07/10/2025
Jean Verduzco
La queja y el espejo del Estado Jean Paul Verduzco
Jean Verduzco
Oct 01, 2025
La queja colectiva –esa voz de descontento ciudadano que se eleva a veces en protestas y reclamos públicos– puede funcionar como un espejo incómodo en el que el Estado ve reflejadas sus fallas. En tiempos de desencanto social, quejarse no es solo un acto catártico; es también una forma de participación política que evidencia el estado de la democracia. Filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han han analizado las condiciones actuales que alimentan este malestar: aceleración temporal sin cierre, agotamiento, y una democracia del espectador marcada entre otras, por la sobreexposición informativa. Sin embargo, lejos de ser estéril, la queja colectiva bien canalizada ha demostrado un potencial transformador. Ejemplos recientes en el mundo –desde la pacífica Revolución de las Velas en Corea del Sur hasta las masivas protestas anticorrupción en Rumanía– ilustran cómo la ciudadanía, al unísono, puede no solo derribar líderes y leyes injustas, sino también renovar la esperanza en un sistema más transparente, justo y participativo.
Quejarse no es una pérdida de tiempo ni un simple gesto de inconformidad. Desde la psicología, la queja funciona como una válvula de escape: libera frustraciones, ordena emociones y devuelve, aunque sea momentáneamente, un sentido de control frente a lo que se percibe como injusto. Desde la sociología, la queja es una forma de comunicación social: un gesto que individualmente puede parecer trivial, pero que al multiplicarse revela malestares colectivos, se convierte en discurso y, en ocasiones, en demanda política.
La queja, en ese sentido, es más que un desahogo: es un síntoma. Cada vez que alguien se queja frente a una autoridad pública, está afirmando que percibe al menos una posible irregularidad o falla del Estado. Y aquí surge la pregunta de fondo: ¿en qué tipo de Estado se deposita esa queja?
Un Estado burocrático, de corte weberiano, puede ahogar la voz ciudadana en expedientes y procedimientos interminables. En ese modelo, la queja se convierte en un trámite más, con poca o nula capacidad de transformación. Norberto Bobbio recordaba que el Estado democrático debía, en cambio, ofrecer canales de control y participación efectivos, porque solo así mantiene viva su legitimidad. La diferencia es sustancial: en un caso, la queja se archiva; en el otro, la queja se escucha y se transforma en insumo para mejorar.
De allí que la queja funcione como un termómetro de legitimidad institucional. Allí donde los canales de recepción son accesibles, claros y confiables, la ciudadanía percibe un Estado que escucha. Donde la respuesta es opaca, tardía o incluso hostil, la queja se convierte en prueba de la distancia entre la norma y la vida cotidiana. En América Latina, Guillermo O’Donnell habló de Estados de baja intensidad: estructuras que existen en el papel, pero que en la práctica son débiles o arbitrarias. En esos contextos, la queja es apenas un grito en el vacío, incapaz de transformar.
Ahora bien, no se trata solo de un problema institucional. Vivimos, como diría Byung-Chul Han, en una época de aceleración constante: “La aceleración actual tiene su causa en la incapacidad general para acabar y concluir. El tiempo aprieta porque nunca se acaba, nada concluye porque no se rige por ninguna gravitación” (El aroma del tiempo). Esa incapacidad de cierre afecta también al Estado: la queja ciudadana se multiplica porque los procesos rara vez concluyen con claridad. Todo se acumula: trámites abiertos, expedientes inconclusos, respuestas ambiguas. El ciudadano se queja, no solo de la irregularidad, sino de la sensación de que nada termina nunca.
Frente a este panorama, la queja no debería ser vista como una molestia para la administración pública, sino como un instrumento de aprendizaje institucional. Cada inconformidad es un dato valioso que señala un área de opacidad, de abuso o de ineficiencia. Sofocar la queja es perder la oportunidad de gobernar mejor.
El reto, entonces, es transformar la queja en confianza. Para ello, se requiere un Estado que no tema al escrutinio, que abra canales efectivos y que convierta el malestar en acción correctiva. Solo así, la queja dejará de ser un desahogo individual para convertirse en semilla de corresponsabilidad democrática. En un tiempo donde nada parece concluir, escuchar y responder a la queja ciudadana podría ser la manera más concreta de empezar a cerrar ciclos.
La queja colectiva –esa voz de descontento ciudadano que se eleva a veces en protestas y reclamos públicos– puede funcionar como un espejo incómodo en el que el Estado ve reflejadas sus fallas.