07/06/2026
🔸 𝗛𝗼𝗺𝗶𝗹𝗶́𝗮 𝟳 𝗱𝗲 𝗷𝘂𝗻𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝟮𝟬𝟮𝟲
𝗠𝗮𝘁𝗲𝗼 𝟵, 𝟵-𝟭𝟯
“𝗦𝗶́𝗴𝘂𝗲𝗺𝗲”
𝗫 𝗗𝗼𝗺𝗶𝗻𝗴𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗧𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼 𝗢𝗿𝗱𝗶𝗻𝗮𝗿𝗶𝗼
¡Qué frase tan escandalosa! “Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Nos cuesta trabajo aceptarla. “Pero la dijo Jesús”... Y de inmediato vienen muchas justificaciones (todos somos pecadores), interpretaciones (lo que quiso decir fue que...) o relativizaciones (bueno, era Jesús). Para muchos, esa frase se puede quedar en el "deber ser" o guardadita en el baúl de los recuerdos para que no nos dé lata. Y, sin embargo, es una invitación clara a que se convierta en una práctica real para todo seguidor de Jesús.
Vayamos con Jesús. ¿Quiénes son los sanos, los enfermos, los justos o los pecadores? Dentro de aquel contexto, en el lenguaje del Maestro, los "sanos" son los dirigentes que disfrutan de privilegios a costa del pueblo sencillo. Los "enfermos" son los que sufren la injusticia de los que se creen buenos. Los "justos" son los que están satisfechos de sí mismos porque cumplen la Ley. Finalmente, los "pecadores" son los que, insatisfechos de sí mismos, buscan la salvación en Jesús.
Así, la cuestión para Jesús no es de cumplimientos o transgresiones, de reglamentos o de juicios. Jesús, como siempre, va a los valores y, con ellos, a las actitudes.
Primer valor: la amistad. Jesús no mide su relación por el comportamiento de las personas; simplemente les ofrece su amistad. Claro, para que esta se dé, es necesaria la reciprocidad: que ambos quieran y construyan juntos esa relación. Lo que es un valor propio de Jesús es ofrecer, de su parte, esa amistad a todos.
Y de aquí brota el segundo valor: la inclusión. Se sentaba a comer con cualquiera. Su identidad consistía, precisamente, en no excluir a nadie. Su mesa estaba abierta a todos; no hacía falta ser santo. Él no discrimina a nadie. Lo llamaron «amigo de pecadores» y nunca lo desmintió, porque era verdad.
Hoy, ¿quiénes son sus amigos? Parejas rotas que no han podido mantener su fidelidad, jóvenes derrotados por la droga, delincuentes indeseables para todos, esclavas de la prostitución, personas LGTBIQ+, migrantes que esperan un pan en cualquier crucero de nuestra ciudad. ¿Quiénes son nuestros amigos hoy? ¿Nos ven como una Iglesia acogedora?
El tercer valor es el fruto de esa amistad. Sí, Jesús come con aquellos amigos y amigas en una mesa donde lo importante no es que sea santa, sino que sea acogedora. Está, disfruta, comparte. Pero es una amistad que trasciende, que llega al corazón, a lo profundo de cada persona. Son enfermos, decía yo, porque sufren la injusticia. Aquí son aceptados, escuchados, su palabra tiene valor. Todo eso llega al corazón y, poco a poco, lo va transformando. Son pecadores porque están insatisfechos consigo mismos, y en Jesús van encontrando caminos de introspección, alternativas de cambio desde lo más íntimo de su ser.
Finalmente, todos estos valores no se quedan únicamente en cambios personales ni en relaciones uno a uno. Las suponen, pero tienen que trascender. “Sígueme”, le dice a Mateo. Él se levantó y lo siguió. Ser amigo de Jesús, ser inclusivo como lo fue él, profundizar en nuestro conocimiento personal e ir recomponiendo nuestro código de valores, se canaliza al aceptar la voz —al mismo tiempo imperativa y amorosa— del Señor: “Sígueme”. A trabajar como él, a vivir como él, a formar comunidad como él. A amar como él amó.
Como nos invita Oseas, esforcémonos por conocer al Señor; así, bajará él sobre nosotros como lluvia temprana, como lluvia de primavera que empapa la tierra. Seguir a Jesús evitará que nuestro amor sea como “nube mañanera, como rocío matinal que se evapora”, de muy corta duración. Seguir a Jesús supone “amor y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”.
Amigos, inclusivos, de profundo autoconocimiento, siempre llamados al seguimiento de Jesús.
"𝗗𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗱𝗲 𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼" 𝗱𝗲 𝗕𝗲𝗻𝗷𝗮𝗺𝗶́𝗻 𝗚𝗼𝗻𝘇𝗮́𝗹𝗲𝘇 𝗕𝘂𝗲𝗹𝘁𝗮, 𝗦.𝗝.
Tú y yo somos los dos una sola hoja de papel.
Yo soy la página de arriba, al sol y al aire,
y a todo el que quiera leer una palabra, oírte y encontrarte.
Tú eres la página de abajo, que me sustenta,
oscuro, invisible, pegado a la madera.
En tu búsqueda no puedo darme la vuelta,
ni salir de mi ser, ni asomarme al otro lado de mí mismo,
ni sorprenderte en un giro repentino
para verte en tu misterio.
Sólo puedo quedarme suspendido
en el silencio de tu gracia
y sentir cómo fluye la vida exacta hasta mí,
desde mi hondura, donde yo me recibo,
inagotable desde ti.
Después, en mi tarea cotidiana,
sales en mí hacia la calle.
Y abrazas con mis brazos.
Y te asomas en mi mirada.
No te avergüenza mi límite,
ni te restringe mi vocabulario.
En mí te vas haciendo un verdadero servidor,
sin obras perfectas.
Juntos ensayamos tu Reino,
en mis intentos de aprendiz eterno,
en esta tierra de futuros.
Dios de abajo, silenciosa consistencia,
no puedo desgarrarme sin herirte,
ni puedo ser tu página abierta
si Tú no eres mi página callada.
Ni yo sin ti, ni Tú sin mí
podemos ser hoy
una palabra tuya
que abrace y mire
en esta carne humana,
en este mundo.
𝗣. 𝗝𝗼𝘀𝗲́ 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗦𝗲𝗿𝗿𝗮, 𝗦.𝗝.