23/09/2026
Hoy Maricarmen ha salido de esta forma de la que ha sido su casa durante los últimos 70 años.
El hogar donde ha construido su vida. Un lugar lleno de recuerdos, de momentos compartidos, de historias que no caben en una escritura ni en un contrato. El espacio donde ha envejecido y donde ha desarrollado una parte fundamental de su proyecto vital.
A sus 87 años, Maricarmen ha sido obligada a abandonar la vivienda en la que ha vivido prácticamente toda su vida para que un fondo buitre pueda hacer negocio con ella, ayudado de los recursos del estado.
Pero Maricarmen no es un expediente. No es una cifra. No es una propiedad vacía en un balance económico. No es una sentencia que aplicar. Es una persona con una historia, con vínculos, con una vida construida en ese lugar.
Y su historia por desgracia no es única.
Hoy, cientos de personas en España atraviesan situaciones similares: familias enteras, vecinas y vecinos de toda la vida, personas mayores y personas migrantes que no pueden seguir el ritmo de unos precios del alquiler que crecen mientras sus posibilidades de permanecer en sus hogares disminuyen.
Hemos construido una sociedad en la que la vivienda corre el riesgo de dejar de ser un espacio para vivir y convertirse únicamente en un activo económico. Una lógica que permite que situaciones como la de Maricarmen ocurran y que obliga a preguntarnos qué lugar queremos que ocupe la vivienda en nuestras vidas.
Porque una casa no es solo un bien de mercado. Una casa es donde las personas crean vínculos, cuidan, descansan, recuerdan, construyen sus proyectos de vida y buscan un lugar al que pertenecer.
Cuando una persona pierde su hogar, no pierde únicamente unas paredes. Pierde seguridad, estabilidad, arraigo y una parte de su propia historia.
Detrás de cada desahucio hay una persona.
Detrás de cada vivienda hay una vida.