18/08/2026
https://www.facebook.com/share/p/1DAopiyrTZ/
EGRESADOS COZUMELEÑOS
De la “Isla de las Golondrinas” se registran los siguientes ex alumnos, por año de egreso:
1962, Luis Trinchán Mendoza.
1963, Velio Vivas Valdez y Veudi Vivas Valdez.
1964, José Mateo Aguilar Mendoza, Jorge H. Cárdenas Valdez, Samuel Hoil Chulim y Gaspar José Rivero Mena.
1965, José Renán Mendoza Agurcia, Jorge México Ojeda Novelo y Ángel Zetina Villanaueva.
En la publicación de hoy ofrecemos un testimonio de Veudi Vivas Valdez, relativo a su estancia en la costa Caribe del municipio de Felpe Carrillo Puerto, Q. Roo, ciclo escolar 1964-1965, cuando fundó la Escuela Primaria Rural Federal "Santiago Felipe Xicoténcatl", en el rancho Chen-chomac, propiedad de Don Argimiro Mendoza Delgado.
Con una narrativa propia de un maestro rural sobre su primer año de experiencia en la zona maya, las circunstancias que se dieron en su nombramiento para fundar la escuela antes mencionada, para luego internarse “entre la selva y el mar” sorteando toda clase de dificultades, la labor de Veudi es el ejemplo de tantos y tantos egresados de normales rurales del país y en particular de San Diego, Tekax, quienes han llevado con mucha vocación profesional y espíritu patriótico, la educación hacia lugares marginados. Los invitamos a disfrutar de la lectura.
El Paraíso.
Prof. Veudi Vivas Valdez.
“Gregorio Torres Quintero” San Diego, Tekax Yuc.
Mi segundo año de trabajo estaba por iniciar, eran los últimos días del mes de agosto del año de 1964 y estaban por decidirse los lugares de adscripción en la Zona Escolar 2, con cabecera en Felipe Carrillo Puerto, en el antiguo Territorio Federal de Quintana Roo.
De mi primer año en la Escuela Primaria Rural Federal “Emiliano Zapata“, # 77 en la localidad de Chunyah, no me quedaron recuerdos muy satisfactorios de mi labor docente, aunque traté de compensarlo con labor social, estableciendo buenas relaciones con los padres de familia.
En realidad eso de las relaciones es muy relativo, considerando que yo no soy maya hablante y en aquel pueblito no había una sola persona que hablara el español, aunque nos entendíamos, pero solo en lo más elemental.
En la presente oportunidad del reacomodo, como se acostumbraba en aquellas localidades hace más de cincuenta años, mis compañeros y yo, nos ilusionábamos con mejorar de lugar de adscripción, reduciendo la distancia hacia la cabecera de Zona o a la carretera más cercana.
Aquella Zona Escolar era de las más incomunicadas y la región de los Chunes en donde inicié mi carrera docente, le daba escalofríos a los más valientes, pues había que recorrer grandes distancias a pie, en una selva totalmente despoblada. En los sesenta kilómetros desde Felipe Carrillo Puerto hasta Chumpón no había ningún pueblo.
Recuerdo muy bien cuando me dio mi primer nombramiento mi Inspector, el ameritado maestro poblano, Faustino Hernández León.
Éramos tres egresados de San Diego los que quedamos destinados a los chunes, en el primero a 15 leguas de distancia, quedó comisionado mi gran amigo Horacio Gabriel Pinto Ramírez q.e.p.d., dos leguas más adelante quedó otro buen amigo, ticuleño hoy avecindado en Chetumal, Miguel A. Estrella Sulub, en aquél pueblito que se llama Chunón y otras tres leguas más al norte, está Chunyah mi destino final. Si consideramos que a una legua corresponden 4 kilómetros, entonces Pinto tenía que caminar 60 km. Miguel Estrella 68 y yo 80 kilómetros.
Claro el primer viaje lo hice en 4 días, pero hubo alguna ocasión en que logré hacerlo en solo dos días.
En fin, ésta es la razón por la cual nuestros afanes estaban encaminados a lograr una escuelita más cercana y así sucesivamente año tras año, hasta lograr una comunidad comunicada, que tuviera los servicios elementales como tienda de abarrotes, energía eléctrica y agua corriente, pero sobre todo que no estuviera muy distante.
Al iniciar la Asamblea Sindical de reacomodo, después del pase de lista se concedió la palabra al Sr. Inspector para que expusiera la oferta de espacios, empezando por la cabecera, los que serían ocupados por los más antiguos que los solicitaran y los espacios dejados por éstos serían los siguientes a ofertar y así hasta que los nuevos maestros llegados a la Zona, ocuparan los lugares que quedaran vacíos y que siempre era los más distantes.
Sin embargo en esta ocasión el Maestro Hernández, primero propuso la creación de una nueva escuela, en la región de la Bahía de la Ascensión, en la costa Caribe del Territorio
Para llegar al lugar escogido donde sería fundada la escuelita, se tenía que ir primero a Vigía Chico, antiguo poblado que era el enlace entre el mar y la segunda Capital territorial, Santa Cruz de Bravo hoy, ciudad de Felipe Carrillo Puerto, a una distancia de 60 kilómetros hacia el este.
Al llegar a Vigía Chico, que estaba dentro de la bahía, era necesario conseguir transporte en algún barco que nos llevara hasta un rancho cocalero en la costa, a una distancia de 15 km. aproximadamente, que era el lugar escogido para la nueva Escuela, pues tanto al norte como al sur, habían 2 ranchos más en los que vivían niños en edad escolar, hijos de los trabajadores.
Aparentemente ya estaba solucionado lo de local y el alojamiento del maestro.
