29/05/2026
Leí hace poco una frase que decía: “Obvio no íbamos a funcionar, a ti te da miedo sentir y a mí lo único que me da miedo es que no me alcance la vida para sentirlo todo”. Me conmovió.
Hay vínculos que nos encogen. Que nos vuelven hipervigilantes, ansiosas, inseguras, necesitadas de confirmación constante. Lugares donde el amor se siente como intentar sostener agua entre las manos. Y entonces una empieza a pensar que es “demasiado intensa”, “demasiado sensible”, “demasiado emocional”.
Pero luego aparecen personas con las que el cuerpo descansa. Personas con las que una vuelve a reír, a jugar, a respirar lento. Personas que responden, que cuidan, que no convierten el afecto en una montaña rusa emocional. Y entonces florece otra versión de nosotras mismas. Más suave. Más luminosa. Más tranquila.
Muchos hombres dicen buscar paz en una mujer, pero la paz no es una característica mágica que algunas poseen y otras no. La paz también es una respuesta emocional. Un reflejo de cómo nos sentimos tratadas dentro del vínculo.
Porque nadie florece igual en un jardín que en un campo de batalla.
Necesitemos hombres capaces de habitarse a sí mismos con honestidad y profundidad, hombres que no se acerquen al amor solo para extraer s**o, refugio, ternura, deseo o reparación emocional, sino que aprendan también a sostener, cuidar y permanecer.
Hombres que se hagan cargo de sus emociones, que cultiven su mundo interior, que aprendan a anclarse en vez de huir cada vez que sienten demasiado. Porque el amor no puede florecer entre alguien que entrega el alma y alguien que solo aparece para calentarse las manos.