12/07/2025
LA ODISEA DEL CENTRO CULTURAL HIBUERAS
El 12 de julio de 1989, en medio de un mundo fracturado por el dolor y la violencia, sembramos una semilla, el Centro Cultural Hibueras. Un canto al amor por la vida, a la defensa de lo sagrado: la comunidad, los valores, el latido del planeta y la gracia efímera de existir. Resultaba poético, loco y peligroso pensar así en esos años.
Para nosotros fue un acto de fe. Fe en la solidaridad, en la creatividad que desarma fronteras, en el compromiso que siembra bien donde pareciera que sólo debe reinar el egoísmo.
Con el arte como grito, la agricultura como abrazo y la educación como vela. Hibueras se convirtió en un taller de utopías concretas. Leer, reflexionar, planificar, comprometerse y actuar —cinco verbos que han sido baluartes contra la indiferencia.
¿Ha sido fácil? Jamás.
La ecuación siempre fue despiadada: por cada voluntario, diez detractores; por cada mano tendida, veinte puños cerrados. Pero en esta historia, los números nunca tuvieron la razón. Basta un loco del bien en cada comunidad, un amante del arte, un donante anónimo, para que la luz se multiplique. Y así, entre sombras, Hibueras ha hecho camino al andar, uniendo caminantes como Emaús, para compartir el pan del saber y el saber, aprendiendo, creando.
No nos detuvimos a contar enemigos —¿para qué mirar atrás si el camino se construye caminando? —. Porque donde hay dos corazones que creen, surge el milagro: árboles donde hubo escombros, pájaros donde reinó el silencio, arcoíris tras la tormenta. Hoy, esos jardines de esperanza llevan nombres: se llaman infancia rescatada, comunidad organizada, tierra reverdecida.
36 años —breves en la memoria del universo, pero eternos en la huella que dejamos—. Hoy alzamos la voz para gritar:
¡GRACIAS, EQUIPO! ¡FELICIDADES HERMANOS,HERMANAS, VOLUNTARIAS Y VOLUNTARIOS! ¡GRACIAS AMIGOS y AMIGAS !
A ustedes, voluntarios y voluntarias, tejedores de lo imposible, que creen en la niñez, en el prójimo —incluso cuando el prójimo les dio la espalda—. Gracias por sudar sonrisas, por convertir el "no se puede" en barro, pintura, semilla y libro. Murales, escuelas, clínicas, fincas de permacultura, colonias habitacionales. Comunidades solidarias.
El milagro no fue sobrevivir. Ha sido transformar.
Y aquí seguimos: con las manos sucias de tierra y el alma limpia de sueños.
¡Qué florezcan la vida, la paz y el bien! Y que, en los corazones buenos y las mentes cultivadas, broten milpas de luz que nos alimenten el espíritu de solidaridad.