07/10/2026
El cuidado de los perros en la tercera edad
El cuidado de nuestros perritos en la tercera edad es un tema que no es fácil de abordar, porque muchas veces nos enfrenta a la posibilidad de perder a esos compañeros de cuatro patitas que tanto amamos y que nos han acompañado durante años.
Al igual que ocurre con nuestros seres queridos humanos, nunca estamos suficientemente preparados para su partida. Más aún cuando sabemos que la esperanza de vida de los perros suele ser mucho más corta que la nuestra.
Sin embargo, es muy importante ser ese pilar de confianza y protección que necesitan nuestros compañeros caninos cuando llegan a una edad avanzada.
En este artículo compartiré los puntos que considero básicos para cuidar a nuestros abuelitos perrunos y ayudarlos a tener la mejor calidad de vida posible.
La eterna dupla.
Los humanos y los perros nos hemos acompañado desde hace miles de años. Hemos hecho equipo para sobrevivir y nos hemos ayudado y apoyado de muchas maneras. Más los perros a los humanos, desde luego, aunque ese es tema para otro artículo.
Sin embargo seguimos siendo dos especies diferentes, complementarias y antagónicas paradógicamente, con formas distintas de relacionarnos con el mundo.
Una de las cosas que los perros me han enseñado, y que considero esencial para comprender su vejez, es la resiliencia: la capacidad de adaptarse a los cambios y seguir encontrando bienestar dentro de las posibilidades que tenemos.
Los perros llevan grabado en su genética la sobrevivencia y el amor a la vida pase lo que pase. Cosa que para los humanos resulta no tan evidente.
Los puntos importantes a tener en cuenta son:
1. Revisiones veterinarias periódicas
Si tu compañero de vida canino ya está en la tercera edad, es muy importante realizarle una revisión veterinaria completa anual o semestral, según su estado de salud y los padecimientos que tenga. Algunos perros necesitarán revisiones más frecuentes; eso debe determinarlo un médico veterinario responsable, honesto, serio y capaz.
Estas revisiones permiten dar seguimiento a sus enfermedades, detectar problemas y tratarlos o paliarlos a tiempo, para que el pequeño reciba los cuidados y las atenciones correspondientes a cada padecimiento.
Al igual que sucede con los humanos, al avanzar la edad pueden aparecer distintas enfermedades y limitaciones. Esto no significa que debamos angustiarnos constantemente ni asumir que ya no hay nada que hacer. Muchos padecimientos pueden tratarse o controlarse, y una atención oportuna puede mejorar su bienestar y, en algunos casos, también prolongar su vida.
2. Acompañamiento y vínculo afectivo
Los perritos mayores pueden volverse más dependientes y demandantes de nuestra compañía. Al disminuir su fuerza, su movilidad o algunas de sus capacidades, es posible que busquen en nosotros mayor seguridad y protección.
En esta etapa necesitamos mucha paciencia y tolerancia. Por amor a ellos, debemos atender sus necesidades y ofrecerles compañía de una manera equilibrada, natural y sana. Conviene darles apoyo sin impedir que conserven la autonomía que todavía pueden ejercer.
También debemos cuidar nuestro propio estado emocional. La preocupación desmesurada puede cambiar nuestra manera de hablarles, tocarlos o reaccionar ante ellos, y hacer más difícil que les transmitamos tranquilidad. Si cada movimiento suyo nos provoca alarma, podemos terminar reforzando una dinámica de inseguridad que nos desgaste a ambos y que termine en un círculo vicioso de apego negativo y tóxico.
Podemos acompañarlos con serenidad, observarlos y responder a lo que necesitan, sin convertir cada cambio en una tragedia anticipada. Y si aparecen ansiedad intensa, desorientación o una dependencia que dificulta su descanso, es importante tratarlo adecuadamente.
3. Movimiento y estímulos adaptados a su edad
Es importante no mantener a nuestro perro totalmente inmóvil, resguardado o aislado por temor a que se lastime o a que su situación física empeore. Sí debemos tomar precauciones y respetar las indicaciones de su veterinario, pero también permitirle seguir en contacto con el mundo, dentro de sus posibilidades.
Nuestros abuelitos caninos siguen necesitando motivadores externos: olores, otros perros, personas, paseos y experiencias agradables. Quizá los paseos ya no duren lo mismo que antes. Quizá ya no los veamos correr con la misma energía. Podemos adaptar esas actividades a lo que disfrutan y toleran ahora.
Es importante que sigan sintiéndose parte de su entorno, física, psicológica y emocionalmente. Si los sobreprotegemos hasta privarlos de toda actividad, podemos quitarles experiencias que todavía les proporcionan bienestar y los mantienen vivos, con ese espíritu positivo que da las ganas de seguir existiendo y participando.
