Priorato Templario de Aragón

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Priorato Templario de Aragón Perteneciente a la Orden Monástico - Militar de Caballeros Templarios de Jaime I.

01/11/2026

Domingo, 1 de noviembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
En el Evangelio de hoy, nos encontramos con una proclamación, no un mandato. Jesús sube al monte, se sienta como maestro y «abre su boca», fórmula solemne que nos hace oír el Sinaí. μακάριοι traduce el hebreo ’ashré (Sal 1, 1) y va en indicativo: no ordena «sed pobres», declara dichosos a quienes ya lo son, porque algo ha cambiado. La primera y la octava bienaventuranza cierran el círculo en presente (“de ellos es el Reino de los Cielos”), y las demás van en futuro y en pasiva: Dios consuela, sacia y llama hijos. Ninguna describe un logro; todas describen una recepción.
Pobres y herederos. El πτωχός es el mendigo que depende de la mano ajena, no el obrero que apenas llega a fin de mes. Es lo contrario de los viñadores del domingo pasado, que quisieron quedarse con la herencia. Quien se sabe pobre recibe como don: por eso los humildes (o mansos) κληρονομήσουσιν, “poseerán en herencia”, con la raíz de κληρονόμος, el heredero. Y el Heredero mismo “siendo rico, se hizo pobre por vosotros” (2 Co 8, 9).
Del «ellos» al «vosotros». Las ocho primeras bienaventuranzas son un retrato; la novena es una interpelación: «Dichosos seréis» cuando os persigan por mi causa. De ahí la alegría paradójica, χαίρετε καὶ ἀγαλλιᾶσθε: no nace de sufrir, sino de saber con quién se sufre.
El autorretrato y la multitud. Las bienaventuranzas son el retrato de Cristo, y el Tetelestai las cumple todas en su carne. Por eso la gran multitud del Apocalipsis no presenta una hoja de servicios, sino “han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14). La santidad es una vida que se dejó lavar.
Para el Templario. Quien tiene espada, cargo o autoridad debe poner la fuerza al servicio de la mansedumbre y ejercer el poder como misericordia y siempre para la mayor Gloria del Nombre de Dios.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

25/10/2026

Domingo, 25 de octubre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
El Evangelista abre la escena con un detalle que no conviene pasar por alto: los fariseos se reúnen «en el mismo lugar» (ἐπὶ τὸ αὐτό, v. 34) al enterarse de que Jesús ha tapado la boca a los saduceos (ἐφίμωσεν). La disputa entre los grupos se disuelve cuando aparece un adversario común. Uno de ellos, un νομικός, un experto en la Ley, le pregunta «para ponerlo a prueba» (πειράζων). Es el mismo verbo de las tentaciones del desierto (4, 1-11). Estamos, pues, en el Templo, en la última semana, y la pregunta no busca saber, sino medir.
La cuestión era legítima y discutida: ¿cuál es el mandamiento μεγάλη, el grande, entre los 613 preceptos que la tradición contaba en la Torá? Preguntar por «el mayor» podía obligar a Jesús a despreciar los demás. Jesús no cae en la trampa: no desprecia ningún precepto; los ordena.
La respuesta es la oración que todo israelita recitaba mañana y tarde: «Escucha, Israel... Amarás (ἀγαπήσεις) al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente» (Dt 6,4-5). Jesús no inventa nada: responde con lo que su interlocutor reza cada día. Eso ya es una enseñanza. El primer mandamiento no es un deber añadido a la vida; es la respuesta a una Presencia que se anuncia primero: Shemá, «escucha». Antes del «amarás» está el «escucha».
Conviene notar un matiz. El hebreo dice lebabekhá, nafshekhá, me’odekhá: corazón, alma y «muchedumbre» o intensidad (me’od), que la tradición tradujo por «fuerza». Mateo conserva tres términos, pero escribe διανοίᾳ, «mente», en lugar de «fuerza». El amor que se pide abarca, pues, la sede de la voluntad, la vida entera y también la inteligencia. No hay un rincón de la persona que pueda quedar fuera. Quien ama a Dios sólo con el sentimiento, o sólo con el cumplimiento, todavía no ha escuchado el Shemá.
Se le había preguntado por un mandamiento y Jesús responde con dos. «El segundo es semejante (ὁμοία) a él»: no igual, pero inseparable. Cita Lv 19, 18: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Y aquí hay un hecho notable: ese versículo estaba perdido en el centro del Levítico, entre normas de santidad y de justicia cotidiana. Jesús lo saca de ahí y lo coloca junto al Shemá, como las dos hojas de una misma puerta.
El verbo final es κρέμαται: «cuelga», como una puerta cuelga de sus quicios o un manto de su clavija. Los dos mandamientos no son un resumen cómodo; son los quicios sobre los que gira todo el edificio de la Ley. Si se quitan, todo cae. Y si se mantienen, cada precepto concreto recupera su sentido: el sábado, la prenda devuelta, el diezmo, la justicia en el tribunal.
Hay una pregunta que el pasaje deja abierta, y la responde el Evangelio de Juan. «Como a ti mismo» es una medida; en la última cena, Jesús la supera: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; que, como yo os he amado así os améis también entre vosotros” (Jn 13, 34). Ya no basta el «como a ti mismo»; ahora la medida es el don del Hijo. El mandamiento (ἐντολή, mandatum) se convierte en misión, y el Jueves Santo lo ritualiza en el lavatorio y en el pan partido.
Para el Templario: la Regla y el amor. El lema de la Orden confiesa que el amor a Dios es lo primero: no para nosotros. Pero la Regla no vive de sentimientos elevados; vive de hábitos concretos: la oración común, la custodia del débil, la defensa del pobre, la mesa compartida, la corrección fraterna. Es el Shemá traducido en vida de comunidad.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

