13/08/2026
Angela Davis no es Santa Claus, tampoco es una estampita
Es algo gracioso ver cómo la llegada de Angela Davis a la UNAM ha dado de qué hablar a las guardianas de la ortodoxia feminista.
De un lado:
«“Angela Davis viene a MexicoOoOOOOoO 🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰 es como Santa Claus para las abolicionistas 💜”»
Se ve en páginas que llevan años construyendo su política alrededor de la putofobia y la transfobia.
Y aparecen los comentarios:
“Pero Angela Davis no es abolicionista del trabajo sexual.”
“Ni siquiera es abolicionista del género.”
“¿Cómo pueden promover que vayamos a verla si es pro-trans?”
“No es pro-trans. Eso se lo inventaron las transincluyentes. Ella solamente es interseccional.”
Y una se queda mirando la pantalla pensando: ¿pero han leído a Angela Davis o están jugando a las estampitas?
Porque aquí hay una confusión monumental: se están metiendo en el mismo s**o palabras que pertenecen a genealogías políticas diferentes y luego se utilizan esas palabras como si fueran tests de pureza.
Abolicionista.
Radical.
Interseccional.
Pro-trans.
Abolicionista del género.
Abolicionista de la prostitución.
Abolicionista de las cárceles.
Todo mezclado.
Todo convertido en identidad.
Todo convertido en “las nuestras” y “las otras”.
Y Angela Davis, mientras tanto, ahí, en medio de la pelea, probablemente siendo una de las personas menos interesadas en caber en el mapa de identidades políticas que Twitter, Instagram y Facebook han construido para ella.
Empecemos por la palabra más manoseada: abolición.
Angela Davis es abolicionista.
Sí.
Pero no en el sentido en que algunas feministas utilizan “abolicionismo” para referirse a la abolición de la prostitución.
Su tradición es, fundamentalmente, la del abolicionismo carcelario.
Prisiones, policía, complejo industrial-carcelario, criminalización, violencia estatal.
Y la pregunta incómoda: ¿qué tendría que cambiar en nuestras sociedades para que dejemos de necesitar instituciones que administran la violencia mediante el castigo?
No es igual a decir:
“Hay que abolir la prostitución porque la prostitución es violencia contra las mujeres.”
No son la misma genealogía.
No son el mismo proyecto.
No tienen las mismas estrategias.
Y no parten de la misma lectura del Estado.
De hecho, en una entrevista de 1999 con Siobhan Brooks, Davis habló directamente sobre prostitución y defendió su despenalización. Habló de la importancia de las organizaciones de trabajadoras sexuales y de la manera en que la criminalización afecta a mujeres racializadas.
Esto no significa que Angela Davis sea “la teórica del trabajo sexual” ni que todas las trabajadoras sexuales tengan que asumirla como referente.
Significa algo mucho más básico: si vas a llamar a Angela Davis “Santa Claus de las abolicionistas” porque crees que está hablando de abolir la prostitución, probablemente estás confundiendo dos aboliconismos diferentes.
Luego viene otro desatino: “Angela Davis no es pro-trans”
Aquí la maroma conceptual se pone todavía más interesante.
Porque algunas personas dicen:
“Davis no es pro-trans. Eso se lo inventaron las transincluyentes. Ella solamente es interseccional.”
Como si “interseccional” fuera una posición política equivalente a:
«“Reconozco que existen las personas trans, pero no tengo ninguna opinión al respecto.”»
No.
La interseccionalidad no es una zona de neutralidad.
Y Angela Davis no ha sido ambigua cuando ha hablado de comunidades trans y no binarias.
Ha hablado de las personas trans como parte fundamental de las luchas contemporáneas contra la violencia y como comunidades que han aportado herramientas para cuestionar precisamente aquello que muchas sociedades consideran natural e inamovible: el binario de género, la "normalidad" cis, las categorías que damos por sentadas.
También ha hablado específicamente de la violencia contra las mujeres trans negras.
Así que, una cosa es decir:
“Angela Davis es interseccional.”
Y otra muy diferente es utilizar “interseccional” como una palabra que mágicamente borra las posiciones políticas que la misma interseccionalidad implica.
No hace falta inventar una Angela Davis transincluyente. Ella misma ha hablado.
El problema es que, cuando una autora no cabe perfectamente en nuestras etiquetas actuales, tenemos dos opciones: leerla; o mutilarla hasta que quepa.
Y casi siempre elegimos la segunda.