Los humanos tenemos que aprender a adaptarnos a nuestras diferentes etapas de vida, y muchas veces ese proceso es penoso y difícil. Si perdemos un brazo u otra parte del cuerpo, o si dejamos de tener la fuerza que teníamos antes, pueden aparecer preguntas existenciales, tristeza y sufrimiento. Cuando además se acumulan enfermedades, esa adaptación puede hacerse aún más complicada.
La resiliencia humana varía de una persona a otra y puede fortalecerse. Para algunos, encontrar un sentido espiritual, mantener vínculos afectivos o descubrir nuevas actividades ayuda a reconocer que la vida sigue teniendo valor aunque nuestras funciones ya no estén al cien por ciento.
Pero la depresión no debe interpretarse como una falta de principios ni reducirse a una baja producción de serotonina. Es una condición en la que pueden intervenir factores biológicos, psicológicos y sociales. Si una persona pierde persistentemente el interés por la vida o presenta síntomas de depresión, necesita una valoración profesional. En la vejez puede requerirse atención geriátrica y de salud mental, con el tratamiento que corresponda a su situación, que puede incluir psicoterapia, medicamentos o ambos.
En el caso de los perros, ellos muestran una capacidad de adaptación que resulta admirable. Una resiliencia prácticamente natural e innata, que sale desde lo más profundo de su ser. Si un perro pierde una extremidad, por ejemplo, puede aprender a desplazarse de otra manera y seguir disfrutando de su comida, sus paseos y su entorno familiar. ¡Sigue amando la vida!
Esa capacidad de continuar viviendo y disfrutando dentro de sus nuevas posibilidades es una de las cosas que podemos aprender de ellos.
4. Comprender su vejez sin proyectar nuestras angustias
Es muy importante observar cómo se encuentra nuestro compañero canino sin dejarnos dominar por el pesimismo. Muchas veces recordamos al cachorrito que llegó a nuestras vidas: una bala que desbordaba energía, que subía y bajaba de los muebles y parecía no cansarse nunca.
De repente, como el tiempo vuela, nos encontramos frente a un abuelito que duerme más, que ya no tiene la misma disposición para subir y bajar de los muebles, y al que quizá, como decimos en México, de vez en cuando se le va el avión.
Entonces nos preocupamos y nos preguntamos: «¿Nuestro perrito ya está a punto de morir? ¿Sigue siendo feliz? ¿Cómo puede seguir disfrutando si lo veo tan apagado? ¿Esto todavía es vida para él?».
Tenemos que recordar que estamos interpretando lo que vemos desde nuestra perspectiva humana. No conviene atribuirles automáticamente nuestros propios conflictos existenciales ni concluir, por su edad o sus limitaciones, que han perdido el interés por vivir.
Si un perro se siente bien, o razonablemente cómodo dentro de su situación, puede seguir disfrutando aunque nosotros no siempre lo notemos.
Por ejemplo, un abuelo canino puede seguir disfrutando de sus premios favoritos, de un paseo en coche, de las caricias o de una terapia que le resulte agradable. Quizá duerma más, tenga momentos de desorientación, necesite más cuidados o ya no muestre tanta energía como antes. Pero puede seguir interesado en el mundo que lo rodea y encontrar bienestar en esas pequeñas experiencias.
Tal vez ya no participe tan activamente en la vida familiar. Eso, por sí solo, no significa que haya dejado de disfrutar. Necesitamos aprender a reconocer sus formas actuales de bienestar, en lugar de exigirle las manifestaciones de energía que tenía cuando era joven.
Al observar a los perros, muchas veces encontramos esa perseverancia por seguir adelante, adaptarse y buscar lo que necesitan. Su capacidad de recuperarse o acomodarse a nuevas limitaciones puede enseñarnos mucho sobre la resiliencia.
Pero no podemos deducir una intención suicida a partir de conductas de huida o de la disminución de su actividad. Tampoco sería adecuado privarlos de agua, alimento o compañía para intentar comprobar sus ganas de vivir. Muchos abuelitos caninos exigen su pan, su taquito de sal o su pedacito de pollo o barbacoa sin pena cual ninguna. Nos levantan la mano con el hocico o la cabeza para que sigamos acariciándolos, o nos ladran para que los ayudemos a alcanzar su juguete favorito o para que los subamos a la cama.
En un abuelo canino, lo importante es observar su bienestar cotidiano: si puede descansar, si el dolor está controlado, cómo se alimenta, cómo se mueve y si sigue disfrutando de sus experiencias y de la compañía.
También conviene evitar mirarlos con una pena constante, como si ya no sirvieran para nada o su vida hubiera perdido valor. Esas son interpretaciones nuestras. Nuestra preocupación puede modificar la relación con ellos y añadir tensión a una etapa en la que necesitan seguridad.