18/10/2026

Domingo, 18 de octubre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Fariseos y herodianos no se podían ver. Los primeros detestaban el dominio romano; los segundos eran partidarios de la dinastía de Herodes, que vivía de Roma. Pero ante Jesús se ponen de acuerdo, porque hay enemigos comunes que unen más que cualquier idea. Mateo dice que quieren παγιδεῦσαι ἐν λόγῳ, “sorprenderle en alguna palabra”: el verbo es el de cazar con lazo.
Empiezan con halago: “Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza, y que no estás sujeto a nadie”. Todo es cierto, y por eso mismo es una trampa. Quien adula para cazar puede decir verdades y estar mintiendo. Jesús lo nombra sin rodeos: ὑποκριταί, hipócritas, es decir, actores con máscara.
“¿Es lícito pagar tributo (κῆνσον) al César o no?” Si Jesús responde que sí, queda como colaborador de Roma ante el pueblo, que odiaba el impuesto. Si responde que no, queda como sedicioso ante el gobernador. La pregunta está construida para que cualquier respuesta lo pierda.
Jesús no cae en ninguno de los dos extremos, y tampoco se escabulle. Pide: “Mostradme la moneda del tributo”. Y ahí empieza a girar la escena. Ellos mismos sacan del bolsillo el denario, una moneda pagana, con una efigie y una inscripción que proclamaban al emperador como hijo de un dios. Los que fingen un celo religioso escrupuloso llevan encima lo que, según ellos, contamina. Jesús no ha tenido que decir nada: la moneda ya los ha retratado.
La pregunta de Jesús es: “¿De quién son esta imagen (εἰκών) y la inscripción?”. Cualquier oyente con memoria bíblica oía en eikōn algo más que una cara grabada: es la palabra de Génesis 1, 27 en la versión griega, “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya (kat’ eikona)…”.
La moneda lleva la imagen del César y por eso vuelve al César. Pues bien, ¿qué lleva grabada la imagen de Dios? No el dinero, sino la persona. Aquí está el golpe de la respuesta: el César puede reclamar sus monedas; a Dios hay que devolverle al hombre entero. El tributo es lo pequeño que se paga con unas piezas; lo grande, lo que no se paga con ninguna, es la propia vida.
Jesús no dice δότε (dad), sino ἀπόδοτε: devolved, restituid, pagad lo debido. Es el verbo de la deuda. No es un regalo generoso al César ni una concesión a Dios: es justicia en los dos casos. Hay una deuda civil, que Jesús reconoce con serenidad, y hay una deuda con Dios, que lo abarca todo.
“..quedaron admirados, y dejándole, se fueron”. Lo dejan, pero no se convierten. Una respuesta tan luminosa puede dejar a alguien admirado y no moverle nada. Es una advertencia para nosotros: se puede aplaudir una enseñanza, citarla bien, y seguir exactamente donde estábamos.
Sabemos que el César tiene derechos limitados y que Dios no tiene límite. Cuando las dos lealtades choquen, no tengamos duda sobre cuál es nuestra primera lealtad.
Vivamos con Fe activa dando testimonio; con Esperanza firme en Dios; con obras en favor del prójimo.
Y, jamás por nuestra gloria, sino por la Gloria del Nombre de Dios.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

