28/09/2026
Los perros como soporte en la educación Humana....
Un niño de tercer grado se traba en una palabra larga. Frente a su clase se habría puesto rojo. Esta vez lo escucha un perro, echado a su lado, con su guía cerca. Ese perro no entiende el cuento. Y, aun así, puede ayudar al niño a entenderlo mejor que un adulto.
La idea de leerle a un perro fue de Sandi Martin, enfermera de cuidados críticos y miembro del consejo de Intermountain Therapy Animals, en Utah. Los perros de esa organización visitaban a pacientes en rehabilitación. En noviembre de 1999, seis de ellos cambiaron el hospital por la biblioteca principal de Salt Lake City. El número 1 del programa se llamaba Olivia.
El truco era invertir los papeles. Si el niño tropezaba con una palabra difícil, el guía del perro hablaba por él: «Este perro nunca había oído esa palabra. ¿Le explicas qué significa?». El que temía equivocarse pasaba a enseñar. Según el programa, había niños que a la semana siguiente llegaban corriendo: «Olivia, hoy traigo un cuento que te va a encantar».
El programa se llamó R.E.A.D., como «leer» en inglés. Desde entonces ha formado a más de 7.200 equipos de terapia, de Canadá a Sudáfrica.
Pero ¿era el perro, o solo la atención extra? Una escuela de Sudáfrica, en un barrio sin biblioteca, probó el método con 102 niños de tercer grado que leían muy por debajo de su curso: tres de cada cuatro, como en primero. Al azar, unos le leyeron a un perro, con su guía al lado; otros, a un adulto; otros, a un osito de peluche con un adulto al lado, y el resto siguió con sus clases. Mismos libros, 20 minutos por semana, diez semanas. Todos debían explicar las palabras difíciles a quien los escuchaba.
Solo el grupo del perro mejoró de verdad en comprensión, y ocho semanas después seguía por delante. No leían más rápido que los demás: entendían más. Y el adulto y el osito recibieron las mismas explicaciones.
¿Qué tiene un perro que no tenga un osito? Ya en 1983 se vio que los niños que leían en voz alta tenían la presión arterial más baja cuando había un perro amistoso en la sala. Y en Canadá, ante textos algo más difíciles de lo que dominaban, los niños leyeron más tiempo y se sintieron más capaces con un perro al lado, de cualquier raza o edad.
Por ahora son solo pistas: una revisión de 48 trabajos halló señales a favor, pero pocos estudios bien controlados. La explicación que proponen los programas, aún sin probar, es sencilla: el perro escucha sin corregir, sin reírse y sin contarle a nadie los errores.
En la biblioteca de Salt Lake City, en 1999, cada niño que fue al menos a tres de las cuatro sesiones se llevó un libro nuevo, firmado con la huella de su perro favorito. Era la firma de alguien que nunca entendió esos cuentos y los escuchó todos hasta el final.