23/09/2026
Por eso necesitamos convertirnos en una iglesia donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.
No un lugar donde encubrimos lo que está mal.
No un lugar donde nunca confrontamos.
No un lugar que sustituya médicos o terapeutas cuando son necesarios.
Sino un lugar donde decir:
“Necesito ayuda”
no signifique:
“Ahora me voy a quedar solo.”
Imagínense que esa fuera nuestra reputación.
Que alguien dijera:
“¿Sabes qué me gusta de esa iglesia?
Ahí no tengo que fingir.
Ahí esperan que tenga problemas.
Ahí puedo decir la verdad.
Y cuando no pueden resolver lo que me pasa, no me abandonan.
Me ayudan a encontrar ayuda.
Oran conmigo.
Caminan conmigo.
Me cargan.”
¿Y si fuéramos uno de los lugares más seguros de esta ciudad para decir la verdad?
Santiago dice:
«“Confiesen sus pecados unos a otros y oren unos por otros.”»
Unos a otros.
Pablo dice:
«“Lleven los unos las cargas de los otros.”»
Unos a otros.
Jesús dijo:
«“Ámense unos a otros.”»
Y no son tres frases aisladas. También se nos llama a perdonarnos unos a otros, servirnos unos a otros y animarnos unos a otros.
Santiago 5:16 relaciona la confesión mutua y la oración con la sanidad: «Confiésense los pecados unos a otros y oren los unos por los otros, para que sean sanados».
Gálatas 6:2 nos llama a llevar las cargas unos de otros: ¡cárguense las camillas!
Y en Juan 13:34–35 Jesús manda amarnos como él nos amó y dice que ese amor permitirá reconocer a sus discípulos.
No dijo que nos reconocerían por el edificio, el escenario o el pastor, sino por el amor entre nosotros.
Es la iglesia.
La familia de Dios.