Las Brujas de la Luna

Las Brujas de la Luna hogar de las brujas, sus lobos y sus gatos 🧚‍♀️🧚‍♂️💃🐶🐶🐶🐶🐶🐶🐱🐱🐱🐱🐱🐱🐱🐱

Un santuario de animales –Ostok, en las afueras de Culiacán– que se ha convertido en un campo de batalla sin disparos. A...
16/05/2026

Un santuario de animales –Ostok, en las afueras de Culiacán– que se ha convertido en un campo de batalla sin disparos. Aquí, los verdaderos combatientes son cuidadores que esquivaban balaceras para dar de comer a leones, hipopótamos y una elefanta con dolor de pata; veterinarios que se negaban a acudir por miedo a los grupos armados; y un empresario que recibió amenazas de muerte y cuya familia fue asaltada a punta de fusil en pleno centro de la ciudad, robándoles el coche y los rifles con dardos calmantes. Porque Ostok no es un zoológico cualquiera: es un refugio para animales rescatados del narcotráfico, de circos y de coleccionistas ilegales. Tigres de bengala que eran mascotas de capos, elefantes usados para el turismo, jaguares decomisados en cateos. Y mientras México se desangra en la guerra fratricida entre el Cártel de Sinaloa, estos animales inocentes han quedado atrapados en el fuego cruzado. La decisión fue inevitable: huir. Trasladar a más de 700 animales a Mazatlán, lejos del in****no. Esta no es una noticia de narcotráfico; es la crónica de cómo la violencia humana convierte a los animales en refugiados de segunda, y de cómo un puñado de héroes anónimos arriesga su vida por ellos.

El relato, conmovedor y aterrador a partes iguales, sigue los pasos de Diego García y Ernesto Zazueta, los responsables del santuario. Cuenta cómo los bloqueos y los incendios de vehículos les impedían llegar a alimentar a los animales. Cómo la noche del operativo para capturar a Ovidio Guzmán, los cuidadores escucharon las ráfagas y los helicópteros, y al día siguiente vieron los coches calcinados en la carretera, justo a la entrada del refugio. Cómo ningún veterinario de Culiacán quiso atender a la elefanta Bireki, coja, por miedo a ser alcanzado por una bala perdida o a ser confundido con un enemigo. Cómo las amenazas escalaron hasta que robaron a la familia de Zazueta sus dardos anestésicos (imprescindibles para las reubicaciones), dejándolos indefensos. El colmo fue tener que pedir ayuda a la Marina para rescatar a dos tigres abandonados en San José de Gracia, en el corazón del triángulo dorado. La mudanza a Mazatlán fue una operación militar: jaulas, contenedores, camiones, y un convoy que sorteaba retenes. Aún quedan 200 animales (muchos de ellos felinos de la infame fundación Black Jaguar, donde los tenían encadenados). Los empleados, que duermen en sus coches para vigilar a los animales en su nueva ubicación, son la prueba de que la compasión puede más que el miedo.

Las consecuencias ecológicas y morales de esta historia son un espejo de la descomposición social. Ecológicamente, el santuario cumplía una función vital: dar hogar a animales exóticos decomisados que no pueden ser reintroducidos (porque nacieron en cautividad o porque sus especies están amenazadas). Sin Ostok, muchos habrían sido sacrificados o habrían vuelto al mercado negro. El traslado a Mazatlán les da una segunda oportunidad, pero la lejanía de su hábitat natural y el estrés del viaje pasan factura. Es una solución de emergencia, no una solución definitiva. Moralmente, la historia es demoledora: demuestra cómo la violencia estructural afecta incluso a quienes no tienen nada que ver con ella. Los animales de Ostok no eligen bandos, no trafican con dr**as, no portan armas. Pero sufren las consecuencias: escasez de alimento, falta de atención médica, y el pánico de los cuidadores. También revela la valentía de los trabajadores, que deciden quedarse cuando la lógica diría que huyeran. "Les mueve mucho el cariño por los animales", dice Zazueta. Esa es la esperanza: que el amor por otras especies pueda ser un ancla ética en medio del caos. Pero también es una acusación: ¿dónde está el Estado? ¿Por qué los veterinarios tienen miedo? ¿Por qué la violencia criminal ha llegado a un punto en el que un refugio de fauna tiene que mudarse para no ser masacrado?

