27/09/2026
Domingo, 27 de septiembre de 2026
Mis queridos hermanos en Cristo,
Conviene recordar dónde y a quién habla Jesús. Está en el Templo, y acaban de interrogarle los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo: «¿Con qué autoridad haces esto?». Él no les responde con un argumento, sino con una historia. Y la historia, como tantas veces, termina volviéndose hacia quienes escuchan: no es un cuento sobre otros, es un espejo.
Un padre tiene dos hijos y a los dos les pide lo mismo: «ve hoy a trabajar en la viña». No mañana, no cuando convenga: hoy. El primero contesta con descaro: «No quiero». El segundo, con toda corrección; en griego su respuesta ni siquiera lleva verbo, dice sólo Ἐγώ, κύριε, «¡Yo, señor!», como quien se ofrece enseguida y marca la diferencia con su hermano: yo sí. Una respuesta impecable, respetuosa, casi piadosa. Y no fue. Mateo deja así un contraste casi simétrico: el primer hijo pronuncia un verbo sin «yo» (Οὐ θέλω, «no quiero»); el segundo, un «yo» sin verbo. A uno le sobra el yo y le falta el ir; al otro, con el tiempo, le cambia el verbo. Y cambia sin palabras: no vuelve a explicarse ante su padre, simplemente va.
¡Cuántas veces nos reconocemos en ese primer hijo! Decimos «no» al Señor porque lo que nos pide nos cuesta: perdonar a quien nos hirió, sobrellevar una enfermedad, dar un paso que nos da miedo. Pero Él no se queda con nuestro primer «no». Sigue mirándonos con amor, y bajo esa mirada algo se ablanda por dentro; sin ruido, sin anunciarlo a nadie, decimos «sí» en silencio, y lo hacemos. Ese «sí» callado, que no busca quedar bien sino obedecer, pesa más ante Dios que muchas promesas bien dichas.
Ahí está el filo del pasaje. El hijo que dice sí y no va es el que queda bien. El que dice no y luego va es el que queda mal, al menos al principio. Jesús da la vuelta a las apariencias: lo que cuenta no es la palabra que se pronuncia, sino el camino que se recorre. Ya lo había advertido en el Sermón del Monte: «No todo el que me dice "Señor, Señor" entrará en el Reino, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mt 7, 21).
Merece la pena detenerse en un verbo. Del primer hijo se dice que «se arrepintió», μεταμεληθείς: cambió de parecer, le pesó lo dicho y rectificó. Y al final del pasaje Jesús usa exactamente el mismo verbo para acusar a sus oyentes: vosotros visteis a publicanos y prostitutas creer a Juan, «y ni aun así os arrepentisteis (μετεμελήθητε) para creerle». El problema de aquellos dirigentes no era haber dicho que no alguna vez; todos lo hemos dicho. El problema era no ser capaces de cambiar de parecer. La dureza no está en el primer «no», sino en el «no» que se mantiene.
La primera lectura de este domingo lo expresa con la lógica de Ezequiel: si el justo se aparta de su justicia, morirá; si el malvado se convierte de su maldad, vivirá. Y el pueblo protesta: «No es justo el proceder del Señor». Pero lo que Dios juzga no es un expediente cerrado, sino la dirección en que caminamos ahora. Nadie está condenado por su pasado, y nadie está salvado por él. Por eso la frase más desconcertante del Evangelio es también la más llena de esperanza: «los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino de Dios». Προάγουσιν: en presente. Ya van por delante, ya están en camino. Y Mateo, que escribe estas líneas, sabía bien de qué hablaba: él había sido publicano.
Queda una pregunta implícita en la parábola: ¿no hay un tercer hijo, uno que diga sí y vaya? Lo hay, y Pablo lo canta en la segunda lectura. Cristo, «a pesar de su condición divina», se despojó de sí mismo y se hizo «obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz». Él es el Hijo en quien la palabra y la obra coinciden por completo; su «sí» al Padre no se quedó en el umbral de la viña, sino que llegó hasta el Calvario. Y Pablo no lo propone como un ideal lejano: «Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo».
Los que estamos «dentro», los que rezamos, frecuentamos los sacramentos y hemos hecho promesas solemnes, corremos el riesgo del segundo hijo: que el «voy, señor» se nos vuelva costumbre y deje de ser camino. La fidelidad no se mide por lo bien que respondemos, sino por si nos levantamos y vamos. Y si alguna vez hemos dicho que no, la puerta sigue abierta: basta con cambiar de parecer y echar a andar hoy.
Seamos fieles al Padre, no por nuestra gloria, sino por la de Su Nombre.
Que Ntra. Stma. Madre siempre nos guíe en nuestro camino.
Vuestro Senescal y siempre hermano.
Non nobis!