04/10/2026

Domingo, 4 de octubre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Jesús no cuenta esta parábola a la orilla del lago. La cuenta en el Templo, ante los sumos sacerdotes y los ancianos, justo después de que le pregunten: «¿Con qué autoridad haces esto?» (21, 23). La respuesta llega aquí: habla del Hijo, del heredero, de aquel a quien la viña pertenece por derecho.
Los oyentes reconocen la escena desde la primera frase: plantar una viña, rodearla de una cerca, cavar un lagar, levantar una torre. Son las palabras del canto de la viña de Isaías 5. Pero hay un cambio decisivo. En Isaías la viña da agrazones (uvas agrias), y el problema es la viña. En Mateo la viña da fruto, y el problema son los γεωργοί (geōrgoí), los labradores a quienes se confió. Jesús no acusa al pueblo, sino a quienes lo administran.
El dueño arrendó la viña y se fue de viaje. Eso no es abandono, es confianza. Los labradores no reciben la propiedad. Reciben un mandato de administración, con una obligación clara: entregar los frutos a su tiempo. La ausencia del dueño es justamente el espacio de su libertad y de su responsabilidad.
La perversión empieza cuando esa ausencia se lee como si no hubiera autoridad. Los criados son golpeados, apedreados y asesinados, como lo fueron los profetas (2 Cr 24, 20-21; Mt 23, 37). Entonces el dueño envía a su hijo: «Tendrán respeto a mi hijo». Ningún propietario prudente haría eso. Pero Dios no actúa como un propietario prudente, sino como un Padre que agota todas las formas de la paciencia.
Los labradores piensan otra cosa: «Este es el heredero (κληρονόμος); matémoslo y nos quedaremos con su herencia». Quieren convertir el arriendo en propiedad y el mandato en dominio. No quieren recibir, quieren apoderarse.
La frase de los labradores, δεῦτε ἀποκτείνωμεν αὐτόν, es la misma que dicen los hermanos de José en la versión griega (LXX) del Génesis (Gn 37, 20). El hijo amado, enviado por el padre a ver a sus hermanos, es recibido con un plan de muerte. Y el rechazado termina salvando a quienes lo vendieron.
Mateo cuida además un detalle. En Marcos, a quien sigue aquí, matan al hijo y después lo arrojan fuera. Mateo invierte el orden: «lo sacaron fuera de la viña y lo mataron». Es la memoria del Gólgota, fuera de las murallas: «padeció fuera de la puerta» (Hb 13, 12).
Jesús cierra con el salmo 118, 22: la piedra desechada se ha convertido en κεφαλὴ γωνίας, la piedra angular. El salto de la viña al edificio parece brusco, pero en hebreo hay un puente entre las dos palabras: ben, hijo, y ’eben, piedra. El hijo rechazado es la piedra rechazada, y esa piedra es la que sostiene el edificio.
Este es el horizonte del Tetelestai. Lo que los labradores quisieron que fuera el final del Hijo es, en el designio del Padre, el cumplimiento de la Alianza. La muerte del heredero no deja la herencia sin dueño, sino que la abre: nos hace «herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rm 8, 17). Y la viña cambia de nombre: «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15, 1). El fruto que el Padre esperaba se le entrega, por fin, en el cáliz.
«Se os quitará el reino y se dará a un pueblo (ἔθνει) que produzca sus frutos». Leer esta frase como si hablara solo de otros sería un error. Mateo escribe para una comunidad cristiana, y la advertencia vale también para ella. El reino no se posee como un título, se recibe como una tarea. El criterio de este Evangelio es siempre el mismo: los καρποί, los frutos (3, 8; 7, 16-20).
El lema de la Orden responde exactamente a la tentación de los viñadores. Ellos dijeron «nos quedaremos con su herencia». El caballero dice no para nosotros, no por nuestra gloria, sino por la de Su Nombre.
La Orden, su tradición, los cargos y las personas confiadas son viña arrendada. Nadie es dueño de lo que administra en nombre de Cristo.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

