14/06/2026
OXLAJUJ AQ’ABAL (13 CLARIDAD/OSCURIDAD – domingo, 14 de junio de 2026)
“La oscuridad no es el final del camino;
es el lugar donde la luz comienza a recordar su nombre."
El nawal Aq’ab’al es el momento en que el día y la noche se tocan sin ser uno o el otro. Es la energía del amanecer y del atardecer; de la claridad que anuncia la llegada de un nuevo día y la claridad con que se despide el día para dar paso a la oscuridad de la noche. Es el umbral sagrado entre la oscuridad y la claridad. Es, con propiedad, el nawal de la dualidad y particularmente de la dualidad del tiempo: la noche y el día, la vida y la muerte, el inicio y el fin, interconectados en un ciclo continuo irrepetible.
El Aq’abal se ha asociado al murciélago pues éstos salen de sus cuevas en el crepúsculo: al alba y al ocaso. El sotz (murciélago) es guardián de la noche y de la revelación que nace en lo oculto. Simboliza introspección, misterio y conexión con el mundo espiritual. También se dice que Aq’abal está representado por la guacamaya, símbolo del amanecer y de la luz que irrumpe. La guacamaya, con su plumaje rojo y vibrante evoca el amanecer, representa la energía del sol naciente y del fuego. Ambos nos recuerdan que sin noche no hay claridad y que toda claridad vuelve a la noche, tarde o temprano, para renovarse.
13 es el nivel más alto de energía por el que pasan los 20 nawales, es decir, es una unidad de medida fundamental. Es un número sagrado que simboliza el movimiento y la evolución del universo; representa la completitud y la perfección del ciclo, el cierre de un ciclo para dar lugar a otro, o sea, movimiento, cambio, transformación y evolución. Tiene una conexión profunda con el cuerpo humano, específicamente con las 13 articulaciones principales.
El nawal Aq’abal simboliza cambio, renovación y esperanza. Son nuevos inicios y nuevas oportunidades. La dualidad nos da confianza en que “tras la tempestad viene la calma”. El canto de los pájaros anuncia el resurgimiento del sol. La esperanza no niega el retroceso; lo atraviesa y, desde ahí, comienza a levantarse. Los momentos de cambios profundos están precedidos de grandes crisis. En la dualidad, sabemos que los problemas son oportunidades para transformaciones trascendentales. El cambio es la manera de existir.
Nuevamente hoy hacemos presente a otro compañero que ha dejado esta dimensión para regresar al origen, es decir, a las energías del Universo. Nos recuerda de lo efímero y frágil que es la vida, y nos señala que la vida hay que vivirla a plenitud, procurando dejar huella positiva. Que su luz siga alumbrando en esta dimensión.
En Guatemala, de 2017 a la fecha, hemos seguido retrocediendo, pero hay atisbos de luz. Se abren posibilidades de cambios, por pequeños que sean. Que esos avances se amplíen y profundicen.
Pero recordemos que, en la vida de los pueblos, ningún amanecer es espontáneo: se teje desde la base. Las transformaciones verdaderas nacen de su organización y capacidad de converger y hacer frente común para avanzar hacia la democracia. En tiempos donde la oscuridad parece imponerse desde arriba, es desde abajo donde se encienden los fuegos que sostienen la esperanza, donde la dignidad se organiza y donde, paso a paso, se construye el amanecer. Desde la penumbra, los pueblos gestamos el cambio. La claridad no irrumpe de golpe; nace en pequeños destellos colectivos que resisten, se articulan y perseveran, hasta que el amanecer deje de ser promesa.