07/02/2026
¡Ya amaneció!
Cuando niño, a veces escuchaba a mi padre levantarse a las cuatro de la mañana a darle pastura a los caballos, después de esto, regresaba a dormitar un rato más y después lo escuchaba decir:
- Ya son las seis ¡ya amaneció! -
Y muy apurado se levantaba a preparar el aparejo de los caballos, a cepillarlos, a darles un poco de maíz con sal y a que bebieran agua.
Mientras tanto en la cocina, mi madre encendía la leña en el tlecuitl para preparar el desayuno. Hubo una temporada en que ella crío gallos y gallinas, recuerdo que del nido de las gallinas tomaba a veces unos huevos y los preparaba para almorzar, esto acompañado de una salsa de molcajete y las tortillas recién salidas del comal, un café y a veces un pan.
Después de esto salíamos a la milpa a trabajar ya montados a los caballos, mi padre mientras avanzábamos me decía:
- Las cosas no están bien, pero vamos a trabajar, vamos a echarle ganas y a la vez; me enseñaba cuanto valía la honradez -.
Saludábamos a quien encontrábamos en el camino ¡Buenos días! Y contestaban:
- ¡Buenos días don Benjamín! ¡Que les vaya bien! -
Ya cuando llegábamos a la milpa hacíamos tercios con las gavillas de zacate ya cortado unos días antes, y continuaba la plática mientras atábamos los tercios para alimentar a los caballos en temporada de "secas". Así entré plática y plática, y tragos de agua del garrafón que enterrábamos en la tierra para que estuviera fresca, completábamos y regresábamos a la casa con los caballos bien cargados.
Durante el regreso mi padre me decía de las milpas, de quiénes eran los dueños y con quién colindaba cada una. En algunas casas separadas del pueblo, corrían y ladraban los perros y entre los surcos, se veía a los gansos y a los guajolotes caminando con mucha elegancia, también a los pollos y gallinas andar libremente. Había unos cobertizos con techado de zacate o de teja, que protegían del calor y la lluvia a los toros y vacas, mulas, caballos y yeguas y también los chiqueros de los puercos.
Me llega a la mente otros días como en estas fechas, donde golpeábamos con un palo las vainas de frijol o de haba en el patio de la casa, después de separar el rastrojo quedaba la semilla y para que quedara totalmente limpia, la lanzabámos al viento, así como una ofrenda, como un agradecimiento al cielo por el resultado de nuestro esfuerzo y de nuestro trabajo.
Que elegancia de tiempos tan bellos y cuánta preciosidad de mi tierra bendita, mi querido pueblo, Tuxpan Guerrero.