27/09/2026

Domingo, 27 de septiembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Conviene recordar dónde y a quién habla Jesús. Está en el Templo, y acaban de interrogarle los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: «¿Con qué autoridad haces esto?». Él no les responde con un argumento, sino con una historia. Y la historia, como tantas veces, termina volviéndose hacia quienes escuchan: no es un cuento sobre otros, es un espejo.
Un padre tiene dos hijos y a los dos les pide lo mismo: «ve hoy a trabajar en la viña». No mañana, no cuando convenga: hoy. El primero contesta con descaro: «No quiero». El segundo, con toda corrección; en griego su respuesta ni siquiera lleva verbo, dice sólo Ἐγώ, κύριε, «¡Yo, señor!», como quien se ofrece enseguida y marca la diferencia con su hermano: yo sí. Una respuesta impecable, respetuosa, casi piadosa. Y no fue. Mateo deja así un contraste casi simétrico: el primer hijo pronuncia un verbo sin «yo» (Οὐ θέλω, «no quiero»); el segundo, un «yo» sin verbo. A uno le sobra el yo y le falta el ir; al otro, con el tiempo, le cambia el verbo. Y cambia sin palabras: no vuelve a explicarse ante su padre, simplemente va.
¡Cuántas veces nos reconocemos en ese primer hijo! Decimos «no» al Señor porque lo que nos pide nos cuesta: perdonar a quien nos hirió, sobrellevar una enfermedad, dar un paso que nos da miedo. Pero Él no se queda con nuestro primer «no». Sigue mirándonos con amor, y bajo esa mirada algo se ablanda por dentro; sin ruido, sin anunciarlo a nadie, decimos «sí» en silencio, y lo hacemos. Ese «sí» callado, que no busca quedar bien sino obedecer, pesa más ante Dios que muchas promesas bien dichas.
Ahí está el filo del pasaje. El hijo que dice sí y no va es el que queda bien. El que dice no y luego va es el que queda mal, al menos al principio. Jesús da la vuelta a las apariencias: lo que cuenta no es la palabra que se pronuncia, sino el camino que se recorre. Ya lo había advertido en el Sermón del Monte: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7, 21).
Merece la pena detenerse en un verbo. Del primer hijo se dice que «se arrepintió», μεταμεληθείς: cambió de parecer, le pesó lo dicho y rectificó. Y al final del pasaje Jesús usa exactamente el mismo verbo para acusar a sus oyentes: vosotros visteis a publicanos y prostitutas creer a Juan, «y ni aun así os arrepentisteis (μετεμελήθητε) para creerle». El problema de aquellos dirigentes no era haber dicho que no alguna vez; todos lo hemos dicho. El problema era no ser capaces de cambiar de parecer. La dureza no está en el primer «no», sino en el «no» que se mantiene.
La primera lectura de este domingo lo expresa con la lógica de Ezequiel: si el justo se aparta de su justicia, morirá; si el malvado se convierte de su maldad, vivirá. Y el pueblo protesta: «No es justo el proceder del Señor». Pero lo que Dios juzga no es un expediente cerrado, sino la dirección en que caminamos ahora. Nadie está condenado por su pasado, y nadie está salvado por él. Por eso la frase más desconcertante del Evangelio es también la más llena de esperanza: «los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios». Προάγουσιν: en presente. Ya van por delante, ya están en camino. Y Mateo, que escribe estas líneas, sabía bien de qué hablaba: él había sido publicano.
Queda una pregunta implícita en la parábola: ¿no hay un tercer hijo, uno que diga sí y vaya? Lo hay, y Pablo lo canta en la segunda lectura. Cristo, «a pesar de su condición divina», se despojó de sí mismo y se hizo «obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Él es el Hijo en quien la palabra y la obra coinciden por completo; su «sí» al Padre no se quedó en el umbral de la viña, sino que llegó hasta el Calvario. Y Pablo no lo propone como un ideal lejano: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo».
Los que estamos «dentro», los que rezamos, frecuentamos los sacramentos y hemos hecho promesas solemnes, corremos el riesgo del segundo hijo: que el «voy, señor» se nos vuelva costumbre y deje de ser camino. La fidelidad no se mide por lo bien que respondemos, sino por si nos levantamos y vamos. Y si alguna vez hemos dicho que no, la puerta sigue abierta: basta con cambiar de parecer y echar a andar hoy.
Seamos fieles al Padre, no por nuestra gloria, sino por la de Su Nombre.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

Mi reflexión sobre el Evangelio de hoy.
20/09/2026

Mi reflexión sobre el Evangelio de hoy.

