23/04/2026
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En el marco del Día Internacional de la Tierra, suele hablarse de cuidado, de naturaleza, de conciencia. Pero pocas veces se nombra con claridad lo que está en el fondo: la tierra no está siendo simplemente “dañada”, está siendo disputada.
En Petén, la tierra no es una idea abstracta. Es territorio vivo, tejido de memoria, de historia comunitaria y de relaciones que sostienen la vida. Sin embargo, sobre ella se han impuesto lógicas que la reducen a recurso, a mercancía, a superficie disponible para ser explotada. El extractivismo (en sus distintas formas) no solo transforma los paisajes: reorganiza la vida, desplaza comunidades, rompe vínculos y redefine quién tiene el poder de decidir.
Se nos ha hecho creer que el “desarrollo” es inevitable, que el avance de monocultivos, concesiones y proyectos extractivos responde a una necesidad mayor. Pero, ¿necesidad de quién? ¿a costa de qué vidas? ¿y quiénes cargan con las consecuencias?
En este contexto, hablar de la tierra implica hablar de poder. Implica reconocer que no todas las voces tienen el mismo peso, que hay decisiones que se toman lejos del territorio pero que impactan directamente en quienes lo habitan y lo cuidan. Implica también reconocer que existen otras formas de relación con la tierra, sostenidas por comunidades que, desde lo cotidiano, practican el cuidado, la defensa y la permanencia.
Frente a esto, la resistencia no siempre es visible ni nombrada. Está en las prácticas diarias, en la defensa del territorio, en la organización comunitaria, en el acto de permanecer y cuidar en medio de presiones constantes. Es una resistencia que no solo enfrenta el despojo, sino que también propone otras maneras de entender la vida, más allá de la lógica extractiva.
Por eso, este día no se trata únicamente de celebrar la tierra, sino de cuestionar las estructuras que la ponen en riesgo. Se trata de preguntarnos qué lugar ocupamos frente a estas dinámicas, y de reconocer que defender el territorio no es una acción puntual, sino un compromiso continuo.
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