15/08/2026
La Asunción de María no significa simplemente que “María se fue al cielo”. Detrás de esta solemnidad hay una verdad profundamente hermosa sobre María, sobre Cristo y también sobre nuestro propio destino.
El dogma de la Asunción enseña que, terminado el curso de su vida terrena, la Virgen María fue llevada por Dios en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Y aquí hay una diferencia muy importante: Jesús ascendió; María fue asunta.
Cristo asciende al cielo por su propio poder porque Él es Dios. María, en cambio, no sube por sí misma: es Dios quien la lleva y la glorifica. Por eso la Asunción no coloca a María al nivel de Dios; al contrario, nos muestra la grandeza de lo que Dios puede realizar en una criatura por su gracia.
¿Y María murió antes de ser asunta?
La Iglesia no definió este punto como parte del dogma. Por eso Pío XII utilizó cuidadosamente la expresión “terminado el curso de su vida terrena”. Existe una antigua tradición cristiana que sostiene que María pasó por la muerte antes de su Asunción, pero el dogma no obliga a definir cómo terminó exactamente su vida terrena.
Entonces, ¿por qué es tan importante la Asunción?
Porque María nos muestra anticipadamente algo que también forma parte de nuestra esperanza cristiana.
Nuestra fe no enseña que el cuerpo sea algo desechable y que solamente el alma importe. Creemos en la resurrección de la carne y la vida eterna. Cristo venció a la muerte con su Resurrección y prometió que quienes le pertenecen también participarán de su victoria.
San Pablo lo expresa al presentar a Cristo resucitado como la primicia de aquellos que resucitarán (cf. 1 Co 15,20-23).
En María contemplamos anticipadamente esa promesa cumplida: la victoria de Cristo alcanza al ser humano entero, cuerpo y alma.
Por eso, cada 15 de agosto, no celebramos simplemente que María está en el cielo.
Celebramos que Cristo ha vencido verdaderamente a la muerte.
Celebramos que la muerte no tiene la última palabra.
Celebramos que nuestro cuerpo también está llamado a la resurrección.
Y contemplamos en María una anticipación de nuestra propia esperanza: lo que Dios realizó plenamente en ella nos recuerda el destino al que todos estamos llamados en Cristo.
María no es el final de esta solemnidad.
Cristo lo es.
Y María, elevada a la gloria del cielo, nos señala lo que su Hijo ha preparado para quienes permanecen unidos a Él.
15 de agosto | Solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María.