Domingo, 20 de septiembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Hoy la coincidencia no podría ser más providencial: este es, literalmente, el Evangelio de este mismo domingo, correspondiente al XXV Domingo del Tiempo Ordinario del Año A. Y lo acompaña, como primera lectura, aquel versículo de Isaías que ya rozamos hace poco al hablar de Pedro pensando «como los hombres»: «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos». No es casualidad que vuelva. La parábola de los jornaleros es, en el fondo, una escenificación narrativa de esa misma distancia: lo que a nosotros nos parece agravio, a Dios le parece amor.
Fijémonos en el detalle jurídico del relato, porque ahí está la clave. Con los primeros, el propietario pacta: συμφωνήσας… ἐκ δηναρίου, “habiendo convenido” un denario. Con los últimos no hay contrato, sólo una promesa abierta: “os daré lo que sea justo”. Quien trabajó desde el alba tiene un pacto firmado; quien llegó a la hora undécima sólo tiene confianza entregada. Y al final ambos reciben lo mismo, porque lo que se reparte no es salario: es gracia, y la gracia no se factura por horas.
La queja de los primeros esconde algo muy concreto en el original. El propietario les responde: ὁ ὀφθαλμός σου πονηρός ἐστιν ὅτι ἐγὼ ἀγαθός εἰμι — “¿es que tu ojo es malo, porque yo soy bueno?”. El «ojo malo» es un hebraísmo (ayin ra'ah) que en el mundo semítico designaba precisamente la envidia: el ojo tacaño que no soporta ver generosidad ajena. Frente a él, ἀγαθός, la bondad que se derrama sin calcular. El pecado de los primeros jornaleros no es haber trabajado más —eso está bien—; es haber medido con ojo pequeño la generosidad de Dios con otro.
San Gregorio Magno, en su homilía sobre este pasaje, leyó las cinco horas de contratación como las edades del hombre —niñez, juventud, madurez, vejez, último aliento— y también como las edades de la historia de la salvación, desde los primeros llamados hasta la incorporación tardía de los gentiles. En ambas lecturas el mensaje coincide: nadie queda fuera del jornal por haber llegado tarde a la viña, con tal de responder cuando se le llama. Es una palabra de enorme ternura para quien se pregunta si acaso llegó demasiado tarde a algo —a la fe, a una vocación, a una reconciliación pendiente—: la viña sigue contratando hasta la hora undécima.
Y aquí se palpa algo que roza directamente nuestra manera de pensar el pacto y la alianza: “no te hago agravio” —οὐκ ἀδικῶ σε—, dice el propietario, y tiene razón en estricta justicia: cumplió lo pactado. Pero quiere ir más allá del pacto, hacia el don puro. Ésa es la lógica de toda alianza nueva: Dios no se limita a cumplir lo firmado, lo desborda por pura bondad. Quien vive sólo en la lógica del contrato —“yo merezco, tú no”— se queda fuera de la celebración, aunque esté dentro de la viña.
Alejemos de nosotros las envidias, todos tenemos lugar en el Reino de Dios; sólo hay que ser digno y ofrecerLe nuestra labor; no por nuestra gloria, sino por la de Su Nombre.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