Era una oferta poco atractiva para la mayoría de mis compañeros y ante el silencio de los presentes, el Inspector me preguntó si me gustaría ir a fundar dicha escuela, puesto que yo era el que más se identificaba con los pobladores de ese apartado rincón, muchos de origen cozumeleño, conocidos míos y el ambiente de costa era para mí algo ciertamente cotidiano.
No lo pensé mucho y acepté puesto que nadie reclamó derechos. Así fue como en mi segundo año de trabajo me convertí en el fundador de la Escuela “Santiago Felipe Xicoténcatl” sin número, ubicada en el rancho Chen Chomac, propiedad de don Argimiro Mendoza Delgado de Cozumel y su esposa Doña Carmen Moguel Betancourt de Holbox.
Con mi oficio de comisión en las manos y un cúmulo de ideas e ilusiones en la mente, me apersoné en una casa que me indicó el Inspector y allá me informaron que estaba por llegar de Mérida el camión que traía mercancía para los ranchos de la costa y que en cuanto llegara saldría para Vigía Chico, pero si llegaba muy tarde, saldría al otro día.
Dejé instrucciones donde podían avisarme, pidiendo que dijeran al chofer del camión que tenía un pasajero hacia la costa y me retiré a preparar mi maletín,
Por la tarde me llegó el aviso de que ya había llegado el camión y que saldría al otro día a las 7 a.m. No esperé más y les lleve las dos cajas de libros de texto gratuitos, que me había entregado el Inspector y una pequeña Consola con la idea de enviarla desde la costa a Cozumel.
Al otro día a las 6.30 a.m., me presenté cargando mi maletín de ropa y mi máquina de escribir.
Casi a las ocho inició aquel viaje rumbo al oriente, hacia la playa y el sol, las palmeras y el olor a yodo, el graznido de las aves marinas, los espléndidos amaneceres con el sol naciendo del azul Caribe.
Desde el inicio empezó a disminuir mi entusiasmo pues a pesar de que el chofer resultó ser un viejo conocido, nacido en Cozumel como yo, debí viajar sobre los costales de maíz, frijol, arroz, latas de galletas, cajas de laterías, tambores de combustible y un sinfín de productos de consumo común, debido a que en la cabina con el chofer iba una señora con dos niños.
Después del primer kilómetro de viaje empecé a considerar si hubiera sido mejor caminar los 63 kilómetros hasta Vigía Chico, pues transitábamos sobre el antiguo camino donde existió la vía férrea angosta o Capdevielle, construida en los inicios del siglo por el Gral. Ignacio A. Bravo, Jefe político del Territorio entre 1903 y 1911.
Los rieles de aquel camino de hierro, ya habían sido levantados y vendidos, algunos durmientes se podían distinguir en pequeños tramos y lo demás eran rocas sueltas, hoyancos y troncos atravesados, de tal forma que las perspectivas del tiempo de viaje eran entre siete y ocho horas, pero además la selva casi cerraba el camino, las ramas golpeaban la parte alta del camión y tuve que meterme debajo de la lona para evitar los golpes de las ramas y los piquetes de hormigas y avispas que me caían encima.
Por fin como a las tres de la tarde llegamos al puertecito, llamado Vigía Chico, no podía creer que aquello había sido la primera capital territorial en 1902, con el nombre de campamento Vega, solo había tres barracas de madera, donde se hospedaban los miembros de un pelotón de la Armada, al mando de un Teniente.
Tres días permanecí en aquel lugar, pues el chofer se fue el mismo día de nuestra llegada a distribuir sus mercancías por los ranchos del sur y mi destino era hacia el norte.
El apoyo de los miembros de la Marina, fue invaluable, me asistieron con alimentos y alojamiento hasta que el motor de su lancha patrulla fue reparado y pudieron llevarme a mi destino.
Fue el viernes 18 de septiembre de 1964, cuando por fin llegué al rancho donde estaría la escuela.
Después de los saludos y de despedir y agradecer al Teniente Cosío todas sus atenciones me instalé en la futura escuela.
Era una bodega de madera y techo de lámina, que por las noches me serviría de dormitorio, acomodé las tres mesas y una docena de sillas para los 11 niños que había en edad escolar, instalé una cortina divisoria entre lo que sería el aula y mi dormitorio.
Ya Don Milo había enviado aviso al rancho “Palmar” de su hermano Manuel, dos km. al sur, para que el lunes asistieran a la inauguración del curso 1964-1965, al mismo tiempo Don Víctor Catzím May, trabajador del rancho, se dirigía al norte para avisar a los del rancho San Juan, situado 3 km. al norte, propiedad del cozumeleño, Don Fernando Esquivel Montaño y administrado por otro cozumeleño, Don Miguel Novelo Medrano.
Durante el Sábado y el domingo tuve tiempo para instalar una madera pintada de negro, que sería mi pizarrón y una larga vara de bambú, recogida de la playa que sería mi asta bandera.
El lunes 21 muy temprano, once niños y cinco adultos, me acompañaron a izar la bandera. Cantamos nuestro Himno Nacional e inmediatamente, pasamos a la pequeña aula donde se inició un año inolvidable,
Ahora sí quedé satisfecho de mi labor educativa, obtuve buenos resultados y al final lo más importante fue que los padres, los alumnos y el Inspector de la Zona, no tuvieron queja de mi labor.
La soledad, el sacrifico y el aislamiento de un joven de 20 años, solo quedan como constancia del buen temple del material que se forjaba en mi querida Alma Mater, la inolvidable Escuela Normal Rural “Gregorio Torres Quintero” de San Diego, Tekax de Yucatán.
Cozumel Q. Roo a 11 de octubre de 2020.
En la foto Veudi Vivas Valdez
Cronista Vitalicio de Cozumel