23/04/2025
Don Ernesto era un pescador experimentado, conocido en su pueblo por su habilidad para lanzar la atarraya y sacar los peces más grandes. Una tarde, mientras navegaba en su pequeña lancha, decidió echar la red cerca de los manglares, donde sabía que los sábalos solían esconderse. Con un movimiento hábil, lanzó la atarraya al agua y comenzó a jalar con fuerza. Pero de pronto, algo enorme y pesado se enredó en la red.
Antes de que pudiera reaccionar, un cocodrilo emergió del agua con un rugido sordo, sus fauces abiertas clavándose en su brazo derecho. El dolor fue instantáneo, agudo, como si el fuego mismo lo estuviera consumiendo. Don Ernesto gritó, forcejeando con todas sus fuerzas, pero el reptil no soltaba su presa. La lancha se balanceó violentamente, y por un momento, temió que lo arrastrara al fondo.
Afortunadamente, unos pescadores cercanos escucharon sus gritos y acudieron rápidamente, golpeando el agua con remos y lanzando piedras al animal. El cocodrilo, asustado por el alboroto, finalmente soltó su agarre y desapareció en las aguas turbias. Pero el daño ya estaba hecho: el brazo de Ernesto estaba destrozado.
Despertó en el hospital, sudando frío, con un dolor punzante donde antes estaba su brazo. El médico le explicó, con voz apenada, que la herida había sido demasiado grave y que la infección era inevitable. No tuvieron más remedio que amputar.
Los días siguientes fueron oscuros. Don Ernesto se miraba al espejo y no reconocía al hombre que veía. ¿Cómo pescaría ahora? ¿Cómo sostendría su atarraya? La desesperanza lo consumió, hasta que una mañana, un grupo de voluntarios de una fundación llegó a visitarlo.
—Don Ernesto, queremos ayudarle —le dijeron, mostrándole una prótesis resistente, diseñada especialmente para trabajadores del río.
Al principio, dudó. ¿Realmente podría adaptarse? Pero con el tiempo, practicando día tras día, aprendió a usarla. No era lo mismo que su brazo de siempre, pero le permitió volver a su lancha, a su río, a su vida.
Y aunque a veces, en las noches tranquilas, el recuerdo de aquel ataque lo hacía estremecer, Don Ernesto seguía adelante. Porque los pescadores, como el agua, nunca se detienen.
Don Ernesto era un pescador experimentado, conocido en su pueblo por su habilidad para lanzar la atarraya y sacar los peces más grandes. Una tarde, mientras navegaba en su pequeña lancha, decidió echar la red cerca de los manglares, donde sabía que los sábalos solían esconderse. Con un movimiento hábil, lanzó la atarraya al agua y comenzó a jalar con fuerza. Pero de pronto, algo enorme y pesado se enredó en la red.
Antes de que pudiera reaccionar, un cocodrilo emergió del agua con un rugido sordo, sus fauces abiertas clavándose en su brazo izquierdo. El dolor fue instantáneo, agudo, como si el fuego mismo lo estuviera consumiendo. Don Ernesto gritó, forcejeando con todas sus fuerzas, pero el reptil no soltaba su presa. La lancha se balanceó violentamente, y por un momento, temió que lo arrastrara al fondo.
Afortunadamente, unos pescadores cercanos escucharon sus gritos y acudieron rápidamente, golpeando el agua con remos y lanzando piedras al animal. El cocodrilo, asustado por el alboroto, finalmente soltó su agarre y desapareció en las aguas turbias. Pero el daño ya estaba hecho: el brazo de Ernesto estaba destrozado.
Despertó en el hospital, sudando frío, con un dolor punzante donde antes estaba su brazo. El médico le explicó, con voz apenada, que la herida había sido demasiado grave y que la infección era inevitable. No tuvieron más remedio que amputar.
Los días siguientes fueron oscuros. Don Ernesto se miraba al espejo y no reconocía al hombre que veía. ¿Cómo pescaría ahora? ¿Cómo sostendría su atarraya? La desesperanza lo consumió, hasta que una mañana, un grupo de voluntarios de una fundación llegó a visitarlo.
—Don Ernesto, queremos ayudarle —le dijeron, mostrándole una prótesis resistente, diseñada especialmente para trabajadores del río.
Al principio, dudó. ¿Realmente podría adaptarse? Pero con el tiempo, practicando día tras día, aprendió a usarla. No era lo mismo que su brazo de siempre, pero le permitió volver a su lancha, a su río, a su vida.
Y aunque a veces, en las noches tranquilas, el recuerdo de aquel ataque lo hacía estremecer, Don Ernesto seguía adelante. Porque los pescadores, como el agua, nunca se detienen.