23/04/2026
"Presencia de Dios en nosotros".
Pase lo que pase, sientas lo que sientas, pienses lo que pienses, nunca puedes dejar de ser lo que eres.
Cambia y muere la apariencia (la personalidad); lo realmente real (la verdadera identidad, nuestra presencia innata, permanece). Aunque psicológicamente sientas estar desconectado de ella, eres siempre pura Presencia. Nos parece estar desconectados debido a una especie de hipnosis, en la que nos ha introducido nuestra identificación con la mente. Hipnotizados por ella, creemos que es verdad lo que pensamos, mientras no vemos lo que realmente es. Comprender ese efecto hipnótico que nos hace olvidar lo que somos, es condición para vivir todo lo que nos ocurre como oportunidad de “reconectar” de manera consciente, con nuestra verdadera identidad: cualquier circunstancia, cualquier acontecimiento, incluso lo más trivial, podemos vivirla como oportunidad, para abrirnos a comprender un poco más lo que somos. En todo momento, cualquiera que sea el “lugar” adonde la mente nos haya conducido, con el pretexto quizás de una circunstancia “adversa”, vivamos el presente y, percibamos el “fondo” último que se esconde detrás de la “forma” que ha aparecido en ese momento. Notaremos entonces, una quietud que trasciende todo vaivén y, si mantenemos la atención, no nos será difícil percibir que esa quietud es nuestra verdad más profunda. Y que la percibimos precisamente porque lo somos. No hay juicio, no hay queja –ni contra los otros, ni contra ti, ni contra la vida-; hay solo Presencia manifestándose en todo, Presencia que es "Eso", –pura apertura consciente y atenta- que somos, más allá de la idea que nuestra mente se ha hecho acerca de nosotros pensándonos como un “yo” separado. La Presencia no es “algo” donde ir o que buscar, sino "Eso" que somos… Pero solo cuando conectamos conscientemente con ella nos es posible reconocer que estamos (siempre habíamos estado), en “casa”. Todo lo que nos ocurre, es una oportunidad para “reconectar”: salir del estado mental (habitual e hipnótico) –en el que nos identificamos con el yo- y reconocernos como estado de presencia. Sean cuales fueren las circunstancias y los movimientos (mentales o emocionales) que puedan estar manifestándose en este mismo momento, ábrete a conectar conscientemente con Eso que realmente eres. No la mente enredada en su incesante parloteo, ni el “yo” que juzga todo según como le afecta, sino la pura Presencia ecuánime que, como espaciosidad sin límite, acoge todo sin verse afectada por nada de ello. No quieras de entrada pensarlo ni entenderlo con la mente; simplemente, silencia el pensamiento y percíbelo. Así empezamos a acercarnos a ese estado de consciencia que constituye lo que realmente somos. ¿Qué tienen en común una roca, un árbol, un perro y un bebé? Todos ellos son Presencia manifestándose o desplegándose. Lo que es –detrás de las variadas formas en que se manifiesta- es pura Presencia que, en el ser humano, deviene “autoconsciente”. Con el riesgo de que, debido a la apropiación, la mente lo olvide. Pero lo cierto es que, más allá del yo aparente o “personalidad” particular –cuerpo, mente y psiquismo- somos esa misma Presencia, Eso que permanece mientras todo cambia, lo único realmente real. Y esto no es una creencia. Prueba por un simple instante a acallar la mente y pregúntate qué queda. Advertirás que, una vez silenciado todo, lo que permanece es una desnuda consciencia de ser, es decir, pura presencia. Si te permites descansar en ella y saborearla, sin prisa, percibirás que has encontrado tu “casa”, tu verdadera identidad. El hecho de conectar con ella de manera consciente producirá en ti un cambio de estado de consciencia: has sido conducido del “estado mental” –en el que habitualmente nos movemos- al “estado de presencia”. En el primero, nos hallamos identificados con la mente, encerrados en ella como en una jaula y a merced de los movimientos mentales y emocionales, alejados de lo que constituye nuestra verdadera identidad. En el segundo, por el contrario, desaparece por completo la ilusoria “distancia” entre nosotros y el conjunto de lo real –llámese vida o ser- y recuperamos (psicológicamente) lo que nunca habíamos perdido, aunque nuestra mente nos hiciera creer lo contrario: nos experimentamos como plenitud de presencia. Esa Presencia tiene una percepción inmediata y autoevidente de ser. Sabe que es. No a través de ningún raciocinio, sino de un modo directo, sé que soy. No soy nada que pueda pensar o nombrar, no soy ningún objeto capaz de ser observado y ninguna forma impermanente. Soy, por el contrario, Eso que es consciente, que atiende y atestigua; en definitiva, la Presencia una en –de- la que emergen todas las formas. A diferencia del “yo” con el que solemos identificarnos y que, a su vez, es fruto de la identificación con algún objeto determinado, por lo que se halla sujeto a una permanente “impermanencia”. la Presencia es siempre idéntica a sí misma: solo ella, por tanto, puede constituir lo que denominamos nuestra “identidad”, nuestra “ verdadera presencia permanente”
Aquí tienes el texto corregido. Se han realizado ajustes menores de puntuación (comas innecesarias o faltantes), acentuación y concordancia para mejorar la fluidez y la corrección gramatical, manteniendo intacto tu estilo y mensaje original.
