16/05/2026
Un santuario de animales –Ostok, en las afueras de Culiacán– que se ha convertido en un campo de batalla sin disparos. Aquí, los verdaderos combatientes son cuidadores que esquivaban balaceras para dar de comer a leones, hipopótamos y una elefanta con dolor de pata; veterinarios que se negaban a acudir por miedo a los grupos armados; y un empresario que recibió amenazas de muerte y cuya familia fue asaltada a punta de fusil en pleno centro de la ciudad, robándoles el coche y los rifles con dardos calmantes. Porque Ostok no es un zoológico cualquiera: es un refugio para animales rescatados del narcotráfico, de circos y de coleccionistas ilegales. Tigres de bengala que eran mascotas de capos, elefantes usados para el turismo, jaguares decomisados en cateos. Y mientras México se desangra en la guerra fratricida entre el Cártel de Sinaloa, estos animales inocentes han quedado atrapados en el fuego cruzado. La decisión fue inevitable: huir. Trasladar a más de 700 animales a Mazatlán, lejos del in****no. Esta no es una noticia de narcotráfico; es la crónica de cómo la violencia humana convierte a los animales en refugiados de segunda, y de cómo un puñado de héroes anónimos arriesga su vida por ellos.
El relato, conmovedor y aterrador a partes iguales, sigue los pasos de Diego García y Ernesto Zazueta, los responsables del santuario. Cuenta cómo los bloqueos y los incendios de vehículos les impedían llegar a alimentar a los animales. Cómo la noche del operativo para capturar a Ovidio Guzmán, los cuidadores escucharon las ráfagas y los helicópteros, y al día siguiente vieron los coches calcinados en la carretera, justo a la entrada del refugio. Cómo ningún veterinario de Culiacán quiso atender a la elefanta Bireki, coja, por miedo a ser alcanzado por una bala perdida o a ser confundido con un enemigo. Cómo las amenazas escalaron hasta que robaron a la familia de Zazueta sus dardos anestésicos (imprescindibles para las reubicaciones), dejándolos indefensos. El colmo fue tener que pedir ayuda a la Marina para rescatar a dos tigres abandonados en San José de Gracia, en el corazón del triángulo dorado. La mudanza a Mazatlán fue una operación militar: jaulas, contenedores, camiones, y un convoy que sorteaba retenes. Aún quedan 200 animales (muchos de ellos felinos de la infame fundación Black Jaguar, donde los tenían encadenados). Los empleados, que duermen en sus coches para vigilar a los animales en su nueva ubicación, son la prueba de que la compasión puede más que el miedo.
Las consecuencias ecológicas y morales de esta historia son un espejo de la descomposición social. Ecológicamente, el santuario cumplía una función vital: dar hogar a animales exóticos decomisados que no pueden ser reintroducidos (porque nacieron en cautividad o porque sus especies están amenazadas). Sin Ostok, muchos habrían sido sacrificados o habrían vuelto al mercado negro. El traslado a Mazatlán les da una segunda oportunidad, pero la lejanía de su hábitat natural y el estrés del viaje pasan factura. Es una solución de emergencia, no una solución definitiva. Moralmente, la historia es demoledora: demuestra cómo la violencia estructural afecta incluso a quienes no tienen nada que ver con ella. Los animales de Ostok no eligen bandos, no trafican con dr**as, no portan armas. Pero sufren las consecuencias: escasez de alimento, falta de atención médica, y el pánico de los cuidadores. También revela la valentía de los trabajadores, que deciden quedarse cuando la lógica diría que huyeran. "Les mueve mucho el cariño por los animales", dice Zazueta. Esa es la esperanza: que el amor por otras especies pueda ser un ancla ética en medio del caos. Pero también es una acusación: ¿dónde está el Estado? ¿Por qué los veterinarios tienen miedo? ¿Por qué la violencia criminal ha llegado a un punto en el que un refugio de fauna tiene que mudarse para no ser masacrado?
¿Hay esperanza? La esperanza realista es frágil pero existe. El traslado a Mazatlán, con el apoyo de un parque ecológico local, permite a los animales vivir sin el ruido de los fusiles. Zazueta planea construir viviendas para los cuidadores, que han sacrificado su tranquilidad. La esperanza a largo plazo pasa por una solución política al conflicto del narco, lo cual parece lejano. Pero también por un mayor reconocimiento de los santuarios como infraestructuras de seguridad nacional: proteger a los animales decomisados es también proteger la salud pública y la biodiversidad. Se necesitan fondos federales para blindar estos refugios, formar a los equipos en protocolos de riesgo, y garantizar la atención veterinaria en zonas conflictivas. Además, la presión ciudadana (visitas, donaciones, difusión) puede hacer que los políticos actúen. El caso de Ostok es una oportunidad para visibilizar el vínculo entre tráfico de especies, crimen organizado y violencia. Si los cárteles usan animales exóticos como símbolo de estatus, desmantelar esas colecciones es parte de la lucha contra el narco. Pero mientras los cuidadores sigan durmiendo en sus coches para proteger a un tigre, algo falla.
La pregunta que este santuario vacío, con cámaras grabando a desconocidos acechando la puerta, nos lanza a la conciencia es un rugido ahogado: ¿Qué sociedad permite que sus rescatistas de animales tengan más miedo que sus propios animales? ¿Qué civilización abandona a una elefanta coja porque los veterinarios tiemblan al volante? La respuesta es dura: una sociedad fallida, donde la ley es un papel mojado y el coraje se mide en dosis de resistencia cotidiana. Los animales de Ostok no entienden de cárteles, de balaceras, de bloqueos. Entienden de hambre, de dolor, de gente que les da de comer. Y esa gente, la que arriesga su vida por ellos, es lo único que nos queda de humanidad. Ojalá Mazatlán sea un puerto seguro. Ojalá los tigres olviden el ruido de los helicópteros. Ojalá la elefanta Bireki encuentre un veterinario sin miedo. Pero sobre todo, ojalá algún día un animal rescatado no tenga que huir de nuevo. Porque si tienen que hacerlo, será que nosotros, los humanos, no hemos aprendido nada. Ni con ellos, ni con nosotros. Y esa es la guerra más triste de todas.