02/03/2026
ANECDOTARIO
El Güero Jaquez.
Ing. Rosario León (Marzo 2021)
Recordando un poco de lo mucho vivido en Chapingo, se me vinieron a la mente los momentos amenos y de riesgo que pasamos, siempre endulzados con las ocurrencias del o los compañeros de cuarto. En especial, aquel chamaco norteño, güero, pelo lacio, de porte desgarbado, de estatura sobresaliente para la edad que alcanzaba, era el más pequeño de los habitantes de aquella casa en la salida de Boyeros, el clásico pelón, importado desde las broncas tierras del Estado Grande, con una gracia natural para arrancar las risas a la primera provocación. El güero Jaquez parecía emanado de una escena de película del viejo oeste, con sus botas de piel de mula, mismas que sólo mostraban la mitad de su lustrosa horma, asomando bajo las mangas del pantalón de mezclilla, que excedían de largo, quedando atrapadas en la parte posterior de las botas bajo el tacón vaquero, y que terminaban deshiladas al término de dos o tres puestas. El cinto piteado se encargaba de retener a la cintura a fuerza de presión, además del pantalón una funda con una navaja 007, que más que una herramienta de trabajo, se convertía en un aditamento decorativo. La camisas vaqueras a cuadros eran de su predilección, siempre combinadas con un chaleco de piel, o con una lustrosa chamarra de pluma de ganso y coronaba su rubia testa un vistoso sombrero resistol. Ese era en aquellos tiempos el ecuánime güero Jaquez, nunca ví que perdiera el control, a lo más su enojo se traducía en un enrojecimiento repentino y pasajero de su pálido rostro, para terminar el asunto con una admirable creatividad tornándolo chascarrillo y arrancándonos la risa al instante. Teníamos poco de habernos mudado a Boyeros y en aquel fin de semana se celebraba un baile en el poblado; ya entrada la noche, el güero empezó a alborotar el nido para asistir a dicho jolgorio, había logrado convencer a un paisanito Sonorense recién llegado, y se sumaba también un colega Jarocho de un cuarto contiguo de nombre Alberto, los de mayor edad éramos Héctor Carrera, de Puebla Jaime Herrera de Zacatecas y un servidor; a sabiendas del peligro que dicho intento entrañaba, dada la animadversión de los Boyerucos hacía los Chapingueros, tanto Héctor como Jaime no estuvieron de acuerdo y yo en un acto verdaderamente aventurero accedí a acompañarlos...muy caro pagaría mi error.
Siguiendo cual perros de presa, el cercano ruido de la fiesta, nos fuimos adentrando en el caserío. Sobre el pavimento se escuchaba el paso de aquellos 4 intrépidos estudiantes de agronomía, sobresaliendo entre el ruidoso caminar, el taconeo del calzado vaquero de aquel émulo de Indiana Jones que se situaba ligeramente detrás, en pareja con Alfredo el otro Sonorense. La luz de los faroles proyectaba nuestras sombras de un sentido a otro sobre el camino, extendiéndolas y acortándolas de acuerdo a su proximidad. De pronto escuchamos el barullo de un grupo de gente detrás nuestro, acercándose y alcanzando a escuchar diálogos intermitentes a forma de cuchicheo, entre los que se alcanzaba a entender" Son chapulines" refiriéndose irremediablemente a nosotros.
Quisimos ignorar el hecho mientras avanzábamos, cuando de manera rápida se me empalmó el Güero y me dijo al oído - Chayo...me empujaron....Luego el paisano secundó " a mi me patearon"; volteé hacia atrás y aquellos 10 ó más lugareños nos empezaron a rodear sobre la calle; .....queriendo resolver pacíficamente el asunto intenté dialogar, más lo que logré fue que me rodearan quedando mis compañeros fuera del círculo, sentí dos o tres patadas , y golpes en el rostro; nunca respondí la agresión, sólo mi sentido de conservación, me hacía repetir una y otra vez, ¡Ya párenle!, ¡no la hacemos!; finalmente y gracias a Dios, dejaron de golpearme y se fueron rumbo al baile...mis compañeros estaban petrificados, no hubo necesidad de decir nada; automáticamente tomamos la dirección de regreso hacia la casa que rentábamos. Llegando al cuarto, Jaime y Héctor nos recibieron con preocupación, recalcando que simplemente habíamos encontrado lo que buscábamos...tenían razon...tomé el espejo; la hinchazón de mis labios casi alcanzaba la altura de mi nariz, y no precisamente soy chato...Observándome con actitud seria...el Güero soltó el chascarrillo " Ya vez, te decía que no fuéramos"; no pude contener una dolorosa sonrisa...Pinche güero, dije en mis adentros...