¿Hay esperanza? La esperanza realista es frágil pero existe. El traslado a Mazatlán, con el apoyo de un parque ecológico local, permite a los animales vivir sin el ruido de los fusiles. Zazueta planea construir viviendas para los cuidadores, que han sacrificado su tranquilidad. La esperanza a largo plazo pasa por una solución política al conflicto del narco, lo cual parece lejano. Pero también por un mayor reconocimiento de los santuarios como infraestructuras de seguridad nacional: proteger a los animales decomisados es también proteger la salud pública y la biodiversidad. Se necesitan fondos federales para blindar estos refugios, formar a los equipos en protocolos de riesgo, y garantizar la atención veterinaria en zonas conflictivas. Además, la presión ciudadana (visitas, donaciones, difusión) puede hacer que los políticos actúen. El caso de Ostok es una oportunidad para visibilizar el vínculo entre tráfico de especies, crimen organizado y violencia. Si los cárteles usan animales exóticos como símbolo de estatus, desmantelar esas colecciones es parte de la lucha contra el narco. Pero mientras los cuidadores sigan durmiendo en sus coches para proteger a un tigre, algo falla.

La pregunta que este santuario vacío, con cámaras grabando a desconocidos acechando la puerta, nos lanza a la conciencia es un rugido ahogado: ¿Qué sociedad permite que sus rescatistas de animales tengan más miedo que sus propios animales? ¿Qué civilización abandona a una elefanta coja porque los veterinarios tiemblan al volante? La respuesta es dura: una sociedad fallida, donde la ley es un papel mojado y el coraje se mide en dosis de resistencia cotidiana. Los animales de Ostok no entienden de cárteles, de balaceras, de bloqueos. Entienden de hambre, de dolor, de gente que les da de comer. Y esa gente, la que arriesga su vida por ellos, es lo único que nos queda de humanidad. Ojalá Mazatlán sea un puerto seguro. Ojalá los tigres olviden el ruido de los helicópteros. Ojalá la elefanta Bireki encuentre un veterinario sin miedo. Pero sobre todo, ojalá algún día un animal rescatado no tenga que huir de nuevo. Porque si tienen que hacerlo, será que nosotros, los humanos, no hemos aprendido nada. Ni con ellos, ni con nosotros. Y esa es la guerra más triste de todas.

Familia Pacheco migró de Maracay, Venezuela en agosto de 2023.Padre. Madre. 2 hijos: 9 y 6 años.Y su perro Pancho. Mesti...
06/05/2026

Familia Pacheco migró de Maracay, Venezuela en agosto de 2023.
Padre. Madre. 2 hijos: 9 y 6 años.
Y su perro Pancho. Mestizo amarillo-marrón. 4 años.

Caminaron 1.200 km hasta llegar a Bogotá.
3 meses de viaje.
Pancho caminó cada paso con ellos.
Le hicieron pequeñas botas con tela vieja para protegerle las patas.
Lo cargaron en mochila por tramos cuando estaba cansado.

Llegaron a la frontera Cúcuta-Villa del Rosario el 30 de octubre.
Migración los retuvo 14 horas.
Multitud. Confusión.

Pancho desapareció en el caos.
La familia lo buscó 3 días en la frontera.
Sin documentos. Sin recursos.
Tuvieron que continuar a Bogotá sin él.

La madre Yenifer lloró 6 meses sin parar.
"Pancho caminó con nosotros 1.200 km. Lo dejamos en la frontera."
Sentimiento de culpa que nunca terminó.

Llegaron a Bogotá. Encontraron departamento humilde.
Los niños empezaron escuela.
La vida siguió. Pero sin Pancho.

8 meses después.

7 de abril de 2024 a las 11:48pm.
Cámara CCTV de tienda cerca al apartamento de la familia capturó algo.
Un perro flaco amarillo-marrón caminando solo por la acera.

Llegó a la puerta del apartamento de la familia Pacheco.
Se sentó.
No se movió.

Yenifer abrió la puerta a las 6:30am del 8 de abril.
Iba a comprar pan.
Vio el perro frente a la puerta.

Lo miró. El perro la miró.
Yenifer cayó de rodillas.
"¿Pancho?"

Pancho saltó. Lloró perrunamente.
Lamio toda la cara de Yenifer en una avalancha de afecto.

Reconocimiento total después de 8 meses.

Veterinario examinó:
Pancho pesaba 12 kilos. Debía pesar 22.
Patas con cicatrices profundas.
Piel con marcas de garrapatas, pulgas, hongos.
Pero entero. Sano dentro de lo posible.

