09/03/2026
Archivo de la IXFA
Del diario del loco y sus visiones del fin de los tiempos.
El Fulgor del ocaso.
La noche eterna lo cubre todo. El sol ya no es más que un tenue resplandor perdido en la oscuridad infinita; algunos aún se aferran a historias de épocas en que su luz bañaba el mundo, pero para la mayoría son solo fantasías.
La humanidad sobrevive en el fondo de grietas abiertas en la corteza, aferrada al calor residual del planeta. Viven en reductos: estructuras piramidales colosales que extraen la energía del corazón moribundo de la Tierra. Son tan antiguas que nadie recuerda quién las construyó —ni si existen otras.
El más grandioso de ellos, el Fulgor del Ocaso, sostuvo su pulso durante milenios. De su núcleo brotaba el “latido de Gaia”, una energía que alimentaba tanto sus máquinas como el manto: un campo de fuerza que aislaba al Fulgor de los horrores que acechan tras el velo oscuro. Pero cuando el latido comenzó a flaquear, surgieron entre los humanos aquellos que podían oírlo y abrazarlo: los resonantes.
Los resonantes absorbían la energía de la Tierra y ejecutaban milagros que rayaban en lo sobrenatural. Pronto alertaron sobre anomalías en el pulso; el Fulgor necesitaba más energía de la que cualquier fuente conocida podía suministrar. A medida que el latido se debilitaba, algo en la oscuridad despertó: colosos olvidados sacudieron los sensores sísmicos, figuras indescriptibles merodearon el borde del manto, y las pesadillas comenzaron a filtrarse en las mentes de los resonantes.
En su desesperación, uno creó la Catedral del Eco: una máquina terrible en la cima del Fulgor que enlazaba su mente a la red de la ciudad. A través de ella expandió su conciencia y refinó la energía del planeta, a cambio de convertir su mente en un conducto. Gracias a ese acto se detectó la caída definitiva del manto y se compró tiempo. Cuando finalmente falló, la humanidad estaba lista: gigantescas defensas se erigieron y fueron alimentadas por el sacrificio de resonantes que ofrecieron sus almas —algunos voluntarios, otros no— para contener la invasión y ganar, quizás, un último respiro.
El "loco" Miguestarchaser.