Madres y Padres en superación

Madres y Padres en superación Debemos hacer saber a los padres y madres, cómo llegar a sus hijos sin violencia y disminuir la tasa de embarazos prematuros.

08/10/2025
01/08/2025
13/07/2025
20/06/2025

—¿Vas a venir este domingo? —preguntó el papá por teléfono.
—Ay, papá, traigo mil pendientes. Te hablo luego, ¿sí?
—Está bien, hija… aquí te espero cuando puedas.

Colgó sin pensar. Trabajo, hijos, tráfico, cansancio: siempre había algo “más urgente” que ir a casa de sus padres.



Una noche, el teléfono sonó de nuevo. Esta vez contestó la mamá, con la voz temblorosa:

—Tu papá está en el hospital. Le dio un susto fuerte al corazón.

Se le derrumbó el mundo.
Al llegar, lo encontró adormilado, lleno de cables, pero consciente. Le apretó la mano y apenas pudo decir:

—Perdóname por no estar…
Él, con el poco aire que tenía, le susurró:

—No me pidas perdón. Prefiero un abrazo hoy que flores mañana.

Ese golpe la despertó.



Durante los meses siguientes cambió todo:
Dejó un proyecto extra, apagó el celular a la hora de la comida familiar, llevó a sus padres al parque, al cine, al médico, a donde hiciera falta.

Descubrió historias que nunca había escuchado: cómo se conocieron, cómo ahorraban centavo a centavo para la escuela de los hijos, cómo el papá caminaba kilómetros para no gastar en camión y poder pagar la luz.

Se rieron, lloraron, cocinaron juntos.
Él mejoró poco a poco, pero los doctores fueron claros: el reloj corría, despacio… pero corría.



Dos años después, el papá se fue mientras dormía.
No hubo ambulancias, ni cables, ni pánico: solo un suspiro profundo y paz.

El día del funeral, ella tomó la palabra frente a la familia:

—Gracias, papá. Te amaré y te recordaré por siempre.

Ni un “lo siento”, ni un “perdóname”.
Porque alcanzó a decirlo todo en vida.
Porque el tiempo que les quedó, lo vivieron de verdad.



Moraleja:
Ama a tus padres hoy, no mañana.
Visítalos cuando puedas, llámalos sin motivo, abrázalos sin prisa.
Que el día de su partida no tengas que pedir perdón por el tiempo perdido,
sino dar gracias por cada momento compartido.