Reconstrucción del viaje de Pancho:
- Octubre 2023: perdido en frontera Cúcuta.
- Noviembre 2023 - abril 2024: caminó 1.200 km de Cúcuta a Bogotá.
- Aproximadamente 5-6 km diarios cuando estaba sano.
- Sobrevivió de comida que le daban migrantes en el camino.
- Siguió ruta principal de migración (la misma que su familia había hecho).
- En Bogotá olfateó hasta encontrar el apartamento exacto.

¿Cómo encontró el apartamento?
Etólogos rurales explicaron:
"Algunos perros tienen memoria olfativa extraordinaria.
Pancho probablemente recordó olor familiar específico.
Bogotá es enorme. Pero olor humano de la familia es distintivo."

La familia Pacheco le hizo cama nueva.
Pancho durmió 17 horas seguidas el primer día.
Yenifer le compró todo lo que podía.

La historia se hizo viral en redes de migrantes venezolanos.
"Pancho llegó a Bogotá. Después de su familia."
4.7 millones de reproducciones.

Hijos abrazaron a Pancho cada día desde el reencuentro.
Sara (10 años): "Mami, Pancho me esperó. Yo nunca volví a esperar nada como antes."

"Algunos no se rinden donde nosotros nos rendimos," dice Yenifer.
"Pancho nos enseñó qué significa caminar 1.200 km dos veces. Una con nosotros. Otra solo."

Algunos perdidos no esperan que los encuentren. Encuentran ellos solos.

➡️ Si conoces a familia migrante con mascota perdida, comparte. Algunos vuelven después de meses.

Plantas que favorecen a las luciérnagas y a sus larvas en el jardín español. ✨Atraer luciérnagas en España no va tanto d...
29/04/2026

Plantas que favorecen a las luciérnagas y a sus larvas en el jardín español. ✨

Atraer luciérnagas en España no va tanto de flores néctaríferas como de crear el hábitat adecuado. La luciérnaga común (Lampyris noctiluca), el gusano de luz que brilla en las noches de verano, apenas se alimenta en su fase adulta. Las larvas, en cambio, pasan casi dos años cazando caracoles y babosas pequeños en el suelo. Lo que atrae luciérnagas es un jardín con escondites frescos, humedad y una buena cadena de caracoles.

🌿 Estas plantas crean ese refugio:

Milenrama (Achillea millefolium): ideal en bordes, genera una base densa donde se refugian caracoles pequeños de los que se alimentan las larvas.

Tomillo rastrero (Thymus serpyllum): tapiz bajo y aromático que mantiene la humedad del suelo sin encharcarlo, favorito de las larvas para esconderse durante el día.

Melisa y mejorana: hierbas aromáticas mediterráneas que forman matas densas y frescas a ras del suelo.

Vara de oro (Solidago virgaurea): especie autóctona europea (no confundir con las variedades americanas invasoras). Genera follaje alto donde los adultos pueden posarse.

Manzanilla silvestre (Matricaria chamomilla) y centaurea: flores de pradera que enriquecen un prado sin segar.

Dondiego de noche (Mirabilis jalapa): se abre al atardecer, justo cuando las luciérnagas empiezan a brillar. Atrae también a la esfinge colibrí.

Aster amellus: autóctono europeo, floración tardía que prolonga el ambiente de pradera hasta septiembre.

🌱 Lo que importa de verdad:

Una zona sin segar del jardín. Dejar hierba alta, tréboles y alguna ortiga en un rincón tranquilo.

Hojarasca acumulada bajo arbustos y setos. No retirarla en otoño.

Piedras planas, troncos viejos y montones de madera mu**ta, donde la larva vive durante dos años.

Sin insecticidas, sin cebos antilimacos y sin luces exteriores encendidas en las noches de verano.

El jardín que atrae luciérnagas es el jardín que se deja vivir un poco a su aire. 🌙

🟣Le dicen “la dogñita” y se volvió viral porque no está ahí de adorno. Es la socia silenciosa de la señora de los tamale...
28/04/2026

🟣Le dicen “la dogñita” y se volvió viral porque no está ahí de adorno. Es la socia silenciosa de la señora de los tamales. Cada mañana se sienta en la entrada, con su mandil puesto y esa mirada seria de quien sabe que está chambeando: recibir a los clientes. Está. Presente.

Quienes crecieron entre cocinas lo entienden: el sazón no solo viene de las manos, también de la compañía. Y ahí, firme, ella cuida el momento.

