10/06/2026
Volver a un lugar después de veinte años tiene algo de viaje en el tiempo. No solo cambia el paisaje, también cambian quienes lo recorren. Esta vez regresamos un grupo a uno de esos rincones que parecen situados en el extremo del mundo, un territorio donde la naturaleza sigue marcando el ritmo y donde la presencia humana apenas deja huella.
La jornada nos llevó por la Punta de Anaga, un escenario de costa salvaje modelado por el océano, los barrancos y el paso de los siglos. Durante nueve horas caminamos por un terreno exigente, acumulando cerca de quinientos metros de desnivel entre laderas abruptas, senderos apenas insinuados y pasos que exigían atención constante. En este entorno áspero y espectacular, las lanzas y el salto del pastor canario volvieron a demostrar por qué forman parte del patrimonio cultural de nuestras islas. Más que una herramienta, fueron una extensión del cuerpo que nos permitió movernos con seguridad y fluidez por un relieve complejo y cambiante.
A nuestro alrededor se desplegaba una naturaleza exuberante. La vegetación colonizaba cada rincón posible, mezclando especies endémicas con comunidades vegetales adaptadas a las condiciones extremas de este litoral. Entre riscos y lomos aparecían formaciones rocosas caprichosas, esculpidas por la erosión y el tiempo, creando un paisaje de formas sorprendentes que parecía pertenecer a otras épocas.
Las cabras, auténticas habitantes de estos parajes, nos observaban desde las alturas con la tranquilidad de quien conoce cada piedra del terreno. Más allá, el océano se extendía infinito, alternando tonos azules y verdes bajo la luz cambiante del día. Las vistas panorámicas eran constantes, y en el horizonte emergía la silueta inconfundible del Teide, recordándonos la magnitud del territorio que nos rodeaba.
Pero quizá lo más valioso de la jornada fue el reencuentro. Veinte años después, volvimos a compartir caminos, recuerdos y conversaciones en un lugar que sigue conservando la misma esencia indómita que guardábamos en la memoria. Fue una experiencia de amistad, esfuerzo y conexión con la naturaleza más auténtica, una de esas travesías que dejan huella y que recuerdan que todavía existen espacios donde el tiempo parece haberse detenido.