31/07/2026
El tiempo es el arquitecto supremo de la verdad, y la historia de nuestra patria nos ha enseñado que el engaño nunca puede sostener el peso de la legalidad.
Durante la Intervención Francesa, los usurpadores y traidores a la patria tomaron los palacios, los edificios y la capital del país. Al poseer los muros y hacer ruido, creyeron falsamente que poseían la legitimidad de la Nación. Pero el Ilustre Hermano Benito Juárez nos legó la lección más grande de integridad institucional: empacó los archivos de la Nación en su carruaje y demostró que la República no está hecha de ladrillos, sino de la Ley, la razón y los hombres libres que la custodian.
El imperio de los usurpadores, construido sobre mentiras y traiciones, se fracturó inevitablemente bajo el peso de la historia. La verdad y el derecho triunfaron.
Hoy, la lección sigue viva. Los perversos y quienes actúan de mala fe siempre cometen el mismo error de cálculo: creen que el ruido supera a la razón, que la difamación construye liderazgo y que poseer un espacio físico o un título vacío les otorga autoridad.
Pero la justicia es implacable y los engaños siempre se revelan. Tarde o temprano, las máscaras caen y las acciones de mala fe se desmoronan bajo la luz del Estado de Derecho.
En nuestra Institución, nuestro deber no es descender al lodo de las pasiones profanas ni debatir con la oscuridad. Nuestro deber es proteger la legalidad, defender la fe pública y seguir construyendo, con la escuadra y el compás, una obra intelectual inquebrantable.
La verdad tiene un peso gravitatorio; el engaño siempre carece de cimientos.