13/09/2026

Domingo, 13 de septiembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Pedro cree que propone algo generoso: perdonar siete veces. La cifra es astuta —en el Antiguo Testamento, Caín será vengado siete veces (Gén 4, 15), así que siete perdones parecen magnánimos. Pero Jesús lo disuelve con una cifra que ya no es número, sino infinito: setenta veces siete. No porque seamos contadores de transgresiones, sino porque en el Reino de Dios el perdón no es un acto finito que se agota, sino una actitud que regenera.
¿Por qué 7? ¿Por qué 70? 7 es el número de la Plenitud, de la Perfección Divina. Y, 70 —7 × 10—; el 10 es también completo (los Diez Mandamientos). Así que 70 es como decir «la completitud llevada a su plenitud total». Y si lo multiplicamos por 7 de nuevo, llegamos a un infinito que ya no se puede contar.
La parábola que sigue aclara. Un servidor debe una cantidad imposible—diez mil talentos. Es la deuda de lo insoluble. Su señor, movido a compasión, la condona toda. Y ese mismo hombre sale a la calle y asfixia al compañero por una deuda minúscula. Aquí está el escándalo que Jesús quiere que veamos: hemos sido perdonados de lo infinito y queremos cobrar lo finito. El que no perdona no entiende lo que le ha sido perdonado.
No es un castigo al final lo que Jesús describe cuando el señor lo entrega a los torturadores. Es la consecuencia inevitable de rechazar la lógica del perdón. Quien se niega a perdonar se encierra en sí mismo, se vuelve su propio verdugo. La amargura es la prisión que construimos nosotros mismos, ladrillo a ladrillo, cada vez que guardamos rencor.
Aquí conviene examinarnos con firmeza: el perdón no es debilidad. No es olvidar la injuria o fingir que no pasó. Es soltar el derecho a vengarse, a cobrar, a recordar eternamente. Es quebrantar el ciclo de acción y reacción que encadena tanto al ofensor como al ofendido. Y esto es especialmente duro cuando la ofensa ha sido profunda, cuando hemos sufrido de verdad. Pero precisamente por eso Jesús no lo presenta como un consejo amable, sino como una exigencia del Reino: “Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano”.
La vida espiritual —y la caballeresca, que busca la grandeza del alma— no consiste en acumular razones para tener razón. Consiste en vencer el impulso de venganza, que es el más antiguo y el más fácil. Cualquiera puede odiar. La generosidad, el perdón sin límite, eso es lo que distingue a quien camina en la Fe de quien simplemente sobrevive.
Así pues, perdonemos a los que nos ofenden para mayor Gloria del Nombre de Dios; no la nuestra.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

06/09/2026

Domingo, 6 de septiembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
El pasaje de hoy se lee a veces como un reglamento: primero a solas, luego con testigos, después ante la comunidad. Pero no es un procedimiento disciplinario; es una pedagogía del amor. Jesús no está enseñando cómo librarse de un hermano molesto, sino cómo no perderlo. Cada paso tiene un solo fin, y Él lo dice con claridad: «has ganado a tu hermano». Ganar, no vencer. Recuperar, no expulsar.
Fijémonos en el orden. Lo primero es «a solas», entre él y tú. Nada de comentar la falta con otros, nada de esa murmuración que tanto nos gusta y que en el fondo busca sentirnos mejores mientras el hermano queda peor. La corrección fraterna exige valentía, porque es mucho más cómodo callar y dejar que el otro se equivoque que ir a decírselo cara a cara. Pero callar, cuando podemos ayudar, no es prudencia: es abandono.
Hay, sin embargo, una condición sin la cual todo esto se corrompe. Corregir sólo tiene sentido desde el amor. San Pablo nos lo recuerda: «no debáis nada a nadie más que el amor mutuo». Quien corrige con soberbia, para señalar o para humillar, no está ganando a nadie; está perdiéndose a sí mismo. Y aquí conviene examinarnos: ¿cuántas veces nuestra «corrección» era en realidad desahogo, o reproche, o ganas de tener razón? Jesús pide otra cosa: la paciencia de quien va una vez, y otra, y otra, porque le importa más el hermano que su propio orgullo.
Y cuando todo falla, dice Jesús, «sea para ti como un pagano o un publicano». Es fácil leerlo como una sentencia de exclusión. Pero pensemos cómo trató Jesús a los gentiles y a los publicanos: se sentó a comer con ellos, los llamó, los buscó. Mateo mismo, el que escribe este Evangelio, era un publicano. Ni siquiera el último paso cierra la puerta: la deja entornada, esperando.
El pasaje termina con dos promesas que lo iluminan todo. Lo que atéis y desatéis en la tierra tendrá valor en el cielo; y donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo. La comunidad que corrige y perdona no actúa por su cuenta: es Cristo quien está en medio. Por eso la oración tiene fuerza, y por eso el perdón que nos damos unos a otros no es un gesto humano sin más, sino algo que Dios ratifica. No estamos solos en esta tarea de sostenernos mutuamente; Él está presente en cada intento sincero de reconciliación.
Ser cristiano no es ir cada uno por su cuenta, salvándose a solas. Somos responsables unos de otros. Y esa responsabilidad se ejerce con la palabra que corrige, con la paciencia que espera y con la oración que une.
Hagámoslo así, para con nuestro prójimo, y con nosotros mismos. Y, siempre, para mayor Gloria del Nombre de Dios,
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