El mandil no es cualquier cosa, es identidad, memoria y trabajo. Es ponerse en modo hogar, en modo cuidado. Y sí, portar mandil es de top, de las verdaderas jefas que sostienen todo sin hacer ruido.

¿Conoces a otra mascota que tenga su chamba del diario? Cuéntanos su historia.

17/04/2026

Ahora amenaza la vida de las activistas que la denunciaron.

Firmó todo el divorcio el mismo día en que le preguntaron qué quería pelear. 💔Tres años de matrimonio, una casa, un carr...
14/04/2026

Firmó todo el divorcio el mismo día en que le preguntaron qué quería pelear. 💔

Tres años de matrimonio, una casa, un carro, una tele y todos los muebles — su ex le dijo que si quería al gato le firmaba todo sin discutir, y Diego agarró la pluma y firmó porque no había nada más que pensar, porque los tres años que estuvo casado el único que se echaba con él cuando ella le gritaba era el Flaco, y eso no se negocia con ningún abogado del mundo.

Salió con una maleta, dos bolsas de ropa y el gato.

Esa noche durmió en el piso del cuarto que le rentó su tía, sin colchón, sin muebles, con el Flaco encima como si ese fuera el plan desde siempre, y su tía los vio así y nos lo mandó sin poder explicar bien lo que sintió al verlos. 💔

Cuando le preguntaron si se arrepentía dijo que no.

Dijo que esos tres años el único que lo escuchó de verdad fue el Flaco, que la casa se consigue, que el carro se consigue, que los muebles se consiguen, pero que un animal que te elige en lo peor no aparece dos veces. Lleva tres semanas en ese cuarto vacío y el Flaco duerme encima de él todas las noches como si no hubiera ningún problema con el colchón. 🐾

Perdió todo lo que tenía.

Se quedó con lo único que le importaba, y según él salió ganando. 💔

En medio de un incendio volvió para guiarlo a la salida. El fuego comenzó a consumir la casa en cuestión de minutos. El ...
13/04/2026

En medio de un incendio volvió para guiarlo a la salida.

El fuego comenzó a consumir la casa en cuestión de minutos. El humo lo cubría todo, el calor era insoportable y el caos parecía no tener salida. En medio de esa escena, una cámara captó algo que nadie esperaba: un gato, rodeado por las llamas, no corrió para salvarse… se detuvo. Miró a su alrededor, como buscando a alguien, hasta que lo encontró. Su mejor amigo, un pequeño chihuahua, estaba paralizado, temblando, sin entender lo que pasaba. Nunca había visto algo así, y el miedo lo dejó inmóvil.

Sin dudarlo, el gato regresó por él. Se acercó, lo sujetó con firmeza y comenzó a jalarlo, insistiendo una y otra vez. No era agresividad, era urgencia. Era un intento desesperado por hacerlo reaccionar, por sacarlo de ese lugar antes de que fuera demasiado tarde. Paso a paso, entre cenizas y fuego, el gato lo empujó a moverse. Porque en ese momento, no importaba el peligro, ni el instinto de huir… lo único que importaba era no dejarlo atrás.

Y entonces ocurrió lo que parecía imposible. Entre el humo y las llamas, ambos lograron encontrar una salida. El chihuahua, aún temblando, siguió cada tirón de su amigo hasta que finalmente cruzaron hacia un lugar seguro. Afuera, lejos del fuego, cayeron exhaustos… pero vivos. Gracias a ese instante de valentía, los dos lograron salir ilesos, demostrando que incluso en los momentos más oscuros, la lealtad puede ser más fuerte que el miedo.

El día que dejé de llevarle el correo al porche de un anciano, su gato viejo siguió esperándome en la ventana, como si y...
10/04/2026

El día que dejé de llevarle el correo al porche de un anciano, su gato viejo siguió esperándome en la ventana, como si yo también lo hubiera dejado a él.

Durante once años hice la misma ruta de reparto por la zona este de la ciudad.

Las mismas aceras agrietadas. Los mismos buzones abollados. Las mismas pequeñas costumbres que casi nadie ve… hasta que desaparecen.

La casa de don Manuel era una de esas costumbres.

Una casita clara, con la pintura ya gastada, dos escalones vencidos en la entrada y una ventana delantera detrás de la que casi siempre estaban los mismos ojos.

No los de don Manuel.

Los del gato.

Era un gato naranja, grande, con una oreja rasgada y esa cara de estar decepcionado con el mundo entero. Todas las mañanas se sentaba allí, tieso detrás del cristal, como si la casa fuera suya y media calle también. Don Manuel se reía y decía:

—No le haga caso a Simón. Él cree que vigila todo el barrio.