—Susana Rangel 🪦☕️✍️💬

11/05/2025

Me llamo Fernando, tengo 60 años y soy el hombre más feliz del mundo y lo soy porque he nacido sin prejuicios ni diferencias.
Nací en el seno de una familia atípica y eso me proporcionó una educación que es la envidia del mundo.
Era el mediano de 5 hermanas, dos mayores y dos menores.
Mis padres eran docentes, se conocieron en la universidad.
Nos llevaban cada mañana a nuestros respectivos colegios donde impartían clase, primero acompañábamos a mi madre y a mis hermanas a un colegio femenino y luego corriendo íbamos al colegio donde él daba clase y yo las recibía, masculino.
Tras acabar las clases, volvíamos a correr a por ellas, para volver juntos a casa.
Al llegar, nos poníamos los 5 en una mesa enorme del comedor a estudiar y acabar nuestras tareas escolares, nos ayudábamos entre nosotros, y mi padre nos observaba mientras hacia las tareas del hogar junto a mi madre, charlando animados y felices.
Mientras mi madre nos organizaba el baño, mi padre preparaba unos platos únicos y riquísimos para cenar.
Y llegaba el mejor momento, cómo estaba todo hecho, nos podíamos sentar un ratito a explicarnos como había ido el día y cenar entre charlas animadas y risas.
Después nos íbamos a dormir, sin antes mirar con admiración como se abrazaban y se besaban.
Los fines de semana, entre los 7 teníamos que dejar la casa lista, las mismas responsabilidades repartidas por edad, mi padre cuando acaba las suyas, ayudaba a que el resto estuvieran bien acabadas. Después nos íbamos a merendar al campo o a dar una vuelta hasta la churrería ubicada en la plaza mayor, era nuestra recompensa.
Al ir creciendo escuchaba conversaciones de adulto que me costaba entender:
- Fernando es una vergüenza para la hombría, decían los hombres de la familia cuando recogía los platos después de una comida familiar, que suerte ha tenido María con su marido, decían las mujeres, incluso algunas le decían, deja eso hombre, esto es cosa de mujeres.
¿Cosa de mujeres, ni que los hombres no hubieran comido en un plato?
Cuando tenía 17 años, mientras hacíamos la cena mi padre y yo, le pregunté:
- Papá, ¿Porque hacemos las tareas del hogar si eso es cosa de mujeres?
- ¿Eso crees?
- Eso creen todos
- Un hogar no es una casa con muebles. Un hogar es una familia. Cuando tu madre y yo nos casamos, los dos teníamos trabajos profesionales, y por educación, cuando llegábamos a casa ella hacía las tareas del hogar y yo no hacía mucho. Pero se quedó embarazada de un hermano que no llegó a vivir. Tu madre llegaba de trabajar cansada, embarazada y aún sacaba fuerzas para hacer cosas que teníamos que hacer juntos.
Perdimos a nuestro primer hijo.
El día del entierro, estaba sólo, tu madre estaba en el hospital. Ese día me di cuenta de que mi mujer, tu madre, iba a aportar a nuestro hogar algo que yo nunca podría darle, y lo aportaba dando todo lo mejor de ella, su cuerpo, sus esperanzas e incluso su vida si hiciese falta, mientras yo, la miraba desde la mesa, con su vientre lleno de vida esperando que me pusiera la cena.
Así que ese día decidí que si la vida me regalaba descendencia, mi mujer recibiría el mismo esfuerzo por mi parte que ella había hecho por la suya.
Y no me importa lo que digan los hombres, ni lo que crean las mujeres, ni lo que la sociedad crea que es políticamente correcto.
Es nuestro hogar, son nuestros hijos, de los dos, y mi mayor felicidad en la vida es ver a tu madre feliz porque yo también lo soy, disfrutando juntos de nuestro hogar.
Mi orgullo por mi padre no podía ser mayor.
De eso ya hace 40 años, mi mujer nunca ha sentido la desigualdad del mundo en nuestro hogar, y nuestros hijos han tenido el mismo ejemplo y educación que yo tuve en mi casa.
Hoy paseo a mi primer nieto, acabo de jubilarme anticipadamente porque quiero disfrutar de él, mi mujer sigue trabajando, es la directora del centro donde ha trabajado toda la vida.
Después de una vida a mis espaldas miro a mi alrededor y me doy cuenta de la falta de educación, respeto y cariño, predicar con el ejemplo es algo fundamental para la igualdad.

20/04/2025

El otro día tuve una discusión con mi esposa. Nada grave, pero en medio del intercambio, me tiró una frase que todavía me resuena en la cabeza.
Me miró fijo y me dijo:
—Decime la verdad… ¿vos querrías para Lina —nuestra hija— un hombre como vos?

Me quedé helado. En serio.
Lo pensé.
Y con toda sinceridad le contesté:
—No.
La verdad, no.

Yo querría que el hombre que esté con mi hija sea mejor que yo. Mucho mejor.
No quisiera que le griten ni que se le salten los tapones por pavadas.
No quisiera que sufra, que alguien le cause dolor.
No quisiera que se encierre a llorar en su cuarto, tapándose la cara con las manos, como a veces hace su mamá cuando discutimos.

Aunque Lina tenga 20 años, para mí siempre va a ser mi nena. La que se trepaba a mis piernas antes de dormir, la que se reía a carcajadas cuando la hacía cosquillas o la alzaba en brazos.
Y yo deseo, de corazón, que su futuro compañero la ame igual o más de lo que la amo yo ahora.

Que no se enoje con sus caprichos, que tenga paciencia con sus errores y sus días malos.
Que la valore tal cual es, con todos sus enormes aciertos y sus pequeños defectos.
Que sea para ella un sostén, un refugio, un amigo fiel.
Y sobre todo, que la haga feliz.

Creo que mi hija se merece lo mejor del mundo.
Y estoy seguro de que todos los padres piensan lo mismo de sus hijas.

