20/08/2026
Hay familiares que dicen estar luchando contra la adicción, cuando en realidad llevan años luchando contra una realidad que no quieren aceptar. “Yo lo conozco, conmigo sí entiende”, “si lo vigilo no consume”, “esta vez le voy a prestar dinero porque ahora sí me prometió que va a cambiar”. Y otra vez comienza lo mismo. No siempre es falta de información. A veces es terquedad… esa necesidad desesperada de insistir en una fórmula que ya demostró muchas veces que no funciona, simplemente porque aceptar que no puedes controlar al otro duele muchísimo más.
La terquedad también puede disfrazarse de amor. “Es que yo nunca voy a abandonar a mi hijo”. Y claro que no tienes que abandonarlo. Pero dejar de pagar sus deudas no es abandonarlo. No mentir por él no es abandonarlo. Permitir que enfrente determinadas consecuencias tampoco significa que dejaste de quererlo. A veces el familiar confunde estar presente con estar resolviendo. Entonces, cada vez que el adicto tropieza, aparecen las mismas manos para levantarlo… pero también para quitarle rápidamente aquello que quizá necesitaba enfrentar para comenzar a responsabilizarse.
También existe la terquedad de querer rehabilitarlo a tu manera. Si el profesional recomienda algo que te incomoda, lo cuestionas; si el centro establece un límite, buscas cómo evitarlo; si tu familiar se queja, inmediatamente quieres intervenir. Incluso puede suceder algo paradójico: durante años pediste “por favor, que alguien lo ayude”, pero cuando comienza un tratamiento y ese tratamiento exige que tú también cambies, aparece la resistencia. Porque una cosa es querer que él deje las dr**as… y otra muy diferente aceptar que la familia tendrá que dejar algunas conductas que construyó alrededor de ellas.
Y aquí aparece algo más profundo: quizá no eres terco porque quieras perjudicarlo. Quizá eres terco porque tienes miedo. Miedo a que sufra. Miedo a que se enoje contigo. Miedo a que te diga que eres una mala madre, un mal padre o una mala pareja. Y, sobre todo, miedo a esa pregunta que atormenta a tantas familias: “¿Y si dejo de rescatarlo y le pasa algo?” Por eso trabajar la codependencia no consiste simplemente en aprender a decir “no”. También implica aprender a soportar la culpa, la angustia y la incertidumbre que aparecen después de decirlo.
Si llevas años intentando cambiar a tu familiar y terminas regresando siempre al mismo lugar, quizá sea tiempo de probar un proceso integral con nosotros.