Luego llegan las transincluyentes a decir: “las TERF no deberían ir”
Y aquí vemos otra cara del asunto.
Porque en algunos espacios transincluyentes e interseccionales la reacción ha sido algo así como:
“Por qué las TERF quieren ir a ver a Angela Davis, si ella es contraria a sus discursos? Que no vayan a robar espacio”
Es una escena que tiene vibras muy de metalero old school fiscalizando a una chavita por llevar una camiseta de su banda favorita...
“¿Te gusta Angela Davis?”
“Sí.”
“¿Pero sabes lo que piensa?”
“Sí.”
“¿Y sabes que las TERF también la leen?”
“Sí.”
“Entonces no entendiste nada.”
O, en su versión whitexican...
«“No todo el mundo debería tener derecho a votar/ver a A.D.”»
Bueno, respiremos...
Porque una universidad no debería ser una misa y Angela Davis no es propiedad privada de las feministas transincluyentes.
Mientras tanto, La Vagabunda plantea que las TERF sí pueden reconocer la importancia histórica de Angela Davis y que no piensan organizarse para "violentarla" como —según ella— hacen "las qu**rs" con Marcela Lagarde. Solo hay una pequeña diferencia que su argumento convenientemente borra: Angela Davis no deshumaniza a las personas trans, como lo ha hecho Lagarde.
Por otro lado, aparece una operación bastante parecida.
Daliah de la Cerda recuerda que Angela Davis fue comunista, radical, perseguida por el Estado, encarcelada y posteriormente absuelta, para responder a quienes cuestionan su activismo “problemático”, “vergüero”, “contrarrevolucionario”.
La reivindicación de Davis es legítima.
Lo problemático es convertir su persecución en un certificado de radicalidad. Que A.D. haya sido perseguida injustamente no significa que toda "verguera" tenga razón. Que alguien sea incómoda no significa que toda crítica hacia ella sea “policía del tono”. Y que una activista sea señalada como “problemática” tampoco la convierte automáticamente en heredera de Davis.
La analogía es seductora, y hasta necesaria para quien vive de que todo se trate de ella misma, pero no demuestra nada.
Y volvemos al mismo problema: el feminismo de estampita.
Unas convierten a Davis en Santa Claus de las abolicionistas; otras la convierten en una entidad para legitimar a las “revolucionarias incómodas”.
En ambos casos dejamos de hacer lo más importante: pensar críticamente.
Angela Davis no es una estampita, ni una contraseña, ni un certificado de pureza política.
Y tampoco lo somos ninguna de nosotras.
Si una TERF quiere ir a escucharla, puede hacerlo.
Y quizá se encuentre con una Angela Davis bastante menos cómoda para sus posiciones de lo que esperaba.
Pero tampoco creo que la respuesta sea burlarse de quienes quieren discutir las condiciones políticas del evento.
Porque aquí nos encontramos ante una cuestión bastante más importante.
¿Quién puede entrar a escuchar a Angela Davis?
Hay trabajadoras sexuales, mujeres racializadas y activistas que están señalando algo que no deberíamos despachar con un meme: ¿es realmente la UNAM un espacio seguro para todas las personas que pretende convocar?
Porque una cosa es celebrar que una universidad invite a Angela Davis.
Y otra muy distinta es preguntarnos qué universidad es esa.
Qué cuerpos entran.
Qué cuerpos son vigilados.
Qué cuerpos son criminalizados.
Qué cuerpos son escuchados cuando denuncian violencia.
Qué cuerpos pueden protestar sin que la protesta se convierta inmediatamente en expediente.
La UNAM no existe fuera de las relaciones de poder que Angela Davis lleva décadas estudiando.
Y sería profundamente extraño utilizar a Davis para hablar de abolición, racismo, género y violencia estatal y, al mismo tiempo, pedir que dejemos de mirar las instituciones concretas que organizan su visita.
Hay activistas que han planteado incluso boicotear el evento porque consideran que las condiciones de acceso y seguridad excluyen precisamente a aquellas personas negras, trans, trabajadoras sexuales y activistas que deberían poder formar parte de ese espacio.
Eso merece ser escuchado.
El problema es que todo el mundo quiere que Angela Davis sea de su equipo.
Las TERF quieren a Angela Davis porque escuchan “abolición” y creen escuchar “prostitución”.
Las transincluyentes quieren a Angela Davis porque escuchan “interseccionalidad” y encuentran una legitimación.
