21/08/2026
"LOS ENTENDIDOS RESPLANDECERAN COMO ESTRELLAS EN EL FIRMAMENTO". Por: Lic. Josè Arroyo para COMUNIDAD LUZ Y ESPERANZA.
Estas son quizà las palabras de una de las promesas màs hermosas que aparecen en el libro del profeta Daniel. (Dn. 12).
Todos los que amamos la lectura de la Biblia conocemos la vida del profeta Daniel. Còmo fue llevado cautivo despuès de que Jerusalem fuera sitiada y conquistada por el ejèrcito de Nabuconodosor, Rey de Babilonia. Daniel fue llevado junto con otros jòvenes nobles (Dn. 1:3) a tierras de Babilonia (Provincia de Sinar), Dn. 1:2. Señalàndoseles no sòlo la dieta alimenticia (Dn. 1:5), sino las disciplinas que debìan aprender para estar en el palacio del rey: Sabidurìa, ciencia, entendimiento, letras y lenguas, para llegar a ser asesores reales (Dn.1:4).
Daniel se convirtiò con el tiempo, no sòlo en uno de los sabios que pertenecìan al grupo de magos, astròlogos y adivinos de Babilonia (Dn. 1:20), sino en gobernador de la Provincia de Babilonia, y jefe supremo de los sabios de Babilonia (Dn. 2:48), luego de que Dios le revelò en un sueño, un sueño que habìa tenido el rey Nabuconodosor, el cual, aunque no quizo contarlo, exigìa que sus magos y adivinos lo adivinasen y lo interpretaran. Como el asunto era realmente imposible de que hombre alguno lo pudiera adivinar e interpretar, todos fueron condenados a muerte, incluyendo a Daniel y sus amigos (Dn. 2:9, 10, 12, 13, 17, 18, 19, 24, 27, 28, 29-45). Pero luego de que Dios le diò a Daniel el sueño y la interpretaciòn, el mismo rey Nabuconodosor se postrò ante Daniel y reconociò que el Dios de Daniel es Dios de dioses (Dn. 2:46,47), elevàndole a tan alta posiciòn de autoridad (Dn.2:48).
Tambièn seguramente todos conocen la terrible prueba por la que tuvieron que atravesar los amigos de Daniel, quienes tambièn pertenecìa al grupo de los sàtrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces y gobernadores de las provincias de Babilonia (Dn. 3:2), cuyos nombres eran Sadrac, Mesac y Abed-Nego (Dn. 3:12), quienes fueron arrojados a un horno gigante como sentencia por negarse a postrarse delante de una estatua de oro erigida por el rey (Dn. 3:10,11).
Lo impresionante de la historia es saber còmo Dios personalmente los salvò, aùn cuando fueron arrojados dentro del horno, presentàndose como un cuarto personaje que les hizo compañia, evitando sobrenaturalmente, no sòlo que no se quemaran, sino ademàs, impidiendo que aùn su ropa adquiriera olor a quemado (Dn. 3:21-26).
Posteriormente Daniel fue sometido a otra difìcil prueba de fe y confianza en Dios, cuando, acusado injustamente por los que le envidiaban debido al rango tan importante que habìa adquirido, fue sentenciado a muerte por el propio rey Darìo, quien, aunque era su amigo, debìo ceder a la insistencia de los sàtrapas y gobernadores, de que Daniel merecìa morir por negarse a obedecer el edicto Real que prohibìa que fuera elevada peticiòn a Dios alguno fuera del propio rey de Babilonia (Dn. 6:7).
Daniel fue arrojado al foso de los leones y el rey, entristecido por tener que someterse al propio edicto real (Dn. 6:12,13), no quizo comer ni escuchar mùsica esa noche, debido a la tristeza que le provocò sentenciar a muerte a un amigo ( Dn. 6:16,18). Al dìa siguiente, el rey llegò temprano a buscar a Daniel, para saber si habìa mu**to, y al encontrarlo ileso gracias a la protecciòn divina, enviada al foso a travès de un àngel que impidiò que los leones le hicieran daño a Daniel, decidiò sacarlo del foso y poner allì en su lugar a aquellos que lo habìan obligado a condenar a muerte a Daniel (Dn. 6:24).
Asì que con su propia vida, Daniel nos enseña còmo se convirtieron èl y sus amigos en hombres sabios, prudentes y de un gran entendimiento màs allà del que la educaciòn pueda dar, pues èsta sòlo podìa ser consecuencia de la intervenciòn de Dios en sus vidas, debido a la fe de ellos, a la bùsqueda de la voluntad divina a travès la oraciòn, para resolver sus problemas y enfrentar todas las situaciones, especialmente las adversas, para obedecer y honrar a Dios, aùn a costa de su propias vidas.
La Escritura nos da ciertas fòrmulas para alcanza la inteligencia y la sabidurìa. Leemos en Efesios: "Por tanto, no seàis insensatos, sino entendidos de cuàl sea la voluntad del Señor (Ef. 5:17). Aquì la sensatez y el entendimiento estàn vinculados con conocer la voluntad del Señor para cada uno. Alquien pensarà que tal cosa es imposible saber, pero si conocemos las Escrituras y oramos en cada decisiòn importante de nuestra vida, Dios se encargarà de hablarnos y guiarnos para que tomemos la decisicòn correcta.
Otra clave sumamente reveladora la encontramos en el libro de Deuteronomio: "Guiardadlos pues (los estatutos y decretos), y ponedlos por obra; porque esta es vuestra SABIDURÌA y vuestra INTELIGENCIA ante los ojos de los pueblos, los cuales oiràn todos estos estatutos y diràn: ciertamente pueblo SABIO y ENTENDIDO, naciòn grande es esta (Dt. 4:6).
Este versìculo encierra la fuente de la sabidurìa, la inteligencia y el entendimiento, que se halla nada menos que en conocer y guardar u obedecer los estatutos y decretos dados por Dios al hombre, primero directamente al pueblo de Israel, y luego, gracias a Cristo y a la obra de sus apòstoles, a toda la humanidad que abraza el cristianismo. No es complicado: Conocer por el "oìr" y luego obedecer.
Pero ¿dònde obtendremos esta sabidurìa, entendimiento e inteligencia?. Tambièn la Escritura nos lo enseña. En el libro de Crònicas leemos: "Jehovà te dè ENTENDIMIENTO y PRUDENCIA para que cuando gobiernes ... guardes la ley de Jehovà tu Dios. Entonces seràs prosperado, si cuidares de poner por obra los estatutos y decretos que Jehovà mando a Moisès para Israel " (1Cr. 22:12,13).
El guardar (obedecer o cumplir de todo corazòn) no sòlo genera entendimiento, sino se necesita de este entendimiento y prudencia para guardar la misma ley de Dios. Es como una retroalimentaciòn: EL OBEDECER permite alcanzar la sabidurìa, pero se necesita de inteligencia y de prudencia (que sòlo Dios da) para poder guardar o cumplir dicha ley. Primero, Dios da este entendimiento para poder cumplir con sus mandatos y, raiz de que obedecemos, se nos aumenta la sabidurìa, el entendimiento y la inteligencia.
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