14/06/2026
Domingo, 14 de junio de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
«Al ver a las gentes, Jesús se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor» (9, 36). De la compasión de Ntro. Maestro —ese esplanjnízomai (ἐσπλαγχνίσθη), el verbo de las entrañas conmovidas— brota todo lo demás: la imagen de la mies, la llamada a rogar al Dueño, y la institución de los Doce con su envío.
Un envío, una misión que no nace de una estrategia, sino de la splánjna del Ungido. Es el mismo verbo que los LXX reservan para la conmoción más honda. La mies abundante y los obreros escasos no se resuelven primero reclutando, sino orando: «Rogad, pues, al Dueño de la mies». Y es después cuando Jesús mismo «llama» a los Doce y les da exousía (ἐξουσία) —autoridad, potestad delegada— sobre los espíritus inmundos y sobre toda dolencia. No es un poder propio sino participación en el suyo, una entrega formal de autoridad que no se origina en el receptor sino en quien la confiere.
Una misión que culmina en una de las frases más densas del Evangelio: dōreàn elábete, dōreàn dóte (δωρεὰν ἐλάβετε, δωρεὰν δότε). La gracia recibida sin mérito se transmite sin precio. Es la lógica del don que recorre toda la economía de la salvación: lo que se ha recibido como puro regalo no puede mercantilizarse.
Que la splánjna de Cristo sea hoy también el punto de partida y, no, la conclusión.
Y, siempre, para mayor Gloria del Nombre de Dios; no la nuestra.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!