Los perros mayores merecen cuidados acordes con sus necesidades, oportunidades para disfrutar y una compañía que les transmita confianza. Podemos aceptar que su forma de vivir ha cambiado y seguir reconociendo el valor de cada día que pasan a nuestro lado.
5. Limpieza extrema
Nuestros abuelitos caninos pueden tener dificultades para mantenerse limpios como antes. Quizá ya no tengan la misma movilidad para lamerse o frotarse, y necesiten más ayuda para retirar el pelo mu**to, mantener su piel en buenas condiciones y evitar que se acumule suciedad en su cuerpo.
Algunos presentan más babeo, secreciones oculares o nasales, mal aliento o episodios de incontinencia. Si estas manifestaciones aparecen o aumentan, debemos comentarlas con su veterinario, en lugar de asumir que solamente se deben a la edad. La limpieza es importante, pero también necesitamos atender lo que las está provocando.
Si nuestro abuelo canino sigue activo, consciente, come bien y disfruta de su entorno, pero presenta incontinencia, los pañales pueden ser una herramienta de gran ayuda. Debemos revisarlos con frecuencia y cambiarlos en cuanto estén húmedos o sucios. No hay que dejárselos durante horas en esas condiciones: el contacto prolongado con o***a o heces puede irritar y dañar la piel o provocar infecciones diversas. Después de cada cambio, debemos limpiar y secar cuidadosamente la zona.
También debemos cepillarlo con suavidad, bañarlo con la frecuencia y los productos adecuados para su piel y secarlo bien.
Es importante limpiar con cuidado la parte externa de sus orejas, el contorno de sus ojos y su nariz, sin introducir objetos ni aplicar productos irritantes.
Su cama, las mantas y los lugares donde descansa también deben mantenerse limpios y secos.
La higiene de la boca merece atención. Podemos cepillar sus dientes con productos específicos para perros, siempre que el estado de su boca lo permita y que lo tolere sin dolor. Si hay encías inflamadas, dientes dañados o molestias, primero necesitamos una valoración profesional. El cepillado ayuda a retirar la placa, pero no elimina el sarro ya formado ni sustituye una limpieza dental profesional cuando esta es necesaria.
En un perro cardiópata o con otros padecimientos, se deben valorar individualmente los riesgos de una anestesia y las opciones para atender su boca. La edad avanzada, por sí sola, no impide realizar una limpieza dental bajo anestesia; pero la decisión depende de su estado de salud y de una evaluación adecuada.
Ser escrupulosos con la limpieza significa prestar atención constante y actuar con suavidad, respetando sus necesidades y sus límites. Un abuelo canino limpio, seco y cómodo tendrá mejores condiciones para descansar, convivir y disfrutar del lugar donde se encuentre.
6. Bienestar y pequeños gustos al final de la vida
Este punto puede ser controvertido, pero sinceramente soy de la opinión de que, si nuestro perrito está en una etapa terminal, debemos procurar que sus últimos días sean tan agradables como sea posible.
Si quiere un pedacito de algo que disfruta, como salchicha, podemos hablar con su veterinario para saber si ese pequeño gusto no lo matará. Lo mismo ocurre con las actividades: dentro de lo que sea seguro y tolerable para él, podemos darle oportunidades de hacer lo que le gusta.
La vida es muy corta y a todos nos gustaría, si tuviésemos la oportunidad, pasar nuestros últimos dias comiendo, bebiendo y haciendo lo que más amamos en la vida, total de cualquier forma ya tenemos los dos pies en polvorosa. Después de una vida llena de amor y cuidados, cuando ya no hay posibilidad de curar su enfermedad, el objetivo debe centrarse en aliviar el sufrimiento y favorecer su comodidad. Que no podamos curarlo no significa que no podamos seguir cuidándolo: el manejo del dolor y los cuidados paliativos pueden ser esenciales en esta etapa.
Hay que acompañarlo, darle nuestra mano y procurar que se sienta lo más a gusto posible. Y cuando su sufrimiento ya no pueda aliviarse suficientemente, valorar el momento de ayudarlo a trascender en paz.
Es importante no mortificar de más a nuestros perros con restricciones que, en su situación concreta, ya no les aportan un beneficio claro. Esto debe valorarse con su equipo veterinario, para distinguir los cuidados que todavía les ayudan de aquello que les resta bienestar.
A esas alturas, tanto los humanos como nuestros compañeros perrunos necesitamos sentirnos acompañados y poder disfrutar de lo que todavía está a nuestro alcance. Despedirnos de esta vida con la cara en alto y con la sensación de que valió la pena vivirla.
Carolina Jiménez
🐾♥️🐾