14/03/2026
Javier Ariceaga, Apunte de El Oro
(Periódico Rumbo, 29 de agosto de 1982)
Con un clima tan semejante al que se goza en la mayor parte del valle toluqueño, la población de El Oro, Méx. descansa entre las faldas de la primera montaña agujerada, para sacar de sus entrañas aquel metal que han transformado en dios los miserables.
Después de devorar la carretera kilómetro a kilómetro, al recorrer la cinta asfáltica hacia el norte, mirando el monterío ondulado, y después de fotografiar el panorama y los paisajes iguales a los nuestros, nos dio la impresión de estar muy lejos, sin el amparo siempre bello del viejo Xinantécatl.
Pero no, El Oro no está lejos, nos unen las mismas tradiciones, nos identifican las costumbres mismas, y el queso “gruyere” de sus montes, si volvieran a hoyarlo, nos sacaría de la deuda exterior. Eso sería violar a la montaña otra vez, y como las bellas mujeres otoñales, se dejaría querer por el recuerdo del primer estupro.
Sus calles adoquinadas y empinadas, sus caserones viejos y la alegría reinante de su gente, nos hizo recordar el siempre bello Valle de Bravo, como el recuerdo de la primera novia, que regresa uno a mirar, con la carita rosa y juvenil, pero siempre vestida del percal lugareño.
El palacio municipal sigue mirando un horizonte limpio, el perfil porfiriano no pierde su altivez, y en las ventanas enrejadas, siempre enmarcadas con flores de la estación en turno, asoman los ojillos curiosos de las mozas. Luis Chew, amigo de hace mucho, nos platica del pueblo, de sus tertulias y de sus personajes, de la fiesta del Santo, de la excursión anual, y no deja de hablar de los ricos platillos que trajeron al pueblo sus abuelos.
La suegra de Luis nos recibe con su carita bella, y tras los lentes de abuela, nos ofrece un vinillo que saca cautelosa del armario, luciendo sus ojillos rasgados y la sonrisa eterna. La pequeña copita apenas si remoja nuestros labios, pero la linda viejecita, para conquistar al visitante, quita una funda de plástico y nos deja apreciar una vieja victrola con enorme bocina, y el disco de setenta y cinco revoluciones, tan pesado como un comal, deja escapar estas primeras notas:
—“Volverás, golondrina de ojos negros que te vas cruzando el mar, volverás, porque sabes que te quiero y no te puedo olvidar”...
La casa grande, de cuartos muy altos, sostenido su techo por gruesas vigas, hace presumir que en el invierno se convierte en hielera; tal vez por eso la suegra de Chew tiene unas chapas rebosantes de vida. Arriba, en una especie de plazuela del viejo ferrocarril que transportaba el oro de las minas, se encuentra la antigua estación, ahora convertida en tendajón, y en el rinconcito de la calle de Obregón está la vieja cochera donde arreglan, todavía, camiones y automóviles.
La dueña de la cochera, doña Esperanza Cano viuda de Bueno, tiene una hija que desempeña el trabajo del mejor maestro mecánico; el oficio lo conoce tan bien, que muchas veces se le puede encontrar debajo de algún camión arreglando los frenos o el motor. Es como su paisana, la primera mujer que obtuvo licencia de chofer en nuestro Estado, nunca se arredró para transportar troncos y leña bajados de la misma sierra, ante la mirada de azoro y estupidez de los choferes incultos e inmaduros.
Felipe Navarrete, viejo amigo de andanzas, nos lleva a recordar, a la salida para Jungapeo, la casita risueña de Matilde. Era una mujer muy alta, sus brazos morenos y gruesos nos apretaban fuerte; aún recuerdo que al abrazar, casi me cubría todo el cuerpo y yo pegaba mis cachetes a los grandiosos senos que terminaban en un negro p***n, tan formidable como un aguacate de Villa Guerrero.
Miguel Cárdenas [el Quinientón], güerejo, grandulón y malhablado, nos lleva a visitar un restaurante que se encuentra al poniente del pueblo, en la parte alta, donde se aprecian las montañas. Y Cirilo Núñez Navarrete me cuenta que allí se saborea el pescado blanco de Pátzcuaro, los charales, y el rico charanda de Uruapan, sólo que algunos turistas gringos acaparan todo eso para ellos.
—Nada más eso nos faltaba –dice Cirilo, y agrega:—; en California, en el Mar de Cortés, acaparan la pesca con el permiso respectivo de nuestras autoridades, toda la franja fronteriza es el gran negocio yanqui, Acapulco, Mazatlán, Veracruz, etc., etc., es de ellos, y para acabarla de amolar, ya se han metido a Pátzcuaro, a Valle de Bravo, y sólo nos falta que lleguen a nuestro laguito aquí en El Oro.
Al saborear los ricos charales, como botana antes de comer, recordé los acociles que proliferaban en las zanjas de San Mateo Atenco, en Ixtlahuaca, y en todas las cunetas de San Gaspar y San Lucas; había aborígenes que llegaban a la ciudad a ofrecer en enormes canastones esos animalitos tan sabrosos. Ahora el ma***to jabón en polvo acabó con todo vestigio de vida.
Al tomar una tortilla, recordé a doña Cenobia, aquella mujer tan limpia que nos llevaba las tortillas al barrio. En grande chiquihuite, envueltas en servilletas blancas, las tortillas humeaban de calientes, todavía les echaban cal para conservar la dentadura, y aquella señora de Capultitlán, como todas aquellas tortilleras que llegaban a Toluca al mediodía, han desaparecido.
La sobremesa se alargó hasta las siete de la noche, pero hablamos de diferentes temas. Uno de ellos fue “el de cajón”, perdonando la expresión ahora que se trata de reivindicar el idioma, y el de rigor, era Valle de Bravo. Armando López, tesorero de los taxistas de El Oro, acaloradamente discutía sobre su tierra, sobre el escaso turismo, y sobre el visitante nacional que ni siquiera sabe si El Oro existe. Navarrete le increpaba:
—Todo el valle toluqueño es bello, tú ni siquiera conoces Malinalco, Zacazonapan, la presa de Villa Victoria, o de perdida Metepec. Pero en cambio, como los nuevos ricos o como los tolucos que ingresan a algún club pío o religioso, ya te fuiste a España. ¿Y visitaste El Vaticano o recibiste la bendición papal, como si Dios te fuera a perdonar tu vida de agio e intriga?
Armando mejor se calló la boca y cambió de tema. Y un borrachín se acercó a la mesa, saludó a los comensales y dejó escapar de su ronco pecho varias canciones que compuso para su tierra, El Oro. ¡Qué mal cantaba, pero eso sí, lo hacía con mucho sentimiento!
Al bajar de aquel restaurante al pueblo, parecía un nacimiento la ciudad con su luz y sus sombras, más luz que sombras, sus callecitas que redondean las casas parecían farolitos, y la gente, como si se tratara de Santiago Tianguistenco, platicaba en las aceras.
En la casa de Chew permanecí esa noche, y en el corredor de las viejas bugambilias las golondrinas me dieron serenata. En cada pilar, arriba de las puertas, en la mismita fuentecita central del patio de la casa, nidos de golondrinas con sus críos que estiraban el pico, parecían bostezar.
Y muy temprano, me dirigí a Toluca del Chorizo. Atrás dejaba la ciudad de El Oro, con sus montañas quietas, balanceadas y listas para volver a ser nuevamente violadas, y al echarle el último vistazo, recordé la canción de la victrola:
“Volverás, golondrina de ojos negros que te vas cruzando el mar, volverás, porque sabes que te quiero y no te puedo olvidar”...