24/09/2026
Conversando con Mujeres: un viaje increíble por la memoria de México. 🚉✈️⛴️
Coordinado por Teresa Valdés Betancourt, Conversando con Mujeres volvió a ser mucho más que un encuentro. Fue una invitación a detenernos, escuchar y dejarnos llevar por una historia que, esta vez, no estaba escrita solamente con fechas y nombres, sino con sonidos, voces, recuerdos y emociones.
La tarde del 23 de septiembre, Mariana Corona y Jorge Hernández Corona, “El Centavo”, nos propusieron un viaje por la música y, con ella, por la identidad mexicana.
Todo comenzó con una pregunta sencilla: ¿a qué sonaba México antes? Y de pronto aparecieron los tambores, las flautas, las percusiones, los cantos y aquellos sonidos prehispánicos que siguen latiendo en nuestra memoria.
Antes de los grandes escenarios, de las orquestas y de las partituras, ya existía una música ligada a la naturaleza, a los ciclos de la vida, a lo sagrado, a la celebración y también a la guerra. Mariana fue abriendo esa puerta hacia el México antiguo y, en ese recorrido, la mujer apareció ocupando un lugar que durante mucho tiempo hemos dejado en segundo plano: sacerdotisa, guardiana, conocedora, participante de los rituales, transmisora de saberes y también protagonista de una historia en la que la música tenía un profundo significado social y espiritual.
La conversación se fue llenando de raíces, de amores, desencantos y sinsabores. Aparecieron la se*******ad y la palabra, la dimensión erótica de algunos cantos, el Canto de las mujeres de Chalco y la figura de Axayácatl, para recordarnos que la música también podía convertirse en una herramienta de identidad, de poder político y hasta de guerra. Porque la música nunca ha sido solamente acompañamiento. Ha servido para celebrar, llorar, recordar, convocar, protestar y resistir. A través de ella también se han contado las historias que una generación quiere entregar a la siguiente.
Después llegó el México virreinal y con él otro universo sonoro. El siglo XVII trajo influencias europeas que comenzaron a mezclarse con las expresiones que ya existían en estas tierras. El barroco, la música cortesana, los villancicos y los espacios monacales formaron parte de aquella nueva realidad. Y entonces apareció Sor Juana Inés de la Cruz, inevitable en un recorrido donde las mujeres y sus voces tenían un lugar central. Pensarla desde aquel recinto monacal también fue recordar a una mujer que encontró en el conocimiento, en la escritura y en la creación una manera de abrirse paso en un mundo que imponía límites muy estrechos a las mujeres.
La historia siguió avanzando y las canciones fueron cambiando con ella. México se transformó, llegaron nuevas generaciones, nuevos ritmos y nuevas formas de contar el amor, la alegría, el dolor y la inconformidad. Aparecieron las canciones de protesta y, más adelante, voces femeninas como Yuri, Daniela Romo y Ely Guerra, entre tantas otras que han formado parte de distintas generaciones. También surgió una conversación necesaria sobre las mujeres compositoras, intérpretes y directoras de orquesta que han tenido que abrirse camino en espacios donde durante mucho tiempo predominó la presencia masculina. El llamado techo de cristal también existe en la música y reconocerlo forma parte de recuperar la historia de quienes, a pesar de las dificultades, siguieron creando.
Y mientras Mariana Corona hilaba los tiempos, Jorge Hernández Corona, “El Centavo”, hacía que la historia pudiera escucharse. La guitarra, las percusiones, los tambores y la flauta fueron apareciendo para acompañar ese viaje. Entonces la conversación dejó de ser únicamente palabras. La música entró en el espacio y, con ella, llegaron las reminiscencias. Porque todos tenemos una canción que nos devuelve a alguien, a una casa, a una infancia, a un amor, a una celebración o incluso a una despedida. Hay canciones que parecen guardar personas.
Otras conservan momentos. Algunas tienen la capacidad de llevarnos de regreso a un lugar donde quizá ya no existe nada de lo que recordamos, excepto la emoción.
Eso hizo especialmente entrañable esta tarde: no se trató solamente de hablar de la música como parte de nuestra cultura, sino de reconocerla como parte de nuestra vida. La música acompaña nuestras historias personales y, al mismo tiempo, forma parte de la historia colectiva. Por eso el recorrido de Mariana fue también un recorrido por la memoria: desde los sonidos prehispánicos hasta la música contemporánea, desde los cantos rituales hasta las canciones de protesta, desde Sor Juana hasta las mujeres que hoy ocupan escenarios, escriben, componen, dirigen y siguen ampliando los espacios para otras mujeres.
México apareció entonces como lo que es: una enorme composición de voces. No existe una sola música mexicana, porque tampoco existe una sola manera de ser México. Somos raíces indígenas, herencias, mezclas, regiones, historias familiares, sonidos que llegaron de lejos y otros que nacieron aquí. Somos el son, el bolero, el corrido, la música de concierto, la canción popular, la protesta, el rock y las nuevas expresiones que siguen transformando nuestro paisaje sonoro.
Quizá por eso la pregunta inicial terminó adquiriendo otro sentido. ¿A qué sonaba México antes? Sonaba a tierra, a ceremonia, a tambor, a flauta, a voces de mujeres, a celebración y a memoria. Y también suena hoy a todas las generaciones que han tomado esos sonidos, los han transformado y les han dado una nueva vida.
Al final, Conversando con Mujeres volvió a demostrar que una buena conversación puede convertirse en un viaje. Teresa Valdés Betancourt, desde la coordinación de este espacio, abrió nuevamente una puerta para encontrarnos alrededor de la palabra, pero esta vez fue la música la que terminó conduciendo la conversación. Mariana Corona puso la memoria en movimiento y Jorge Hernández, “El Centavo”, hizo que esa memoria tuviera sonido.
Salimos quizá con más preguntas que respuestas, pero también con algo mucho más valioso: la certeza de que nuestra identidad se construye con todo aquello que hemos escuchado, amado, cantado y heredado. Porque hay canciones que cuentan la historia de un país, pero también hay canciones que cuentan la historia de una mujer, de una familia, de una generación.
Y quizá ahí está la magia de la música: nos permite recordar lo que creíamos olvidado y reconocer como nuestro aquello que viene de siglos atrás.
Está tarde, México volvió a sonar. Y en sus sonidos también pudimos escucharnos nosotras.