Algunas radicales quieren demostrar que no es suficientemente radical.
Algunas transincluyentes quieren demostrar que las radicales no deberían acercarse.
Y algunas trabajadoras sexuales están preguntando algo muchísimo más incómodo: ¿qué significa hablar de abolición cuando las instituciones que organizan el discurso siguen teniendo poder para vigilarnos, excluirnos y criminalizarnos?
Esa última pregunta me parece bastante más interesante que la guerra de estampitas.
Porque Angela Davis nunca planteó la abolición como una identidad que una persona se coloca en la biografía de Instagram.
La abolición es una práctica.
Una estrategia.
Una pregunta sobre el poder.
¿Quién tiene la capacidad de castigar?
¿Quién decide qué vidas son peligrosas?
¿Quién es convertidx en criminal?
¿Quién es vigiladx?
¿Quién es encerradx?
¿Quién es protegidx?
¿Quién puede circular?
¿Quién puede protestar?
¿Quién puede ser escuchadx?
¿Quién puede hablar sin que su cuerpo se convierta inmediatamente en evidencia en su contra?
Cuando el abolicionismo se convierte en “yo soy abolicionista y tú no”, ya perdimos buena parte del asunto.
No necesitamos decidir si Angela Davis es “pro-trans” para que las personas trans puedan escucharla.
No necesitamos decidir si es “suficientemente radical” para que las radicales puedan asistir.
No necesitamos convertirla en una autoridad moral para reconocer sus aportes.
Y tampoco necesitamos defender cada una de sus posiciones para poder criticarlas.
Eso es pensamiento político básico.
Pero hemos llegado a un punto en el que leer a una autora parece menos importante que demostrar que pertenecemos al bando correcto de personas que también la han leído.
Es la política de la estampita.
Es el feminismo convertido en fandom.
Es el activismo convertido en un control de acceso.
Y aquí hay algo que me parece necesario decir con todas sus letras: el fanatismo y la idealización no son prácticas emancipadoras.
No toda admiración es fanatismo, evidentemente. No hay nada contradictorio entre el feminismo y reconocer el enorme trabajo intelectual, político o militante de determinadas mujeres. El problema comienza cuando admirar significa dejar de cuestionar.
Cuando construimos "vacas sagradas".
Cuando una autora deja de ser una pensadora y se convierte en una autoridad moral.
Cuando cuestionar sus ideas se interpreta como una agresión personal.
Cuando señalar una contradicción se considera una traición.
Cuando la trayectoria de alguien funciona como una especie de inmunidad diplomática frente a la crítica.
Eso no es pensamiento crítico.
Y, paradójicamente, es profundamente patriarcal.
Porque una de las formas históricas del poder patriarcal consiste precisamente en producir jerarquías, autoridades y figuras cuya palabra adquiere un valor diferencial por encima de las demás.
El problema no es que existan referentes.
El problema es que construyamos figuras incuestionables.
Y el feminismo de estampita hace exactamente eso: reemplaza la autoridad masculina por una autoridad femenina sin cuestionar necesariamente la estructura jerárquica que hace posible esa autoridad.
Una mujer puede ocupar el lugar de “gran autoridad” y seguir existiendo una relación profundamente vertical con quienes la escuchan.
No se desmonta el patriarcado simplemente cambiando el s**o de quien está arriba.
Y esto es especialmente visible cuando ciertas figuras públicas establecen condiciones explícitas para aparecer en espacios colectivos bajo las cuales no pueden ser cuestionadas. El caso de Marcela Lagarde es ilustrativo: existen antecedentes documentados de condiciones impuestas para su participación pública que incluyen precisamente restricciones a la posibilidad de interpelarla o cuestionarla.
Y ahí tendríamos que detenernos.
Porque si una feminista puede decir:
“Voy a hablar, pero nadie puede cuestionarme” y la respuesta del movimiento es construir alrededor de ella un perímetro de protección, admiración y obediencia, no estamos desmontando una cultura patriarcal de autoridad.
Estamos reproduciéndola con otras protagonistas.
El feminismo no debería necesitar vacas sagradas.
Necesita interlocutoras.
Pensadoras.
Militantes.
Intelectuales.
Compañeras.
Y, sobre todo, personas que puedan ser discutidas.
Angela Davis no pierde valor porque podamos cuestionarla.
Marcela Lagarde no pierde valor porque podamos cuestionarla.