Presencia de Dios en nosotros
Pase lo que pase, sientas lo que sientas, pienses lo que pienses, nunca puedes dejar de ser lo que eres. Cambia y muere la apariencia (la personalidad); lo realmente real (la verdadera identidad, nuestra presencia innata) permanece. Aunque psicológicamente sientas estar desconectado de ella, eres siempre pura Presencia.
Nos parece estar desconectados debido a una especie de hipnosis en la que nos ha introducido nuestra identificación con la mente. Hipnotizados por ella, creemos que es verdad lo que pensamos, mientras no vemos lo que realmente es.
Comprender ese efecto hipnótico que nos hace olvidar lo que somos es condición para vivir todo lo que nos ocurre como oportunidad de “reconectar” de manera consciente con nuestra verdadera identidad: cualquier circunstancia, cualquier acontecimiento, incluso lo más trivial, podemos vivirlo como oportunidad para abrirnos a comprender un poco más lo que somos.
En todo momento, cualquiera que sea el “lugar” a donde la mente nos haya conducido, con el pretexto quizás de una circunstancia “adversa”, vivamos el presente y percibamos el “fondo” último que se esconde detrás de la “forma” que ha aparecido en ese momento. Notaremos entonces una quietud que trasciende todo vaivén y, si mantenemos la atención, no nos será difícil percibir que esa quietud es nuestra verdad más profunda. Y que la percibimos precisamente porque lo somos.
No hay juicio, no hay queja —ni contra los otros, ni contra ti, ni contra la vida—; hay solo Presencia manifestándose en todo, Presencia que es "Eso" —pura apertura consciente y atenta— que somos, más allá de la idea que nuestra mente se ha hecho acerca de nosotros pensándonos como un “yo” separado.
La Presencia no es “algo” adonde ir o que buscar, sino "Eso" que somos… Pero solo cuando conectamos conscientemente con ella nos es posible reconocer que estamos (siempre habíamos estado) en “casa”.
Todo lo que nos ocurre es una oportunidad para “reconectar”: salir del estado mental (habitual e hipnótico) —en el que nos identificamos con el yo— y reconocernos como estado de presencia.
Sean cuales fueren las circunstancias y los movimientos (mentales o emocionales) que puedan estar manifestándose en este mismo momento, ábrete a conectar conscientemente con Eso que realmente eres. No la mente enredada en su incesante parloteo, ni el “yo” que juzga todo según cómo le afecta, sino la pura Presencia ecuánime que, como espaciosidad sin límite, acoge todo sin verse afectada por nada de ello. No quieras de entrada pensarlo ni entenderlo con la mente; simplemente, silencia el pensamiento y percíbelo.
Así empezamos a acercarnos a ese estado de consciencia que constituye lo que realmente somos.
¿Qué tienen en común una roca, un árbol, un perro y un bebé? Todos ellos son Presencia manifestándose o desplegándose. Lo que es —detrás de las variadas formas en que se manifiesta— es pura Presencia que, en el ser humano, deviene “autoconsciente”. Con el riesgo de que, debido a la apropiación, la mente lo olvide. Pero lo cierto es que, más allá del yo aparente o “personalidad” particular —cuerpo, mente y psiquismo—, somos esa misma Presencia, Eso que permanece mientras todo cambia, lo único realmente real.
Y esto no es una creencia. Al acallar la mente, queda una desnuda consciencia: pura presencia. Descansar en ella es hallar nuestra verdadera “casa”. Reconectar conscientemente nos lleva del “estado mental” —jaula de identificaciones y emociones— a un estado de presencia donde desaparece la ilusoria distancia con lo real, experimentándonos como plenitud.