahí estás tú, recordándome que la felicidad también puede tener otros idiomas, que hay risas que no necesitan palabras, que hay abrazos que curan más que cualquier tratamiento.
No te perdono, pero tampoco te odio ya. Me robaste muchas cosas, sí, pero me diste otras que nadie más podría haberme enseñado. La capacidad de celebrar lo pequeño. La fuerza para seguir incluso cuando nadie aplaude. El amor sin condiciones, ese que no espera nada a cambio.
No eres bienvenida, pero ya eres parte de nosotros. Y aunque a veces quisiera borrarte, también sé que, sin ti, no existiría la versión de mí y entiende que todo absolutamente todo valió la pena por volver a sonreír.
Así que quédate ahí, si quieres. Pero recuerda: tú no mandas.
Porque Yo, con mi única manera de estar en el mundo, te ha vencido mil veces sin darse cuenta.