Ninguna autora, militante, académica o referente feminista debería perder su legitimidad porque alguien señale un error, una contradicción, un límite histórico o una posición problemática.
Al contrario.
Una teoría que no soporta preguntas no es una teoría fortalecida por el respeto: es una autoridad protegida del pensamiento crítico. Esa es una de las cosas más patriarcales que podemos hacer dentro de un movimiento que pretende precisamente combatir las relaciones de poder: poner a determinadas mujeres en un pedestal y después llamar “violencia” a cualquier intento de bajarlas para poder mirarlas de frente.
Por eso tampoco quiero una Angela Davis de estampita.
No quiero una Angela Davis convertida en santa.
Quiero una Angela Davis que pueda ser leída, discutida, contradicha, criticada y, cuando corresponda, reconocida. El pensamiento feminista no debería pedirnos fe. Debería pedirnos algo bastante más difícil: pensar.
Y nosotras estamos discutiendo quién tiene derecho a ponerse una camiseta de Angela Davis.
Angela Davis no necesita que la salvemos de las TERF
Tampoco necesita que las transincluyentes la conviertan en su mascota.
No necesita ser Santa Claus.
No necesita ser una santa.
Y mucho menos necesita que le hagamos decir exactamente aquello que necesitamos escuchar.
Lo que necesita —si de verdad nos interesa su pensamiento— es algo mucho menos espectacular: leerla.
Leer qué entiende por abolición.
Leer qué entiende por feminismo.
Leer qué entiende por raza.
Leer qué entiende por clase.
Leer qué dice sobre el Estado.
Leer qué dice sobre las cárceles.
Leer qué ha dicho sobre las personas trans y no binarias.
Leer qué ha dicho sobre prostitución y criminalización.
Y después discutir.
Incluso discutirle.
Incluso estar en desacuerdo.
Incluso decir: “Angela Davis se equivoca aquí”.
Porque quizá la forma más respetuosa de acercarse a una pensadora como Davis no sea convertirla en una autoridad que confirma nuestras posiciones, sino permitir que nos complique las posiciones que ya traíamos.
Y si una TERF entra a la conferencia, que entre.
Si una transincluyente entra, que entre.
Si una trabajadora sexual entra, que entre.
Si una mujer negra entra, que entre.
Si una persona que no está de acuerdo con Davis entra, que entre.
Y si hay obstáculos institucionales para cualquiera de ellas, entonces discutamos esos obstáculos y exijamos cuentas.
Porque una universidad que invita a Angela Davis pero no puede garantizar que las personas sobre las que ella lleva décadas pensando puedan ocupar el mismo espacio sin miedo, vigilancia o exclusión tiene un problema.
Pero una izquierda feminista que pretende resolver ese problema diciendo quién merece sentarse en una conferencia también tiene uno.
Y quizá esa sea la pregunta verdaderamente incómoda que nos deja esta visita: ¿queremos escuchar a Angela Davis o queremos utilizar a Angela Davis para escucharnos a nosotras mismas diciendo que tenemos razón?
Porque son dos cosas muy distintas.
Y después de todo, si algo ha hecho Angela Davis durante décadas ha sido recordarnos que las luchas no existen en compartimentos estancos.
Que raza no puede separarse de clase.
Que género no puede separarse de raza.
Que sexualidad no puede separarse de las instituciones que administran la violencia.
Que la prisión no puede separarse del capitalismo.
Que el feminismo no puede separarse de la lucha antirracista.
Que la abolición no consiste solamente en destruir una institución, sino en construir las condiciones materiales que hagan innecesaria su existencia.
Y que ningún movimiento que aspire a transformar el mundo debería tener como principal obsesión decidir quién merece estar dentro de la foto.
Así que no.
Angela Davis no es Santa Claus.
Tampoco es una estampita.
Ni una contraseña.
Ni una propiedad de las TERF.
Ni una propiedad de las transincluyentes.
Ni una autoridad que debamos defender acríticamente.
Es una pensadora política.
Y quizá ya va siendo hora de tratarla como tal.
Leerla antes de utilizarla.
Escucharla antes de representarla.
Discutir sus ideas antes de convertirlas en identidad.
Y, sobre todo, mirar alrededor.
Porque mientras seguimos peleándonos por quién tiene derecho a escuchar a Angela Davis, quizá haya cuerpos afuera de la puerta preguntándose algo mucho más básico: ¿a nosotras sí nos van a dejar entrar?
Carrillo Luna