Yo le daba el correo, y Simón me miraba como si llegara tarde, incluso cuando no era así.

Era lo de siempre.

Don Manuel vivía solo. Su mujer había mu**to años antes de que yo lo conociera. Nunca supe bien si tenía hijos. Desde luego, yo no vi aparecer a nadie por allí. Era educado, callado, de esos hombres mayores que te agradecen las cosas con una inclinación de cabeza en vez de con muchas palabras.

Algunos días me daba la impresión de que yo era la primera persona con la que hablaba.

Y más de una vez pensé que seguramente también sería la última.

Así que, cuando podía, me quedaba un minuto más.

Comentaba el tiempo. Me quejaba de las rodillas. Le dejaba contarme cómo Simón había abierto una vez un armario de la cocina para robar una barra de pan entera.

Nada importante.

Solo lo justo para recordarle a un hombre que seguía estando ahí.

Hasta que un lunes el buzón estaba lleno.

Eso pasa. La gente se va unos días. La gente se despista.

Para el miércoles había folletos atascados y un sobre acolchado medio salido. Las cortinas estaban echadas. Simón no estaba en la ventana.

Me quedé allí más tiempo del que debía, con un montón de cartas en la mano y una sensación fría cruzándome el pecho.

El jueves por la tarde me enteré por una mujer que vivía dos casas más abajo.

Don Manuel había mu**to en su sillón.

Muerte natural, me dijo en voz baja. Creían que había sido el fin de semana anterior.

No recuerdo mucho más de aquella conversación. Solo el sonido de mis pasos volviendo a la furgoneta. Solo el peso absurdo de la publicidad en la cartera. Solo aquella ventana vacía.

Me dije lo que se diría cualquiera.

Don Manuel era un vecino de mi ruta. Simón era un gato. La vida sigue.

Pero el viernes le pregunté a la vecina si sabía qué había pasado con él.

—¿Con el gato? —me dijo—. Se lo llevó la protectora.

Asentí como si aquello estuviera bien.

Luego me fui a mi piso, calenté una sopa y me senté en la mesa de la cocina con la televisión en silencio. La casa estaba demasiado callada, y yo no dejaba de imaginarme a aquel gato naranja en la ventana, esperando a un hombre que ya no iba a volver.

El domingo por la mañana ya iba en coche camino del refugio.

Me dije que solo quería echar un vistazo.

Era mentira, aunque todavía no lo supiera del todo.

Una chica joven en recepción buscó la ficha de Simón y me miró con esa expresión que pone la gente al ver un mueble viejo abandonado en la acera.

—Es un gato mayor —me dijo—. Desde que llegó está muy apagado. Apenas come.

Le pregunté si podía verlo.

Me llevó por un pasillo lleno de perros ladrando y gatos nerviosos, y se paró delante de una jaula al fondo.

Durante un segundo, casi no lo reconocí.

Simón parecía más pequeño. Tenía el pelo apagado. Los hombros vencidos. Ya no estaba erguido y serio, como cuando se sentaba en la ventana de casa. Estaba acurrucado en una esquina sobre una manta, como si intentara ocupar el menor espacio posible en el mundo.

La chica me dijo:

—Normalmente no le hace caso a nadie.

Me acerqué.

Simón levantó la cabeza.

Me miró durante un segundo largo.

Luego se levantó, vino directo hacia la reja y pegó la cara a los barrotes.

No maulló. No montó ningún espectáculo.

Solo me miró.

Como diciendo: Ya era hora. Has tardado bastante.

Ojalá pudiera decir que aguanté el tipo.

No fue así.

Algo dentro de mí se abrió de golpe allí mismo, en aquel pasillo del refugio.

A lo mejor era la pena por don Manuel. A lo mejor la culpa. O quizá era simplemente darme cuenta de que, en todos esos años, yo nunca había pensado que aquel gato se fijara en mí tanto como yo me había fijado en él.

Pero sí.

De entre toda la gente del mundo, yo era alguien conocido para él.

La chica suavizó la voz.

—A veces los animales mayores llevan muy mal los cambios.

Yo asentí, pero no era solo eso.

No era un cambio sin más.

Era una pérdida.

Y de eso yo sabía algo.

