10/05/2026
Mamá no es sinónimo de sacrificio eterno.
Hace algunos años, durante una sesión terapéutica, una mujer me dijo algo que todavía recuerdo con claridad.
Mientras hablábamos de ansiedad, agotamiento y culpa, hizo una pausa larga y me dijo:
—“A veces me encierro en el baño solo para llorar cinco minutos… porque es el único lugar donde nadie me pide nada.”
Después sonrió con vergüenza, como si acabara de confesar algo indebido.
Era madre de dos hijos. Profesionista. Pareja. Hija. Cuidadora de todos.
Y, paradójicamente, llevaba años sin sentirse cuidada por nadie.
Lo más fuerte no fue escuchar su cansancio.
Lo más fuerte fue escuchar la culpa que sentía por estar cansada.
Porque durante generaciones se nos enseñó que una “buena madre” debía sacrificarse siempre. Que tenía que ponerse al final de la lista. Que debía soportarlo todo. Que descansar era egoísmo. Que tener deseos propios era abandono. Que decir “ya no puedo” era fracaso.
Y eso ha dejado heridas profundas.
He escuchado a muchas mujeres decir en terapia frases como:
“Ya no sé quién soy fuera de ser mamá.”
“Siento culpa cuando pienso en mí.”
“Estoy cansada… pero no puedo detenerme.”
“Amo a mis hijos, pero extraño mi vida.”
Y quizá una de las cosas más dolorosas es que muchas ni siquiera se sienten con derecho a decirlo en voz alta.
Porque culturalmente seguimos esperando madres perfectas:
pacientes siempre,
fuertes siempre,
disponibles siempre,
amorosas siempre.
Como si fueran humanas… pero sin permiso de serlo.
El problema no es celebrar a las madres.
El problema es cuando solo celebramos a las que se desgastan hasta desaparecer.
Desde la mirada humanista con la que trabajamos en Alter Int, una maternidad saludable también implica autocuidado, identidad, límites y red de apoyo. Una madre no deja de amar por necesitar descanso. No ama menos por poner límites. No es egoísta por tener proyectos propios, vida emocional, sexualidad, amistades o deseos personales.
De hecho, quizá una de las formas más profundas de cuidar a una hija o un hijo es enseñarles que el amor no debe construirse desde la anulación personal.
También es importante decir algo que suele incomodar:
no todas las personas viven el 10 de mayo desde la alegría.
Hay quienes tienen una relación dolorosa con su madre.
Hay quienes perdieron a mamá.
Hay quienes quisieron ser madres y no pudieron.
Hay quienes maternan solas y agotadas.
Hay quienes están intentando reparar heridas que vienen precisamente de su historia familiar.
Por eso estas fechas también necesitan más sensibilidad y menos imposición emocional.
Tal vez este 10 de mayo, además de regalar flores, podríamos regalar algo más valioso:
escucha,
corresponsabilidad,
acompañamiento,
presencia real.
Preguntar genuinamente:
“¿Cómo estás?”
“¿Qué necesitas?”
“¿Qué carga ya no deberías llevar sola?”
Porque las madres no necesitan pedestal.
Necesitan humanidad.
Y quizá el verdadero homenaje no sea decirles que son “superheroínas”, sino permitirles, por fin, dejar de tener que serlo.
Hoy quiero invitarte a hacer algo distinto.
Si eres mamá, date permiso de reconocerte también como mujer, como persona y como ser humano con necesidades propias.
Y si tienes una madre cerca, además de felicitarla, pregúntate de qué manera puedes acompañarla más y exigirle menos.
Quizá el amor más sano no es el que idealiza el sacrificio…
sino el que aprende a cuidar también a quien siempre ha cuidado de todos.
Raúl A. Rodríguez Sansores
¡FELIZ DÍA DE LA MADRE! 💐