30/08/2026

Domingo, 30 de agosto de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Hay un contraste que atraviesa todo este pasaje. Pedro acaba de confesar que Jesús es el Mesías, y en cuanto el Señor habla de sufrir, morir y resucitar, lo lleva aparte para reprenderlo: «¡No lo permita Dios!». La respuesta de Jesús es dura precisamente porque el cariño de Pedro es sincero: «Piensas como los hombres, no como Dios».
Y ahí está el corazón de todo. También nosotros preferimos un Dios que nos ahorre la cruz, que allane el camino. Pero Jesús no promete un atajo, sino una dirección: «el que quiera salvar su vida la perderá, y el que la pierda por mí, la encontrará». No es una invitación al dolor por el dolor, sino a soltar ese afán de asegurarnos, de quedarnos con todo, que al final nos deja las manos vacías. «¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si pierde su alma?».
Cuando Jesús habla de la cruz, no pensemos en un madero material. Cada uno llevamos la nuestra cada día: la enfermedad propia o la de un ser querido, las dificultades en el trabajo, las preocupaciones que nos quitan el sueño. Ésas son las cruces que hemos de portar. Y, como Él en su Pasión, no se trata de arrastrarlas con amargura, sino de tomarlas y ofrecerlas a Dios: hacer de nuestro sufrimiento, de la prueba que Él permite, una ofrenda.
Ahí se libra también un combate interior. El Mal es el que nos susurra que rechacemos la prueba, que reneguemos del examen al que Dios nos somete, que pensemos «como los hombres». Negarse a uno mismo es, precisamente, alejar esa voz y afrontar la cruz con dignidad, con espíritu de sacrificio y de superación, confiando en que Dios no nos abandona en medio de ella.
Porque negarse a uno mismo no es despreciarse: es dejar de ser el centro para poner a Dios y a los demás. Cargar con la propia cruz no es buscar el sufrimiento, sino aceptar con amor lo que la vida y la fidelidad nos piden cada día. Quien vive así descubre que no ha perdido nada; ha encontrado, por fin, su vida verdadera.
Carguemos con nuestra cruz para mayor Gloria del Nombre de Dios; no la nuestra.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

23/08/2026

Domingo, 23 de agosto de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
“Pero vosotros ¿quién decís que soy yo?”
Jesús no hace esta pregunta en el Templo. La hace en Cesarea de Filipo, al pie del Hermón, delante de una gruta consagrada a Pan y de un templo levantado a Augusto. Allí, y no en el recinto sagrado, quiso saber quién era Él para los suyos; ante un paredón rocoso lleno de nichos votivos y junto a una caverna que la tradición local tenía por boca del inframundo. La confesión de la fe no se hace en el Templo, sino en la frontera pagana, en tierra de dioses ajenos. Y las imágenes que siguen —la roca, las puertas del Hades— no son metáforas abstractas: están literalmente delante de los ojos de los discípulos.
Primero pregunta por lo que dice la gente. Y las respuestas son buenas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas. Ninguna es despectiva; todas son honorables. Y todas son insuficientes, porque todas miran hacia atrás. El pueblo reconoce en Jesús una grandeza del pasado.
Entonces cambia el pronombre: “Pero vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Ahí termina la encuesta y empieza la fe. Nadie puede responder por otro. Ni la costumbre, ni la familia, ni los siglos de tradición que llevamos a cuestas: llega un momento en que la pregunta se hace en segunda persona y no admite intermediarios.
Simón responde: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. De Dios vivo — dicho justamente frente a los ídolos de piedra que tenía a la vista.
Y Jesús le declara bienaventurado, pero fíjaos bien en la razón: «no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre». Pedro no ha razonado mejor que los demás. Ha recibido. La confesión que le hace roca no nace de él. Hermanos, no hay una sola palabra en este pasaje que nos permita atribuirnos nada: non nobis, Domine, non nobis.
Sobre esa confesión recibida se edifica la Iglesia, y a ese hombre se le entregan las llaves. Pero la llave, en la Escritura, no es signo de propiedad: es el distintivo del mayordomo, del que administra la casa de otro. Quien lleva la llave abre la puerta que no es suya. Toda autoridad en la Iglesia es de este linaje, y también toda dignidad que nosotros ostentemos, la de servir al prójimo.
Y, siempre, para mayor Gloria del Nombre de Dios,
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!

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