Pero entonces… ¿por qué a veces nos olvidamos de que nuestras esposas también son hijas de alguien?
También fueron nenas mimadas por sus papás, nietas adoradas, hermanas queridas.
También alguien las cuidó con ternura, las abrazó con amor y deseó para ellas lo mejor.

Así que, antes de herir a tu compañera, de levantarle la voz o decirle algo que le duela…
Pensá.
¿Querrías que alguien tratara así a tu hija?

Pensalo bien.

19/04/2025

El niño gritó:
— ¡Te odio, mamá! ¡Solo sabes mandarme! ¡Déjame en paz!

El padre acababa de llegar del trabajo. Sudado, cansado. Escuchó los gritos desde el portón y entró con el corazón latiendo fuerte. En el sofá, su esposa lloraba, el rostro cubierto con las manos. No decía nada… solo lloraba. Él se acercó, levantó su barbilla con cuidado:

— No te preocupes, amor. Déjamelo a mí.

Fue hasta la habitación. El hijo tenía los ojos rojos de rabia, el pecho agitado como si hubiera corrido una maratón.

— ¿Qué pasa?

— ¡Mamá, papá! ¡Me manda hacer de todo! ¡Me mandó cerrar la puerta y ni siquiera fui yo quien la abrió! ¡Me mandó lavar los platos y ni los ensucié!

El padre escuchó todo en silencio. Luego, habló con voz firme:

— Anda y cierra la puerta.

— Pero papá, yo no…

— Anda.

Sin valor para desafiarlo, el chico fue.

Al volver:

— Ahora, lava los platos.

— Pero…

— Hazlo.

Los lavó.

— La luz del baño está encendida. Ve a apagarla.

Fue, refunfuñando… pero fue.

Esa noche, guardó silencio. No entendía. No aceptaba. Y a los 15 años, hizo sus maletas, se fue a vivir con un amigo. Juró que jamás volvería a poner un pie en esa casa. Pero hubo algo que no logró abandonar: el hábito. Cerrar puertas que no abrió. Apagar luces que no encendió. Limpiar lo que no ensució. Eso quedó en él como un tatuaje en carne viva.

A los 18, su amigo y los padres de este estaban desempleados. La nevera casi vacía, las cuentas apiladas como un castillo de naipes. Él, sin estudios, sin experiencia, decidió buscar trabajo. Escuchó sobre una vacante de gerente en una gran empresa. Se rió por dentro. “¿Gerente? ¿Yo?”. Pero fue.

Al llegar, la entrada de la empresa tenía un portón abierto, con unos cerdos a punto de escaparse. Lo cerró.

En el pasillo, envoltorios tirados en el suelo. Los recogió y los tiró a la basura.

El baño abierto, la luz encendida. La apagó, cerró la puerta.

Solo entonces entró en la sala de entrevistas.

— Buenos días — dijo la mujer detrás del escritorio. — Está contratado.

Él se quedó congelado.

— Pero… ¿cómo? Ni siquiera ha visto mi currículum. Hay mucha gente ahí fuera con formación...

Ella sonrió, firme:

— Aquí adentro hay cámaras desde la entrada. Observamos todo. Buscábamos a alguien responsable. Usted no tenía ninguna obligación, pero protegió nuestros animales, cuidó la energía, limpió nuestro espacio. Eso no se enseña en los cursos. Eso se aprende en casa. Y usted lo aprendió.

En ese momento, sintió que el suelo desaparecía. Salió con los ojos llenos de lágrimas. No fue a casa de su amigo. No celebró con nadie. Tomó el primer autobús y se fue directo a casa de su padre.

Cuando el viejo abrió la puerta, el hijo lo abrazó fuerte y lloró en su pecho.

— Papá… gracias.

El padre lo abrazó de vuelta y respondió, en voz baja:

— Solo quería enseñarte a ser grande. Incluso en las cosas pequeñas.

Y en ese abrazo, él lo entendió. Que quien aprende a cerrar una puerta que no abrió, un día tendrá puertas que se abren solas.
Que quien limpia la suciedad de otros, también limpia su propio futuro.

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