12/02/2026
Hace dos años, salimos a la comunidad a compartir sándwiches y mensajes de ánimo como parte de nuestro ministerio “Yo Amo Mi Ciudad”. En ese entonces, solo tenía unos meses de embarazo de mi hija, y por poco no fui con el grupo porque no me sentía segura de caminar bajo el fuerte sol durante un par de horas. Fui de todos modos y me alegro mucho de haberlo hecho.
Uno de los lugares a los que fuimos fue el mercado, un lugar donde habia muchas personas. Solo me quedaba un sándwich y vi a un anciano saliendo del mercado, estaba un poco lejos de mí y no sabía si podría alcanzarlo. Pero por alguna razón sentí que el último sándwich era para él. Así que empecé a caminar muy rápido y luego corrí tras él para alcanzarlo. Lo alcancé y le pregunté: “¿Eres padre?”.
A lo que se le iluminó la cara, sonrió y respondió: “Sí, tengo cuatro hijos”.
Le di el sándwich y le dije: “Quiero desearte un Feliz Día del Padre”.
Empezó a hablarme de sus hijos, de cómo ya eran grandes y no vivían cerca, y de que no les hablaba mucho. Aunque no tenía relación con ellos, se notaba por la forma en que hablaba de ellos cuánto él los quería.
Le deseé un Feliz Día del Padre de nuevo y ambos seguimos nuestro camino. Este hombre con el que conversé llevaba un hermoso regalo envuelto. Al alejarme, pensé en Dios, nuestro Padre. Muchas veces, como hijos suyos, nos distanciamos de él, haciendo nuestras propias cosas, viviendo nuestra propia vida. Aunque estemos lejos de él, ¡él todavía piensa en nosotros con todo el amor del mundo! Y él, como Padre amoroso, quiere que corramos hacia él, porque en sus brazos tiene el regalo más preciado para darnos: una relación con él a través del sacrificio de su hijo Jesús.