10/06/2026
EL POLLO ROSTIZADO DE LOS VIERNES
A los 10 años, yo estaba convencido de que éramos ricos.
No porque tuviéramos una casa grande.
No porque sobrara el dinero.
No porque mi papá llegara con juguetes, ropa nueva o cosas caras.
Yo creía que éramos ricos porque los viernes, al caer la tarde, mi papá cruzaba la puerta con una bolsa transparente que sudaba grasa y olía a leña.
Traía un pollo rostizado.
Y para nosotros, eso no era comida.
Era fiesta.
Cuando mis hermanos y yo veíamos esa bolsita brillar bajo la luz amarilla del foco de la entrada, dejábamos todo tirado y corríamos a la mesa como si hubiera llegado un tesoro.
Porque sabíamos lo que significaba:
Ese día no había solo frijoles.
Ese día no había solo arroz.
Ese día no había que repetir lo mismo de siempre.
Ese día había pollo.
Mi papá llegaba cansado, con la camisa arrugada por el transporte público, el polvo de la calle pegado en los zapatos y la cara de alguien que había peleado todo el día contra la vida… pero aun así sonreía.
Ponía la bolsa en el centro de la mesa como si fuera un trofeo.
Mi mamá calentaba las tortillas.
Mi hermanita iba corriendo a la tienda por un refresco familiar de vidrio.
Y nosotros esperábamos con los ojos brillando, sintiendo que aquella cena era un lujo que no necesitaba mantel elegante para parecer banquete.
Durante la cena, mi papá era el encargado de repartir.
A nosotros nos tocaban las piernas.
Las pechugas.
Los mejores pedazos.
La carne suave.
La parte que realmente llenaba.
Y él, siempre, se quedaba con las alas, el huacal o el pescuezo.
—“Es que ahí está lo más sabroso”, decía mientras chupaba los huesitos.
Y nosotros le creíamos.
Porque cuando uno es niño no entiende los sacrificios.
Solo entiende la alegría.
No ve las cuentas.
No ve el cansancio.
No ve los zapatos rotos.
No ve el hambre escondida detrás de una sonrisa.
Ayer, muchos años después, sentado en mi propia mesa, vi que hoy en día, nuestros hijos están bendecidos, en aquellos tiempos, No había, muchas cosas que hoy en día hay, por fin entendí la verdadera matemática de aquella bolsa transparente.
Mi papá no compraba ese pollo porque le sobrara.
Ese pollo eran sus horas extras.
Era el desayuno que no se comió en la calle.
Era la camisa que no se compró.
Eran los zapatos rotos que decidió seguir usando.
Era el cansancio que se tragó en silencio.
Era el orgullo de un hombre que no tenía mucho, pero quería que sus hijos sintieran que tenían algo.
Y no.
Las alas no eran su parte favorita.
El huacal no era lo que más le gustaba.
El pescuezo no era “la carne con más sabor”.
Se los comía porque quería que la carne buena nos llenara a nosotros.
Qué duro es crecer y darse cuenta de que muchos lujos de la infancia en realidad fueron sacrificios disfrazados de fiesta.
Qué duro es entender que a veces papá o mamá no decía “no tengo hambre” porque ya había comido…
sino porque estaba calculando cómo hacer que alcanzara para todos.
Hay padres y madres que nunca dijeron “te amo” con palabras bonitas.
Lo dijeron llegando cansados.
Lo dijeron trabajando horas extras.
Lo dijeron usando los mismos zapatos.
Lo dijeron comiendo la parte más pequeña.
Lo dijeron ocultando sus preocupaciones.
Lo dijeron poniendo una bolsa de pollo en la mesa y fingiendo que ese día todo estaba bien.
De niño pensé que éramos ricos porque comíamos pollo los viernes.
Hoy entiendo que sí lo éramos.
Pero no por el pollo.
Éramos ricos porque había un hombre o una mujer dispuestos a quedarse con los huesos para que sus hijos comieran carne.
Y eso, con los años, uno lo entiende distinto.
Porque el amor verdadero muchas veces no hace ruido.
A veces llega en una bolsa transparente.
Huele a leña.
Viene caliente.
Se reparte en silencio.
Y se queda con la peor parte para que tú tengas la mejor.
Si todavía tienes a tu padre o madre, míralos bien.
Tal vez muchas veces te dio lo mejor… mientras él se quedaba con lo que sobraba.