Llevaba ocho años divorciado. Mi hija vivía en otra comunidad. Hablábamos, sí, pero menos de lo que deberíamos. Mi piso estaba limpio, en silencio, y solo de una forma que había dejado de admitir en voz alta. Por la tarde no me esperaba nadie. Por la mañana no había nadie que notara de verdad si yo salía o no.

Miré a Simón y pensé: tú también, ¿eh?

Pregunté qué tenía que firmar.

La chica parpadeó.

—¿Quiere adoptarlo?

Me reí con lágrimas en los ojos.

—Señorita, yo creo que el que me ha adoptado es él.

La primera noche en casa, Simón se escondió tres horas debajo del sofá. Pensé que quizá me había equivocado. Que ser una cara conocida dentro de una jaula no era lo mismo que pertenecer a una casa nueva.

Pero sobre las nueve salió, saltó a la silla junto a la ventana y se quedó allí sentado, en la oscuridad.

Esperando.

Se me cerró la garganta.

Durante un segundo pensé que seguía esperando a don Manuel.

Entonces me levanté para echar la llave, y Simón se giró, bajó de la silla y me siguió hasta la cocina. Allí se rozó una vez contra mi pierna, despacio, con seguridad, como si acabara de tomar una decisión.

De eso hace ya seis meses.

Y ahora, cada tarde cuando vuelvo a casa, hay un gato naranja sentado en mi ventana.

No porque siga atrapado en el pasado.

No porque haya olvidado al primer hombre al que quiso.

Sino porque, después de tanta pérdida, decidió volver a querer.

Y, la verdad, yo también.

El perro del vecino lo atacó en su propio patio y el vecino dijo que era culpa del gato por andar suelto. 😤Pelón estaba ...
10/04/2026

El perro del vecino lo atacó en su propio patio y el vecino dijo que era culpa del gato por andar suelto. 😤

Pelón estaba en el patio de su casa cuando el perro del vecino entró, no fue un accidente ni un malentendido, fue un ataque, y cuando la mamá escuchó los gritos salió corriendo y encontró a Pelón en un estado que no vamos a describir porque no hace falta, lo agarró, lo metió al carro y manejó al veterinario con las manos temblando mientras el gato seguía vivo de puro milagro.

Las heridas eran serias. La operación fue larga.

Cuando la mamá fue a hablar con el vecino para pedirle que respondiera por los gastos, el vecino le dijo que para eso no debería dejar al gato suelto, que los animales son animales y que él no tenía la culpa de lo que hace su perro, así dijo, sin vergüenza, mirándola a los ojos, como si Pelón se lo hubiera buscado por existir. La vecina de enfrente que escuchó todo nos lo contó esa semana sin poder creerlo. 😤

Pelón lleva tres semanas recuperándose en el sillón.

Come con ayuda, duerme mucho, y la mamá dice que lo primero que hizo cuando volvió a casa después de la operación fue buscarla con los ojos hasta encontrarla, y que en ese momento supo que iba a estar bien aunque el veterinario todavía no estaba seguro. Eso fue suficiente para ella. 🐾

El vecino nunca pagó nada. Pelón sobrevivió de todas formas. 😤

La encontraron adentro de la cuna un martes por la mañana y nadie supo cómo explicárselo a nadie. 💔La familia había cerr...
05/04/2026

La encontraron adentro de la cuna un martes por la mañana y nadie supo cómo explicárselo a nadie. 💔

La familia había cerrado el cuarto de bebé semanas atrás después de perder al bebé, esa clase de dolor que no cabe en palabras y que convierte un cuarto en algo que nadie puede mirar sin que todo se derrumbe, y la puerta había permanecido cerrada desde entonces.

Luna la empujó sola, nadie sabe cuándo, y no llegó a quedarse quieta en cualquier lugar del cuarto, llegó directo a la cuna y llevó consigo sus juguetes, el ratón de tela, la pelota de cascabel, el pompón azul, todos dentro, todos acomodados alrededor de ella con una paciencia que no tiene explicación razonable. 😿

La mamá la encontró ahí esa mañana y se quedó parada en la puerta sin poder entrar ni salir durante un rato que no supo cuánto duró.

Nos lo contó ella misma días después, dijo que Luna había hecho en cinco minutos lo que ella no había podido hacer en semanas, entrar a ese cuarto y quedarse. 📸

Hay dolores que los humanos no saben cómo cargar solos, y a veces aparece alguien con cuatro patas que tampoco entiende bien qué pasó pero decide quedarse adentro de todas formas. 🤐

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Taxisco, Santa Rosa
Taxisco
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Miércoles 09:00 - 17:00
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